The Last Howl

Capítulo 1: Contacto visual

Una mirada que dura esacasos segundos es más que suficiente y eficaz que hablar durante largo y tendido tiempo.


Categoria: Historia Original > Original > The Last Howl

Genero: Romance


autor: katrinarichardson

Me llamo Katrina Richardson y tengo dieciocho años. Estudio literatura en una prestigiosa universidad de Londres. Me gusta mucho leer las historias que escriben los pequeños autores en varios sitios webs y ver la gran imaginación que tienen y el exquisito estilo de cada uno. Adoro leer, ver películas y escuchar música. Subiré alguna que otra historia sin importancia a alguna que otra web y espero que les guste. Goodbye.

The Last Howl: Capítulo 1: Contacto visual

autor: katrinarichardson

 

Las calles eran iluminadas por las farolas, que poco a poco se iban apagando, dado que la luz del sol por el horizonte del este se hacía notar. Allison caminaba, mirando al frente con expresión neutra. No miraba a nadie ni nada, pero sabía por dónde andaba. De reojo veía a algunos estudiantes caminar o ir en bici hacia la escuela, algunos hasta cabizbajos, y otros acompañados.

Sintió unos pasos tras ella, que se hacían más rápidos y más cercanos. Olfateó el aire, frío a esas horas de la mañana, y sonrió de medio lado, de forma arrogante. Ya sabía de quién se trataba, pero se hizo la tonta, esperando a que el fantasmilla diera acto de presencia de forma estrepitosa para intentar asustarla.

Y así fue cómo apareció.

¡Hola! —exclamó Nicole Stephenson, tomando a Allison de los hombros y usándola como soporte para saltar sobre ella, delicadamente.

—Buenos días, Nicole —saludó Allison, impasible.

Nicole era una muchacha de la misma edad que Allison. Ambas cursaban primero de bachillerato. Tenía el pelo castaño oscuro lacio que caía majestuosamente por su espalda, con dos mechones por delante de los hombros. Los orbes color ámbar de Nicole resaltaban bajo una mata de flequillo perfectamente cortado, que intentaba tapar su ojo izquierdo. Vestía con un extraño estilo emo-punk que le quedaba como anillo al dedo.

La recién llegada achinó sus ojos, de párpados exageradamente delineados, e hizo un puchero de indignación. Allison reparó en el piercing de la nariz que su amiga tenía.

—¿Te hiciste un piercing? —preguntó Allison, alzando una ceja para hacer notar su extrañeza.

—En realidad no —contestó Nicole, sacándose el arete falso de la nariz y mostrándoselo—. Es mejor ésto que perforarte la nariz y arrepentirte el resto de tu vida.

Allison asintió con la cabeza, aún con una expresión neutra, sin emociones.

—¿Por qué no te sobresaltaste un poco si quiera cuando salté encima tuyo? —preguntó Nicole, cruzándose de brazos.

—Porque hacías mucho ruido al caminar con esas botas —le contestó, señalando sus pies.

—¿Y cómo sabías que era yo? —volvió a cuestionar.

—Tu perfume —dijo Allison, con su típica sonrisa arrogante—. Es tan fuerte tu perfume que llegó de antes a mis fosas nasales. Es el mismo que usaste el otro día.

En las vacaciones de verano, Allison y Nicole se veían muy seguidamente, la primera para no estar sola en la casa, y la segunda para no tener que aguantar a los plastas de sus hermanos. A veces paseaban por el parque, otras iban de compras, de vez en cuando al cine, etc.

Allison reconoció el perfume que Nicole se había puesto dos días antes, cuando ambas se pusieron a comprar las últimas cosas necesarias para el nuevo curso escolar. El perfume era una extraña mezcla hecha por la mismísima Nicole, y que extrañamente olía bien. El resultado tuvo lugar el magnífico efecto secundario de que el olor se hizo más permanente y más notable a larga distancia. Al menos así lo sentía Allison.

—¿Cómo es que tienes un olfato tan fino si ni siquiera mi hermana pequeña, que huele una sabrosa tortilla a larga distancia, lo huele de cerca? —murmuró Nicole por lo bajo, sin creérselo.

—Porque yo no malgasto mi olfato en oler sólo tortillas caseras. Y créeme que mi vecino de al lado se pasa la vida preparando platos demasiado aromáticos para mi gusto —habló Allison con su típico tono de superioridad.

Nicole la miró con una ceja en alto, sin entender bien aquel comentario. Allison arrugó el ceño.

—¿Que acaso no hueles el aroma desprendido de la comida que prepara mi vecino ni aunque pasemos en frente de su puerta? —interrogó Allison extrañada.

—Debo confesarte que no, aunque ahora sé por qué siempre mueves la nariz como un perro cuando pasamos por ahí —se burló Nicole, entre risas.

Allison rió de medio lado, pero no muy convencida. El recuerdo de lo que había sucedido minutos antes aún permanecían intactos. Curioso. Si hubiese sido un sueño, ya apenas lo recordaría, o lo haría muy borrosamente. Pero lo recordaba con total nitidez. Inconscientemente, llevó su mano izquierda a la derecha, que estaba vendada y resguardada bajo la manga negra de su suéter, que afortunadamente contenía un orificio para poder pasar el dedo pulgar y que no dudó en utilizar.

«Al menos así se disimulará un poco —pensó Allison, intentando relajarse—. Pero Nicole tiene buena vista. No debo descuidarme ni un segundo si quiero que ella no se percate de la herida de mi mano».

~ { *** } ~

 

El viento mañanero que azotaba las calles de la ciudad daba directamente al rostro de Daryl Miller, quien iba tranquilo con el monopatín hacia el instituto. No era frío y tormentoso como se lo había imaginado nada más sacar la mano por la ventana de su casa.

Con empujones cortos iba rodando hacia el instituto. El nuevo instituto. Mierda. Ser el nuevo sería un auténtico coñazo, pero estaba dispuesto a aguantar. En su antiguo instituto no era muy amigable, pero cualquiera se le apegaba queriendo ser su amigo. También sabía separarse discretamente de las malas compañías hasta dejar la relación en un error del pasado. Algo convencional.

Resopló curvando sus labios hacia arriba, logrando que su flequillo aleteara, mientras ponía los ojos en blanco. Llevó su mano derecha a su espeso flequillo negro y se lo acomodó, mientras seguía patinando a su ritmo por las solitarias calles. Ya había hecho ese recorrido muchas veces antes, ya que cerca de su instituto había un supermercado nuevo al cual su madre lo obligaba a ir para hacer los quehaceres y así acostumbrarse a recorrer ese camino.

Se rascó la nariz con la poca uña sobresaliente que tenía su dedo índice y prosiguió hasta llegar al portal de la escuela, donde muchos adolescentes entraban, se saludaban entre ellos, conversaban. Daryl detectó el hediondo olor a hormonas revueltas al instante e hizo una mueca de disgusto.

Deplorable.

Los típicos jugadores de soccer de último grado bien cachas y sin neuronas que se ponían a ligar con las de primero; las caras de plástico empapadas de maquillaje del típico grupito de chicas despampanantes que se ponen pantalones cortos incluso cuando nieva; el grupo de chicos matones acompañados normalmente de varias tías igual de matonas y marimachos que se la pasan insultando y hablando con un lenguaje barriobajero que no hay quién lo entienda... Todos ellos estaban dentro y fuera del recinto.

Inaguantable.

Otro adjetivo calificativo.

Con pesar se bajó del monopatín tiró de él con el pie por la parte de atrás para así hacer palanca y tomarlo. Abrió su mochila y lo guardó al mismo tiempo dentro de una bolsa para así no ensuciar su almuerzo y el pulcro interior de su maleta.

Despreocupadamente, ignorando absolutamente todo, se adentró en el centro escolar. No se molestó si quiera en apartarse nuevamente el flequillo de la cara, que prácticamente tapaba toda su visión. Pensó que era lo mejor. La gente no simpatizaba con aquellos que tenían pintas de emo, así que aparentaría serlo para no llamar mucho la atención como en su antiguo colegio. Mejor imposible.

Esperó, no obstante, a que no soplara una ráfaga de viento y echara hacia atrás su flequillo.

Disimuladamente, observó algunas miradas puestas en él, muchas de las cuales eran las típicas felinas que provenían de las féminas, que lo miraban con deseo mientras se mordían el labio inferior. Descaradamente pasaban sus ojos por todo el cuerpo esbelto y bien formado de Daryl. Internamente, Daryl quiso dar media vuelta y salir pitando de ahí, pero encaró las miradas de las chicas con furia, logrando que éstas se sorprendieran. Sonrió con disimulo, pensando que se quitaría un buen estorbo de encima, pero en lugar de lograr lo que quería, ocurrió todo lo contrario: ellas se interesaron más por él, y todo lo decían las hormonas revolotear a su alrededor.

Suspiró cansinamente y se frotó las sienes y el puente de la nariz. Eso sí que era comenzar el curso con el pie izquierdo.

Sintió algo tocarle el pie y un sonido muy reconocible llegó hasta sus oídos. Miró al suelo y vio a través de su flequillo una pelota de fútbol desgastada y vieja. Alzó una ceja.

¡Hey, tío, ¿nos la puedes pasar, por favor?! —gritó la voz de un chico en la lejanía.

Daryl alzó la vista y se encontró con los ojos castaños de un chico de su edad con el pelo negro corto y mechas rojas. Volvió la vista al balón de fútbol y luego al chico que sonreía. Se posicionó y lanzó la pelota justo al pecho del muchacho, quien recibió la pelota con la cabeza y la dejó caer hasta tenerla entre sus manos.

¡Buen tiro! ¡Y gracias! —Bueno, al menos fue agradecido.

Con su fino oído de perro logró distinguir los suspiros bobalicones de las chicas y algunos murmullos como «Es guapo, ¿verdad?» o «¡Creo que me he enamorado!» o «¿En qué clase estará?» y también «¿Cómo se llama? ¿Alguien lo conoce?».

Decidió seguir su camino sin prestar más atención a todo aquello. Además, necesitaba alejarse de aquel fétido olor que le revolvía las tripas. Y comenzó a caminar rumbo al despacho de dirección. Pero un viento recorrió su nuca hasta llegar a sus fosas nasales, regalándole un exquisito aroma que lo dejó congelado en el suelo. Jamás había olido tal aroma. Aún así, a su parecer, provenía de una chica. ¿De quién? A pasado por delante de casi todas y ninguna de ellas olía muy bien, salvo por esos carísimos perfumes que se ponían encima.

Entonces...

Mirad, es la Dama Negra —dijo una chica de primero, señalando la puerta.

Darly se dio la vuelta, y allí vio a una chica vestida de negro acompañada de otra con un poquito más de color. Pero quien captó su atención fue la chica que portaba esos penetrantes ojos grises que se chocaron con los suyos. Otra ráfaga de viento envolvió el pelo de la joven y llegó a su olfato.

¿La Dama Negra? —preguntó la otra chica extrañada.

¿No has oído hablar de ella? —exclamó la primera. Entonces, Daryl se giró para ver a las chicas de reojo y escuchar—. Dicen que la llaman así porque es una persona insociable. Solo está con esa chica —señaló a Nicole—. No permite que nadie se acerque.

Vaya, aquello lo dejó descolocado. Pero volvió a mirarla, y ella devolvió el gesto. Todo parecía ir a cámara lenta. Los ojos de ambos se miraban intensamente. No podían apartar la mirada del contrario. Vio a la llamada Dama Negra tragar grueso. Al pestañear, sus delineados párpados se hicieron notar mejor. El viento jugaba con los cabellos azabaches de la chica, haciendo que su nuca quedara al descubierto. Por alguna razón, aquella imagen se le hizo memorable.

A la misma tortuosa velocidad, ella pasó al lado suyo, cortando el contacto. Hasta ese momento, no se fijó en que sus ojos denotaban miedo, tristeza y enfado a la vez. Era algo curioso sentir todas esas cosas, tan opuestas entre sí. Pero así fue, y tuvo que darse media vuelta para mirar la espalda de la chica. La observó ir y olfateó el aire.

El olor era de ella.

 

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