The Last Howl

Prólogo

Por más que intente huir de su pasado, éste siempre acaba por encontrarla... tarde o temprano.


Categoria: Historia Original > Original > The Last Howl

Genero: Romance


autor: katrinarichardson

Me llamo Katrina Richardson y tengo dieciocho años. Estudio literatura en una prestigiosa universidad de Londres. Me gusta mucho leer las historias que escriben los pequeños autores en varios sitios webs y ver la gran imaginación que tienen y el exquisito estilo de cada uno. Adoro leer, ver películas y escuchar música. Subiré alguna que otra historia sin importancia a alguna que otra web y espero que les guste. Goodbye.

The Last Howl: Prólogo

autor: katrinarichardson

Aquellas misteriosas voces se oían a lo lejos, como un eco del pasado gravado en su mente de por vida. ¿Cuál era el significado exacto de todo aquello? Cómo le gustaría saber tal respuesta, pero tan solo podía conformarse con seguir escuchándolas noche tras noche. Qué remedio. Seguía oyendo las voces, y observando aquel vacío infinito que se abría ante ella. El murmullo de las voces, la ausencia de sonido... Vacío.

Una gota caer en un charco de agua se hizo oír con un eco de cueva, acallando a las voces de derredor. Tan sólo se oía el vacío de aquel lugar sumergido en la oscuridad absoluta. Un sollozo. Nada más que un sollozo fue necesario para que frente a los ojo de Allison Taylor se formara la imagen de una pequeña niña de diez años, de cuyo pelo carbón era muy visible, curiosamente. Estaba sentada, tomándose de las rodillas y colocando su frente entre ellas. Hipaba de vez en cuando. Se abrazaba las piernas ejerciendo mucha presión.

Escudriñó aquel pequeño bulto. Se le hacía tremendamente familiar. Pero ¿de qué? ¿Dónde la había visto antes? La niña comenzó a murmurar cosas inaudibles. Allison se acercó más a ella sintiendo una presión en el pecho con cada paso que daba.

El miedo la envolvía, y el olor a sangre era insoportable. Fue ahí cuando se percató de que los pantalones vaqueros de la joven estaban manchados con gotas pequeñas de sangre, pero muy juntas unas de otras.

Se oyó una carcajada lejana, y la voz de aquella niña aún más cercana. Ya podía ir distinguiendo lo que decía, pero debía acercársele más. La opresión se hacía mayor. Le dolía en cierto modo, pero no a tal punto de lastimarla. Era como un dolor psicológico.

El ambiente se recargó de demencia y locura. Oía las carcajadas como un fondo natural. Eran agudas y maliciosas. Daba grima oír aquello, pero se armó de valor.

Otro paso.

Sintió las venas de su cabeza bombear sangre con más intensidad, como si en cualquier momento fuese a estallar.

Por favor...

Las carcajadas se fueron apagando ante aquellas simples palabras. Se dejaba de oír súbitamente, como no esperando semejante cosa. Allison advirtió que la voz provenía de la chica.

Por favor, déjalos.

Seguía hablando, sin moverse del sitio. La voz estaba tomada, y se le notaba un pequeño tono de desesperación y odio al mismo tiempo. Temblaba el timbre de su voz y estaba ronca.

¿Qué te han hecho?

Esa pregunta quedó en el aire.

Allison notaba como la voz se hacía más intensa a cada paso quedaba, y que el eco iba desapareciendo. Es más, incluso juraría que por derredor de la chica iban apareciendo paredes, igualmente manchadas de sangre. Observó con sus grises orbes a la joven que se mantenía quieta salvo por pequeños espasmos del hipo y los temblores.

A cada paso que daba, aquella pesadumbre sobre su ser aumentaba. Se paró en seco delante de la chica. Levantó la cabeza, dejando su enrojecido rostro a la vista. Allison no dio crédito a lo que sus ojos apreciaron. Aquella chica...

No los mates...

...era nada más y nada menos...

¡No los mates!

—Soy yo —murmuró para sí misma, dando unos vacilantes pasos hacia atrás.

Giró de golpe, para encontrarse con un hombre encapuchado de negro, que agarraba a dos personas a la vez por la nuca, obligándolos a mirar hacia el suelo. Eran un hombre y una mujer. Se veían moretones surcando el rostro de ambos, tan perfectos y hermosos.

La mujer era de ondulada cabellera negra, nariz en punta, pómulos algo marcados, agradable mandíbula, un par de ojos negros almendrados y labios gruesos.

El hombre era de melena negra corta, nariz recta, pómulos marcados, fuerte mandíbula, ojos castaños casi saltones y labios igual de gruesos.

Eran hermosos. Ambos.

Y sin embargo...

—¡¡NO LOS MATES!! —gritó la pequeña Allison, levantándose de golpe y yendo corriendo hacia aquellas personas, con la clara intención de salvarlos.

La chica fue mandada de tan sólo un manotazo hacia la otra esquina de la habitación, propinándose un fuerte golpe contra la pared y el suelo. Tosió un poco e intentó levantarse con dificultades, mirando al encapuchado, de cuyo rostro no era visible, con una expresión desafiante y decidida.

Y él... tan sólo se echó a reír.

—Tú misma... —dijo con una voz de ultratumba que se oía fuerte y aterradora—. Tú misma los has mandado a la muerte.

El hombre soltó a la pareja, empujándolos fuertemente hacia adelante y haciendo que éstos cayeran irremediablemente al suelo. Intentaron levantare, pero fue inútil. El hombre desconocido ya había desenfundado una espada y cortado el cuello de ambos de una sola por debajo de la nuez, haciendo que un chorro de sangre saliera por el orificio.

Allison, la de diez, gritó con desesperación.

La mayor... quedó muda.

 

Pegó un salto en la cama, sentándose inmediatamente y mirando hacia el frente, donde estaba la pared de su cuarto con un armario de caoba. Todo estaba bañado por la oscuridad de la noche. Se tocó la frente y notó un gran sudor recorrer su frente. Aquella fue la peor pesadilla que tuvo. Porque era eso, ¿no? Una simple e inocente pesadilla.

¿A quién quería engañar? En el fondo incluso estaba convencida de que así debió de ser la muerte de sus padres. Se tocó la cara con más detenimiento y se observó lo mejor que pudo el cuerpo. Aún seguía siendo una adolescente que pronto cumpliría las dieciséis años, que estaba a punto de comenzar con su siguiente curso en el instituto.

Bachillerato. De tan sólo pensarlo le daba dolor de cabeza. Se viró para mirar el reloj de su mesilla de noche. Las seis y cinco minutos. Tenía tiempo de sobra para poder tomarse un baño. Porque claro, la famosa Allison Taylor, de cuya mirada podría cortar la leche, no se presentaría en su primer día de escuela con olor a sudor. En realidad, tan sólo después de salir de Educación Física, que no quedaba más remedio.

Fue directa hacia la ducha, con las imágenes del sueño recorriendo su mente, buscándole algún significado. Pero no hallaba ninguno. Su mente estaba en blanco. No pensaba con claridad. Un remolino de emociones se acumulaban en su pecho.

La joven se fue sacando el pijama de color crema que llevaba puesto, quedando totalmente desnuda, procediendo a meterse en la ducha. Abrió la corriente de agua y fue tanteando con la yema de sus dedos la temperatura más apropiada, pasando de un frío gélido a un calorcito aguantable. Se metió bajo el agua, dejando que éste mojara sus negros cabellos azabaches y que recorriera su cuerpo, cada milímetro de piel.

Aprovechó a lavarse la cara, de cuyos párpados los sentía pesados y acalorados. Sentía la cabeza adolorida, y algo la instaba a irse a descansar, y no era el sueño, que ya se había discipado. Algo no iba como debería ser. Y sus oídos estaban medio taponados.

Cerró la corriente de agua, agarrando el champú y restregando el espeso líquido de color ámbar por su cuero cabelludo y el resto de sus hebras negras, recogiéndolas por la coronilla. De otro bote, agarró un poco de suavizante y se lo untó, volviendo a difundirla por su pelo.

Tomó una esponja, colocando gel de baño por la superficie y pasándosela por el cuerpo, restregándosela, limpiando en profundidad cada parte de su cuerpo hasta quedar toda enjabonada.

Regresó la esponja a su lugar de origen y volvió a encender la corriente, haciendo que el agua se llevara consigo el jabón de su pelo y cuerpo. Con las manos se sacaba el jabón que se adhería al cuero cabelludo.

Salió de la ducha, tapándose con una toalla que casualmente se hallaba a pocos palmos de distancia, y se posicionó encima de otra que estaba en el suelo. Y un poco más lejos, pudo verse en el espejo. Vio sus demacrados ojos grises, hinchados; su nariz puntiaguda y perfecta algo enrojecida; el maquillaje del día anterior, completamente corrido, bajando por sus mejillas como cascadas de agua negra; y su pelo azabache, mojado, cayendo por su espalda.

Arrastrando la toalla, se fue hacia el bidé a mirarse más detenidamente. Y allí se mantuvo largo rato, sin apartar la mirada de sus ojos, yendo a uno y otro secuencialmente, sin pararse a mirarlos más de dos segundos. Pero en un momento dado, se quedó mirando la cereza, esa parte de la frente que se encuentra entre medio de ambas cejas.

Bajó la mirada, abrió el grifo en agua fría y se refrescó la cara varias veces. Debía de estar loca. La soledad de aquella enorme casa unifamiliar (al estilo de las que aparecen en las típicas películas estadounidenses, donde una familia vive su día a día rodeado de árboles y más casas iguales, y en cuya carretera no cruzan más de dos coches cada cierto largo tiempo) debía de estar matándola.

Volvió a mirarse en el espejo, topándose de nuevo con sus ojos. Pero había algo diferente.

Tras ella, en el espejo, había una persona encapuchada, la misma que apareció en sus sueños. Poco a poco, comenzó a erguirse, mirando fijamente a aquel encapuchado. Viró la cabeza hacia atrás, pero grande fue su sorpresa al verse sola. Miró de nuevo al espejo, y el hombre seguía allí, pero no tras ella. ¿Cómo era eso posible?, se preguntó.

Mas allí se quedó, escudriñando con la mirada la mancha negra del espejo, con forma de hombre, acercándose al espejo más y más, intentando buscarle el menor indicio de que aquello era solo una ilusión óptica.

Alzó la mano paulatinamente, llevándola a la mancha, rezando por tocar la limpia superficie del cristal. Ya tan sólo unos pocos centímetros separaban las yemas de sus dedos con el objeto reflector.

Y lo tocó.

No había nada extraño en la superficie. Era lisa y fría, como de costumbre.

De pronto, recordó un pequeño truco que se hacía con la punta de la uña; un truco que servía para ver si el espejo no era el típico que el de la sala de interrogatorios de la policía, el que te hacía pensar que era un espejo pero que, en realidad, al otro lado te veían con total nitidez.

Colocó la uña. El experimento dio negativo. La uña con su reflejo estaban separados. Si al otro lado podían verla, el reflejo de la uña estaría pegado a la uña.

Aquel experimento hizo que solo se asustara más. Miró de nuevo hacia atrás, y no había nadie. Al espejo. El encauchado se acercaba.

Allison se alejó con paso vacilante. El espejo se oscureció. El baño quedó sumergido en una sala de color negro y manchas de sangre. La cabeza le daba vueltas. Miró hacia todos los lados. Lo único raro, era la sangre que chorreaba del techo y bajaba lentamente por las paredes.

Voces desgarradoras se oían por derredor, confundiendo a la joven Taylor. Seguía girando una y otra vez sobre sus talones, mirando por todos los rincones. Se sentía observada, y con cada susurro cerca de su oído, cualquiera de los dos, le hacían virarse instintivamente, aún sin saber si estaba lista para enfrentarse a lo desconocido.

Desesperada, se tapó los oídos, implorando que las voces se callaran. Pero era inútil. Las voces no se dispersaban. Metidas en su cabeza, se hacían más y más fuertes, logrando que Allison se desesperara.

Se acuclilló en el suelo, hundiendo sus uñas en el cuero cabelludo, y cerrando los ojos con fuerza, reprimiendo un grito.

O varios. Que luchaban por hacerse oír.

«Ya basta...».

Sus suplicantes pensamientos rebotaban en su cabeza, haciéndose más notorios que el resto de los murmullos. Los lagrimales de Allison amenazaban con emanar lágrimas. Intentó retener todo aquello.

Era un sueño, se repetía. Tan sólo un mal sueño.

Asesina..., se oyó a lo lejos.

Abrió los ojos de golpe. ¿Qué quería decir eso?

¡Asesina!

No lo aguantó más. Sus lágrimas salieron a flote. ¿Qué hizo para que la llamaran así? Tal vez... el sueño que tuvo hace unos diez minutos... ¿fuese un recuerdo del pasado? Pero, si fuese así, ella no tenía la culpa; no los mató. Fue él, el encapuchado. ¿Qué estaba pasando?

—Tú misma los has matado —se oyó la misma voz del sueño a espaldas de la joven.

Lentamente, Allison se paró, separando las manos de sus oídos y dándose la vuelta, para enfrentarse cara a cara con el encapuchado. El rostro de éste seguía estando escondido en las sombras. Sintió sus piernas flaquear.

La mano del tipo comenzó a alzarse en su dirección, mostrando un arrugado y deforme dedo índice, que la señalaba amenazante.

—Tú vendrás conmigo —murmuró, con cierto aire triunfador.

Bajó la mano y comenzó a dar pasos cortos hacia Allison. Ella sólo retrocedía, sin apartar la vista de aquel hombre. ¿Qué debía hacer?

La joven terminó apoyando la espalda en la ensangrentada pared, pero poco le importó. El miedo que sentía le impedía pensar con claridad. En su pecho la sensación de una bestia acorralada era notable. Sentía cómo esa bestia se armaba de valor para dar frente a quien osaba desafiarlo. La sangre comenzó a hervirle. Las piernas dejaron de temblarle. Su corazón bombeaba a una velocidad inimaginable. El uso de la razón quedó aparcado en un rincón. El fuerte olor a sangre se hacía notar más y más. Un instinto animal nació en su interior, pidiendo a gritos salir a la superficie.

Frunció el ceño; apretó las manos; fijó su objetivo con gran precisión.

Y el recuerdo de lo que hizo... fue borroso. Borroso porque estaba cegada por esas ansias de matar que nunca antes experimentó.

El encapuchado se tocó la zona afectada, justo en el pecho, donde la capa se había desgarrado en cuatro rajas. El torso del hombre había sido desgarrado de igual forma. Se miró la mano ensangrentada y luego a Allison.

La chica volvió en sí y, sorprendida al ver la herida, se observó la mano derecha, con las uñas largas y manchadas de sangre, al igual que trozos de tela y carne. Se tomó la mano por la muñeca, sin creérselo. Fue sólo un momento, un insignificante momento en que la locura se apoderó de ella, y ése era el resultado.

¿Cómo debía sentirse? ¿Bien por el hecho de defenderse de forma asombrosa o mal porque aquello demostraba que era... era...?

—Volveré a por ti, enana —masculló el hombre, notablemente irritado.

Se dio la vuelta, dirigiéndose al espejo. Los murmullos se iban apagando. La sangre dejaba de caer del techo. Todo volvía a tornarse de blanco. El espejo se convirtió en una especie de pasadizo por la que aquel tipo entró, haciendo que desapareciera, y, a su paso, toda la maldad.

Allison, miró el reflejo del baño, que seguía intacto. Se veía a sí misma con expresión de horror. Veía todo como estaba antes. Pero él seguía allí, dándole la espalda. Volteó a verla. Y esa vez, pudo afirmar haber visto una sonrisa malévola surcando su rostro.

Ese gesto fue la gota que colmó el vaso. Sin pensarlo, casi sin quererlo, la bestia dormida en su interior despertó, tomando total control de su cuerpo para dirigirlo corriendo al espejo, y romperlo con la mano derecha, la misma con la que desgarró el torso del impostor.

Rápida como un rayo (y con precaución para no pisar ningún cristal), agarró un kit de emergencia que se hallaba cerca. De la caja sacó una pomada y vendas. Abrió el grifo, para limpiarse la sangre y los pequeños trozos del espejo que quedaron clavados, además de los trozos de tela y carne y la sangre del encapuchado que quedaba en sus uñas. Se colocó la pomada rápidamente y se la vendó. Ni siquiera le dolía a penas. Para ella, era como un insignificante raspón.

Asimiló justo en el instante en que se colocaba las vendas todo lo que había pasado, y salió del baño, adentrándose, a su vez, en la oscura habitación. Sacó del armario unas pantis negras, un suéter largo del mismo color sin hombros, con dos tirantes que atravesaban por encima de su clavícula, unas botas de motorista, unos calcetines gruesos de color gris y su mochila negra con varias mariposas de color rojo y grises que goteaban como si fueran pintadas recientemente.

En su tocador, agarró una toallita húmeda y se sacó los resto del delineador espacidos. Luego se lo volvió a repasar.

Después, tomó el secador de pelo, y posicionó sus pies encima de una alfombrilla, conectándola, procediendo, a continuación, a cercarse el pelo. Cuando hubo terminado, la desconectó y guardó en su lugar, se vistió y peinó adecuadamente, utilizando la plancha de pelo para el flequillo.

En la mochila, que se colocaba como una cartera enorme de cuya cinta se cruzaba por delante y por detrás, colocó su nuevo estuche de diseños góticos, su teléfono móvil y su reproductor de música.

Miró el reloj. Las siete y diez minutos. Qué rápido pasaba el tiempo.

Bajó a la cocina, dejando la mochila en el mini-bar para prepararse la merienda, que consistía en un bocata de pechuga de pollo con mayonesa, un batido de chocolate y unas galleta con pepitas de chocolate. Aún pensaba en lo ocurrido en el piso de arriba.

Las siete y quince minutos.

Se hizo el desayuno, compuesto de cereales, leche y tostadas con mermelada. Decidió tomarse su tiempo viendo lo temprano que era más los minutos que tardaría en llegar al instituto. Seguía pensando en lo ocurrido, convenciéndose más y más de que fueron simples alucinaciones.

Las siete y veinticuatro minutos.

En el baño de abajo se cepilló los dientes sin mirarse en el espejo. No creía que lo que sucedió en el baño de su habitación fuera real, pero no deseaba tentar a la suerte. Escupió la espuma del dentífrico de menta en el lavabo de la cocina y se enjuagó la boca, dejando el cepillo de dientes en el escurridero. Tomó su bolsa, el reloj de muñeca, las llaves, el abrigo y se marchó de la casa, rumbo al insoportable pero necesario colegio.

Pero en su cabeza aún residía los últimos acontecimientos ocurridos, que a Allison se le hacían más y más lejanos, como si fuese un simple sueño. Un sueño, y de cuya prueba de que tal vez fuera real, residía en su mano derecha.

Y de los cristales del baño de su habitación... Bueno, ya se encargará más tarde de limpiar el desorden.

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