Un día despertaste

Un día despertaste


Categoria: Historia Original > Original > Un día despertaste

Genero: Terror


autor: Sombralevedenieveviene

Violet. Hufflepuff. Hago cosas. Soy mala para escribir bios.

¡Patatas!

Un día despertaste: Un día despertaste

autor: Sombralevedenieveviene

 

Un día despertaste y nadie te reconoció. De un momento a otro pasaste a ser una persona desconocida para tus seres queridos. Tu familia no se pudo explicar cuál era el motivo por el que una habitación, la tuya, estaba amueblada y decorada, como si realmente alguien viviera allí. Estuvieron a punto de llamar a la policía y te echaron con brusquedad y miedo. Atónitos, se preguntaron cómo y por qué te habías metido en la casa, por qué insistías en decirles que los conocías, que ellos te conocían a vos.

Cuando por fin reaccionaste, te dirigiste a la casa de uno de tus mejores amigos, con la sospecha creciente —y, lamentablemente, acertada— de que tampoco sabrían quién eras.

¿Eras? Más bien sos. ¿Verdad? Te ven, te oyen, existís. Pero ¿hasta qué punto? Así como en un instante pasaste a no significar nada para nadie, bien podrías no volver a hacerlo jamás. ¿Sería posible?

Ahora no sabés qué hacer. Podés intentar convencer a los demás de que sí te conocen e inexplicablemente te olvidaron. Suerte con eso. Podés desistir y empezar de cero lejos, bien lejos. Relacionarte con gente nueva. Procurar que no ocurra lo mismo otra vez.

Vas a ser incapaz de olvidar a quienes en el pasado te amaron, a quienes amaste. No lo niegues.

 

 

 

Un día despertaste y te costó recordar. Poco a poco, varios recuerdos regresaron a tu cabeza. En primer lugar, el sueño. Suspiraste. Todo había sido un producto de tu subconsciente. Unos segundos más tarde, cuando lograste relajarte, sentiste una fuerte presión en el estómago, la sensación de que algo andaba mal.

No estabas en tu cama. De hecho, no estabas en una cama, sino en una superficie acolchada rodeada por paredes de madera.

Te incorporaste con rapidez del ataúd todavía abierto, aunque desafortunadamente dejaste tu cuerpo atrás. Bajaste del altar donde tu cadáver reposaba y contemplaste a los allí reunidos; un mar de ojos llorosos, manos crispadas y unos cuantos corazones destrozados.

¿Qué era la muerte, y encima una de la cual nada sabías y que aparentemente había sido indolora, al lado de observar a los que te querían sufrir?

En este momento no importa que sea tu culpa o no, sufren por vos. Y no podés cambiarlo.

 

 

 

Un día despertaste y no te podías mover. Creíste que las pesadillas te habían dejado paralizado. ¿O paralizada? Mierda, ¿quién eras?

¿Dónde estabas? Un lugar irreconocible que servía de escenario de horrores. Ahorrate el pensar que viste charcos de sangre o tripas esparcidas. No intentes engañarte. Casi hubieras preferido que así fuera. Te hubiera producido menos pavor.

De haber presentado heridas visibles, por más terribles que fueran, podrías haber interpretado qué sucedía y si podías ayudar. Ante tus ojos fueron desfilando imágenes de tus padres, tus mejores amigos, aquella persona que te gustaba... todos se retorcían de dolor y gritaban. Sin embargo, no veías qué les causaba daño.

Tus extremidades no te respondían. Probá de nuevo. ¿Te responden ahora?

Repetite mil veces que no pudiste socorrerlos. No lo hiciste. Cayeron inmóviles frente a vos.

 

 

 

Un día despertaste y sentiste como si te molieran a golpes. Como si te asestaran puñaladas. Como si te quebraran los huesos. No te defendiste, no porque siguieras sin poder moverte, sino porque no había contra quién luchar. La impotencia era tu enemiga invencible.

El sufrimiento te invadía y no provenía de ningún lado.

 

 

 

Un día despertaste con el pulso acelerado y maldijiste el que tu cerebro te jugara tantas malas pesadas. Tardaste en recuperarte. Cuando lo hiciste y notaste que tu habitación no podía estar más cambiada, otra oleada de improperios escapó por tu boca.

El empapelado estaba rasgado, pero de viejo. No había muebles, sólo muchas cajas de cartón con objetos antiguos y en su mayoría obsoletos, de la clase que abunda en los hogares en general. Esos de los cuales pocos se atreven a deshacerse y que quedan relegados a un rincón de la casa.

Estabas en ese rincón.

Ninguna de tus pertenencias saltaba a la vista. Saliste como un rayo y te chocaste con tu madre.

Bueno, no. Te hubieras chocado con ella. Deberías haberte dado de bruces contra la mujer tras el pilón de libros que cargaba. La atravesaste como si fuera humo. No, tampoco. Ella te atravesó.

Dejó los libros en la habitación-depósito mientras tarareaba. Circulaste por la casa como un sonámbulo para no encontrar rastro alguno de tu existencia.

No necesitaste ser Sherlock para comprenderlo todo.

Al mismo tiempo, no entendías nada.

No entendés nada.

¿Quién sos?

 

 

 

Un día despertaste...

 

 

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