Vendetta

Thirty minutes

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Categoria: Libros > Harry Potter > Vendetta

Genero: Suspenso


autor: NeaPoulain

Slytherin llena de finales agridulces y de historias que contar. Me gusta Theodore Nott y Blaise Zabini. Fan de Johanna Mason. Kirtash es mío.

"Ave maría purísima, me acuso de ser yo por todas partes..." 

Escribo, luego existo

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Vendetta: Thirty minutes

autor: NeaPoulain

“Out of sight. Out of mind. Out of time to decide. Do we run? Should I hide? For the rest of my life.  Can we fly? Do I stay? We could lose, we could fail. In the moment it takes to make plans or mistakes” t.A.T.u

“Зареветь... Убежать..., Или дверь - на замок. И молчать, и лежать, - Изучать потолок... И мечтать - не как все... Целовать небеса. Потолок - карусель... Полчаса, полчаса...” t.A.T.u


—Se parece a su madre —comentó la voz debajo de la capucha—, pero es pelirroja, como un Weasley cualquiera y su cabello es lacio y medio ordenado, como el de su padre.

Morrigan sonrió. Rose Weasley no tardaría en despertar y se encontraría atada a una silla de forma que no hubiera escapatoria. Un chico albino de rasgos angulosos estaba al lado de ella y contemplaba a la chica también. Parecía tan inocente… tam pura. Morrigan tenía ganas de destrozar esa inocencia, de hacerla pedazos, de acabar con su pureza y con su belleza.

—Es bastante crédula —comentó el albino—, pero muy inteligente. 

—No me interesa nada de eso —les dijo la voz debajo de la capucha—, quiero a su madre. Muerta.

Morrigan sonrió.

—Y la tendrás.

—No quiero otro fracaso como el de los Zabini y los Nott, Morrigan —le espetó la voz—. Al menos, no vuelvas a usar la magia ancestral contra familias que la conocen si existe si quiera la mínima oportunidad de que se vuelva contra ti…

—Lo tendré en cuenta…

—No quiero fracasos, Morrigan.

Morrigan estaba de mal humor desde que había visto por el óculo como Liliane Zabini se había zafado de la maldición con ayuda de Theodore Nott. Quería destruir, quería oír gritos, súplicas. Quería torturar.

—No habrá más fracasos, padre —espetó Morrigan, dirigiéndose al hombre encapuchado de la habitación—. Lo juro. —Entonces se escuchó el quejido que provenía de Rose Weasley y se acercó hasta a ella—. Empieza a despertar. La verdad es que el aturdidor que le lanzaste fue bastante fuerte, Adolf. ¿La vinculaste?

—Por supuesto —respondió el albino.

—Bien, pues… empieza el espectáculo… —musitó Morrigan, acercándose a la chica.

Rose Weasley abrió los ojos e intentó orientarse. Morrigan vio su muerca de sorpresa al encontrarse atada a una silla, disfruto los gestos que hizo intentando encontrar una posición más cómoda… Pero no la había. Sus brazos estaba sujetos a los de la silla y sus piernas una en cada pata.

—¿Qué…? —preguntó, desorientada, con la voz medio quebrada.

—Hola, cariño —le dijo Morrigan

Rose fijo sus ojos atascados de miedo en ella. Morrigan disfrutaba aquello: el miedo en los ojos de las víctimas.

—La verdad es que no tengo nada contra ti —empezó, con una sonrisa sardónica—, pero… digamos que hay un motivo para que estés aquí. —Sacó su varita—. Dime, ¿cuánto te quiere tu madre?

 —Ella… hará lo que sea… —musitó Rose—, por liberarme… —Insegura. Con la voz temblorosa. Sin entender el propósito de por qué estaba allí. Morrigan empezaba a disfrutarlo—. ¿Qué está pasando? —se armó de valor para preguntar.

—Bueno, cariño… lo que pasa es que confiaste en la persona equivocada… —Morrigan sonrió mientras Adolf se acercaba transformándose lentamente en Michel, aquel adolescente con pinta idiota. Vio la cara de Rose transformarse en miedo, en el miedo más absoluto—. Pero no estás aquí para que hablemos contigo…

Con suavidad posó su varita en el antebrazo de Rose y empezó a desplazarla hacia abajo con lentitud, haciéndole un corte a Rose, disfrutando de cada segundo que pasaba. La chica gritó al tiempo que un par de lágrimas se asomaban por sus ojos.

—… estás aquí para llevarle un mensaje a tu madre… —le dijo Morrigan acercándose al oído de Rose—, y quien sabe, quizá ahora si funcione lo de matar al mensajero.

Jugar con la víctima era el mayor placer de Morrigan. Alzar la varita con tranquilidad, como si allí no pasara nada, y pronunciar el «Crucio» con mórbido placer viendo a Rose Weasley retorcerse del dolor en medio de gritos. Le gustaba oír los gritos, las súplicas.

Cuando paró y el dolor se detuvo, Rose Weasley lloraba.

—Por favor… —musitó.

—Eres el mensajero, niña —espetó Adolf, que ya no era Michel, si no un muchacho albino de rasgos angulosos y ojos dolorosamente claros—, y lo que te pasa a ti, también le pasa a tu madre.

Morrigan sonrió. Aquello era sólo el comienzo.

Iba a asegurarse de matar a Rose Weasley lentamente. Y de llevarse a su madre con ella.


Tres semanas sin trabajar. Tres semanas en una carrera contra el tiempo para salvarse, salvar a su hermano, salvar a su padre. Tres semanas desde que había entrado a la casa después de una visita a Portia Flint, a quien no veía desde el funeral de Pansy. Al final, había llegado esa carta, firmada por un tal Ted Lupin, al que recordaba vagamente de la visita de Zeller a su casa. Y había aceptado reunirse con él en La dulce cafetera, una cafetería poco frecuentada en el Callejón Diagon, en pleno domingo de nochevieja, porque no tenía nada mejor que hacer. Llevaba una falda negra con medias y un sueter de cuello de tortuga que la mantenía abrigada, pues la nieve no perdonaba.

Pidió un expreso doble mientras esperaba, y distinguió a Ted Lupin en el momento en que piso el local. Cabello verde peinado en pico. Cualquiera lo distiguiría desde la distancia.

—Buenas tardes, señorita Zabini —saludó el, extendiendo la mano y ella se la estrechó—. No creí que aceptara fijar la cita hoy…

—Lupin —empezó Liliane, interrumpiendo al joven auror, cuyas intenciones eran hacerla sentir cómoda—, vine a aquí a hablar de negocios, y de trabajo. Y creeme que no me interesa la cháchara inútil. ¿Qué tienes para mí?

Ted se mostró incómodo, pero a ella no le importaba en lo más mínimo.

—Dos libros —le dijo—, Dedalus Diggle estalló al tocar uno de ellos.

—Interesante encantamiento.

—Magia negra.

—¿No te han dicho, Lupin, que la magia negra no existe y que depende de quién la use y para qué propósito? —le espetó Liliane, disfrutando la reacción de Lupin, contrariado—. Pero bueno, no discutiré eso. Asumo que no sabes de qué hechizo se trata y quieres ayuda.

—Aciertas.

—Bueno, Lupin, quiero la tercera parte de tu sueldo durante el tiempo que me tarde en esclarecer tu misterio. No negocio. —Ni siquiera le estaba exigiendo un gran precio. A Holmes, el único auror al que había tratado, le exigía la mitad. A los del Uso indebido de artefactos muggles, también. Pero Lupin apestaba a primerizo.

—Hecho, entonces… —parecía resignado—. Los dos libros llevaban notas anónimas. La caligrafía coincide. —Le extendió los pergaminos.

Liliane ni siquiera se detuvo a leerlos. Se fijó en la letra y recordó el que James le había enseñado de venganza y el que había descubierto su padre en el cadáver de su madre.

La caligrafía coincidía.

—Lupin, no trabajaré sola —espetó—, pero nadie sabrá con quién trabajo, ¿entendido?

—Supongo.

—Júralo, Lupin, jura que nadie sabrá con quién trabajo —le dijo ella, dispuesta a hacer partícipe a James Potter de aquello. Después de todo, la venganza lo corroía a él tanto como a ella.

—Lo juro.

—Entonces, Lupin, tenemos un trato. —Sonrió sardónicmente y le extendió la mano. Pero Lupin se fijó antes en su dedo meñique de su dedo izquierdo. Putrefacto.

—Su dedo… —empezó, pero Liliane lo cortó antes de que siguiera.

—Ya lo sé, Lupin —espetó—. Lo que tu llamas magia negra tuvo la culpa. —Le extendió la mano derecha un poco más—. ¿Tenemos un trato?

Lupin estrechó su mano.


Se había negado en redondo de nueva cuenta a que Dennis Creevey estuviera presente en el interrogatorio. Sólo los aurores podían estar presentes en uno y Dennis Creevey, aunque tuviera todas las capacidades de ser uno, nunca se había graduado de la Academia de Aurores.  En cambio, la acompañaba Savage, que aseguraba que Nott podía serles de ayuda.

—Se separó de ellos hace más de una semana, Zeller,  quizá el jueves o el viernes —le dijo Savage—, pero hasta el momento se ha negado a revelar nada sobre los planes que tenían sus compañeros prófugos. Sin embargo, me pregunto… ¿interrogaron ya a Antonin Zabini y a Jezabel Nott?

—No —respondió Zeller—. Liliane Zabini ha actuado como la tutora legal de Antonin y mandó una misiva diciendo que se presentaría el lunes sólo si le permitían estar presente durante el interrogatorio. Theodore Nott nos mandó una misiva recordándonos que él tiene que dar el consentimiento para que interroguemos a Jezabel y que no pensaba hacerlo hasta que su hija estuviera bien.

—Nott asegura haberlos ayudado a hiur —le soltó Savage, al tiempo que llegaban a las celdas que se encontraban cerca de las salas de juicio del Winzengamot. Zeller no dio ni la más mínima muestra de sorpresa. Tenía sentido, si lo pensaba con fría lógica. Jezabel era la nieta de Abdiel Nott. Sin embargo había algo más…

—Nott y Zabini fueron secuestrados antes de la fuga, Savage —espetó Rose—. Y eso significa…

—… que los ex mortífagos fugados tienen a alguien afuera, a alguien que los ayuda…

—¿De quién sospechas? —le preguntó Rose, siempre dispuesta a escuchar a Savage.

—Scabior, para empezar —le dijo Savage—, pero a Scabior lo atraparon. Quizá el menor de los Lestrange o Rowle. Los demás mortífagos fueron apresados o están muertos.

Siguieron caminando en silencio hasta la puerta de la celda más alejada de la entrada. Antes había pertenecido a Sayuri, ahora, era Abdiel Nott quien estaba allí. Savage le abrió la puerta y Zeller entró primero. Abdiel Nott estaba firmemente sujeto a la silla y ni siquiera se inmutó cuando vio entrar a los dos aurores.

—Buenas tardes, señor Nott —saludó Rose, sin intentar disfrazar a su voz con un tinte ligeramente amable.  

—Vienen a interrogarme de nuevo —comentó Nott.

—Que sagaz —le respondió Savage.

—Espero que tengan veritaserum esta vez —le dijo Nott.

Era nochvieja, el ministerio al completo parecía creer que merecían un descanso y no tendrían veritaserum hasta el día siguiente, lunes primero de enero. Y Zeller allí trabajando, sin saber si llegaría tiempo a cenar con su padre. Al menos Ashley tendría una celebración más decente, pues había permitido que pasara año nuevo con los Longbottom después de que ella le rogara varias veces y asegurara que Lucy Weasley y Eva Longbotton, sus mejores amigas, estarían allí.

—Lamentablemete no, señor Nott —espetó Zeller—, pero dejeremos la plática banal y vayamos a lo que interesa… ¿ayudó usted a escapar a los adolescentes Nott y Zabini?

—Quizá.

—Quizá no es una respuesta válida —comentó Zeller—, le aseguro que me sentiría mejor si me dijera un «sí» o un «no».

—Lamento que mi propósito e esta vida no sea hacerla sentir mejor, de verdad. Mi respuesta sigue siendo «quizá».

—Entonces, ¿en dónde se ocultan sus compañeros ex mortífagos? —intentó Zeller, pensando que con una botella de veritaserum todo eso sería mil veces más fácil y más rápido. Quizá tendría que haber esperado al día siguiente…

—Les perdí la pista.

—Pero usted sabía donde estaban —aseguró Savage.

—Eso no significa que vaya yo a decírselos, mientras pueda.

—Lo dirá tarde o temprano, Nott —le aseguró Zeller antes de pensar por qué flanco podría atacar a un hombre que estaba habituado a los interrogatorios, que llevaba casi veintiséis años en prisión y era culpable de crímenes que nadie llegaba a imaginar.


Fred se había ido con sus padres, que pretendían tener una pequeña cena de año nuevo en compañía de los Jordan, Lee y Alicia, que era sus amigos desde tiempos de Hogwarts. Frank, en cambio, estaba en el caldero chorreante con sus padres, donde pasarían año nuevo. En resumen, el apartamento que los tres chicos compartían estaría solo para James. Liliane había llegado rumbo a las seis de la tarde, cuando ya llevaba unas cuantas horas oscuro y la nieve cubría la calle. Había dejado el abrigo largo en el recibidor y se había adentrado hasta el comedor donde estaba un James Potter que empezaba a darle pena y que volvería el miércoles a clases en la academia de aurores.

—Potter —saludó.

—Zabini —respondió él—. No esperaba tu carta, al menos, no tan pronto —comentó, intentando hacer conversación. Pero ni él ni ella tenían ganas de conversar de nada. Menos él, supuso Liliane.

—La vida da vueltas, Potter —comentó Liliane—. Ha sido el ahijado de tu padre quien me ha proporcionado lo que vengo a enseñarte, Potter.

—¿Teddy? —preguntó James, sorprendido—, ¿hablamos del mismo Teddy Lupin?

—¿Es auror, no? —inquirió Liliane—. Pues bien, sabes a qué me dedicó, Potter. Lupin tenía un problema con dos libros que de lejos, apestan a un maleficio de magia abominable y, aquí estoy, con dos libros que apestan a magia abominable y dos notas que llegaron con ellos, escritas en un caligrafía que seguramente sabrás reconocer.

Puso las dos notas sobre la mesa y observó cuidadosamente la reacción de James Potter al verlas. La misma caligrafía de las notas que ellos dos habían recibido, pero mensajes diferentes. Una de las notas iba dirigida a Dedalus Diggle y otra a Susan Corner, las dos con el mismo mensaje genérico «Espero que disfrutes el libro».

—Dedalus Diggle murió al tocar el libro —dijo Liliane—, o más bien… explotó.

—¿Y Susan Corner? —preguntó James.

—Tuvo suerte —especificó Liliane, sacando dos bolsas de plástico de a bolsa negra que cargaba. Había agrandado el interior para que cupieran esos dos libros—. Son estos dos —especificó—, y a menos de que quieras explotar, te sugiero que no toques ninguno.

—No lo haré —se quedó mirando los dos ejemplares, completamente iguales. De tapas verdes, ambos con el mismo título: «Historia de la magia contemporánea en el Reino Unido»—. ¿Existe de verdad este libro? —preguntó, con curiosidad.

—Si existe, en Flourish & Blotts no lo conocen —respondió Liliane—. Así que no, probablemente sólo fue lo primero que se les ocurrió para hacer ver el libro interesante. Pero, Potter, esto no nos interesa.

—Ya lo sé, Zabini —siguió mirando atentamente los libros; Zabini sabía que estaba dándole vueltas a una idea que aun no se atrevía a exteriorizar—. ¿Sabe Lupin como explotó Diggle? —preguntó, finalmente.

—No —respondió Liliane—. Un vecino oyó la detonación. A Diggle tuvieron que rasparlo del suelo y de las paredes.

—Quizá es el mismo mecanismo de las bombas… ¿quedó alguna marca, o algo parecido? —volvió a preguntar.

—Lupin aseguró que sólo había afectado a Diggle —le dijo.

—Entonces quizá no tiene el mismo mecanismo que las bombas que mataron a mi madre… —titubeó. Liliane vio como apretaba los puños. Los dos eran huérfanos de madre con diferencia de dos semanas. Los dos estaban en una carrera maratónica sin sentido ni rumbo que los llevaba hasta los senderos más oscuros de la venganza—. ¿Un engorgio  modificado que se activa a tocar el libro y no para hasta que la víctima explota? —preguntó. Pero sólo estaba lanzando teorías al aire, sin nada más.

—Quizá —accedió Liliane.

—¿Por qué me hiciste partícipe de esto? —preguntó James de sorpresa, soltando la pregunta a bocajarro como si llevara mucho tiempo conteniéndola dentro de sí y empezara a pudrírsele en la gargante.

—¿Por qué no? —preguntó Liliane—. Quieres venganza y yo quiero venganza. Los que enviaron esto mataron a mi madre, y secuestraron a mi hermano… Mataron a tu madre también. Nos une eso, Potter, quieras o no, desde el momento en que apareciste en el funeral de mi madre y horas después aceptaste prestarme tu ayuda en una cafetería muggle. Así que decídete de una vez. Ignora a tus dudas y quédate o hazles caso y lárgate. —Ya había puesto las cosas sobre la mesa—. Lo que hagamos para llegar hasta ellos puede ser de dudosa legalidad, Potter, y creo que lo tienes bien asumido. ¿Quieres venganza o no? —lo cuestionó. Ya no quería dudas, ni preguntas, ni cuestionamientos.

—¿Qué serías capaz de hacerles a esos hijos de puta? —le preguntó James, aunque ya conocía la respuesta.

—Conoces la respuesta. Por la familia soy capaz de hacer cualquier cosa —le dijo, con la voz serena y confiada.

«Un avada kedavra o algo peor. Sería capaz de abrirlos en canal y verlos desangrarse sin inmutarme, de hacerles pasar todo el terror por el que pasó mi hermano, podría oír sus súplicas sin que me temblara la mano como me temblaba cuando encontré a mi madre en el recibidor, contorsionada en una posición anti natural». Liliane Zabini lo había pensando, una y otra vez. Se había cuestionado ya ella misma hasta donde sería capaz de llegar para vengar a su madre, para vengar a su hermano y a ella misma. Y yo lo sabía. Sabía que no le temblaría la mano hasta llegar a las últimas consecuencias.

—La pregunta, Potter, es de qué serías capaz tú —le dijo, con la voz seca y fría.

James Potter se quedó callado. Apretaba los puños y había bajado la cabeza, dejando que el cabello pelirrojo le escondiera los ojos, quizá para que Liliane no lo viera. Temblaba de rabia o de tristeza. Quién le iba a decir a Liliane que ya no los uniría sólo la curiosidad enfermiza por los maleficios, si no también la venganza, capaz de llevarlos por senderos oscuros.

—No lo sé —musitó finalmente—. No lo sé, Liliane, y no lo sabré hasta que los tenga delante.

«Algo es algo», se resignó Liliane.

—¿Lloraste la muerte de tu madre? —preguntó James, de sorpresa, nuevamente.

—No le enseño mis demonios a cualquiera, Potter —espetó Liliane.

Pero si la había llorado, aunque no había dejado que nadie viera sus lágrimas. Había llorado la muerte de una madre que tenía la voz chillona y la nariz fea, una madre que era caprichosa y estaba obsesionada con la edad, con el hecho que de Blaise Zabini dejara de verla hermosa, aunque nunca lo había sido. Había llorado y había jurado venganza después de que Zeller se había largado con su mirada de suficiencia en la única visita que se había molestando en hacer a la mansión Zabini.

—Las lágrimas saben saladas, Zabini, pero la lástima es lo peor —le dijo James Potter.

—Potter… —empezó Liliane—, ¿serías capaz de alzar tu varita, verlos a la cara y convertirte en un asesino?

James Potter alzó la cabeza. Los ojos estaba húmedos y la boca convertida en una fría línea.

—Zabini… —dijo, midiendo cuidadosamente sus palabras—, no lo sé.

Entonces la chimenea se encendió de improviso y fue Lily Potter la que apareció allí, por medio de la red flú. Tenía los ojos rojos y estaba despeinada.

—Lily —dijo James—, ¿qué haces aquí?

Lily Potter no contestó de inmediato. Su mirada se detuvo primero en Liliane Zanbini, a la que sólo conocía de nombre y después en su hermano. Parecía que intentaba medir las palabras que iba a decir, que intentaba predecir el impacto. Pero no pudo. No pudo hacerlo menos cruel y desconsolado.

—Creen que secuestraron a Rose —anunció.

Liliane pudo ver perfectamente la cara de James. Pudo ver como las palabras de su hermana menor habían caído como un jarro de agua fría.

—¿Están seguros?

—James, no la encuentran en ninguna parte…


Hallo!

Bien, este es el capítulo más largo que he escrito en cuanto a extensión de hojas, creo yo, porque estamos a punto de que Vendetta llegue a las trescientas páginas de Word. Bien, y han pasado unas cuantas cosas…

Morrigan tiene a Rose, y Michel no se llamaba Michel, sino Adolf, y es joven, como Morrigan, además de albino. ¿Qué destino le espera a Rose? Conjeturas, conjeturas.

Por otro lado, Liliane y Ted se reúnen. Liliane pone sus condiciones, asegurando que no negociará y Ted no tiene más remedio que aceptarlas, porque para él lo de los libros explota-personas no tiene ni pies ni cabeza. Liliane, además, nota algo en los mensajes que llegaron junto los libros. ¿Qué hará? ¿Qué une a Diggle y a Corner para que deseen matarlos?

Zeller y Savage interrogan a Nott, pero decir que obtienen buenos resultados… bueno… no mucho.

James y Liliane pasan nochevieja con un par de libros, cuestiónandose hasta dónde serán capaces de llegar por venganza. ¿Hasta dónde creen que llegue Liliane, hasta dónde James? ¿Encontrarán la paz que buscan si llegan a encontrarse frente a frente a los hijos de puta? En fin, al final, aparece Lily Potter, a quien, por cierto, imagino como Rose Leslie, la actriz que hace a Ygritte en Juego de tronos. Y lleva pésimas noticias, porque Rose está a punto de cumplir las veinticuatro horas desaparecida, o ya las cumplió. ¿Qué hará la familia Weasley al respecto?

El título del capítulo es Thrity minutes, una canción de t.A.T.u que descubrí cuando un amigo decidió enseñármela después de una plática de asuntos amorosos. Se refiere a James y a Liliane, como no, en sus dudas, porque es el momento de plantearse las cosas de una manera más seria; de decidir si son capaces de matar a alguien o serán capaces. Las dudas corroen. Como curiosidad el capítulo es el único que hasta el momento tiene dos citas diferentes, porque la canción tiene dos versiones diferentes. Una en inglés y una en ruso. (http :  / / www . youtube . com / watch ?v= zFay_iD-uOY En ruso, sin espacios http : / / www . youtube . com / watch ? v= 8gaPklI_ps4 En inglés, sin espacios)

Finalmente…

Morsmordre!

Andrea Poulain

a 10 de junio de 2013

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