Vendetta

Allí donde solíamos gritar

-


Categoria: Libros > Harry Potter > Vendetta

Genero: Suspenso


autor: NeaPoulain

Slytherin llena de finales agridulces y de historias que contar. Me gusta Theodore Nott y Blaise Zabini. Fan de Johanna Mason. Kirtash es mío.

"Ave maría purísima, me acuso de ser yo por todas partes..." 

Escribo, luego existo

@NeaPoulain en twitter

Vendetta: Allí donde solíamos gritar

autor: NeaPoulain

“¿A que no sabes donde he vuelto hoy?  Donde solíamos gritar  diez años antes de este ahora sin edad, aún vive el monstruo y aún no hay paz.” Love of lesbian


«¿Cuánto eres capaz de pagar?», era lo que le había preguntado Theodore Nott cuando había aparecido aquella tarde en compañía de Antonin y de James Potter, a quien su curiosidad enfermiza había arrastrado allí. Y la promesa de que si ayudaba a que Liliane se salvara, ella le ayudaría a conseguir una venganza por el asesinato de su madre. Aun se lo prgeuntaba a sí misma. ¿Qué era capaz de dar, de ceder, a cambio de su vida y la de lo que quedaba de su familia? Respiró hondo y volvió a mirar al fuego encendido en el centro de la habitación, donde descansaba el pergamino que tenía aquel «Iremos por ti, Blaise Zabini», sin quemarse. ¿Cuál iba a ser el precio?

—Tienes que hacer que la magia ancestral te escuche, Zabini —le espetó Theodore Nott, con una media sonrisa torcida pintada en un rostro que inspiraba todo menos confianza—, y la magia sólo te escuchará si la llamas. ¿Sabes cómo llamar a la magia ancestral? —le preguntó.

Liliane asintió. Conocía la respuesta a la perfección luego de tantos libros leídos.

—Sangre. A la magia ancestral se la invoca con sangre —musitó.

—Bien, señorita Zabini —dijo Theodore Nott—. Y mejor que sea la tuya, porque la de tu hermano cerró la maldición y la magia ancestral lo ignorara. —Le extendió un athame bastante antiguo—. Sobre el fuego, directo sobre el pergamino —le especificó—. Y recuerda, tienes que convencer a la magia ancestral de que la engañaron.

—¿Cómo lo haré? —preguntó ella, sin estar muy segura de lo que iba a hacer.

—Cuando llegué el momento, Zabini, lo sabrás —le espetó Theodore Nott. Seguía extendiéndole el athame.

Suspiró y lo tomó con la mano derecha, firme, y se adelanto hasta el fuego encendido sin entender por qué su hermano Antonin tenía que estar allí, tenía que mirar aquello. Sin entender por qué Potter había accedido a acompañarla de nueva cuenta a algo que ni le atañía, ni le importaba. Por qué Jezabel la miraba con un miedo que nunca antes le había visto en la mirada… cerró los ojos un momento y posó la hoja del athame en su mano izquierda, sintió el frío y no le importó. Cerró la mano y jaló la hoja del athame hacia afuera y sintió el dolor momentáneo y la sangre que empapaba la palma de su mano. Sin pensarlo mucho, la dejó caer en el fuego. Directo sobre el pergamino, como había dicho Theodore Nott.  

Y entonces entendió lo que le había dicho su padre sobre la magia ancestral, sobre sentirla… Sentía aquella maldición correr en su torrente sanguíneo, y esperó. Nott le había dicho que esperara, que no se impacientara.

La magia ancestral venía de los espíritus antiguos, y, como bien había dicho Nott, ni tenían mucha paciencia, ni aceptaban órdenes. Y por supuesto, querían un pago. «¿Qué serás capaz de ceder, Liliane?», se preguntó a sí misma otra vez, aun sintiendo el torrente de magia dentro de sí. No tenía ni la menor idea, no quería pensar en eso, porque quizá, si lo pensaba demasiado no se atrevería. La habían enseñado a ganar las peleas en las que tomaba parte, a obtener la mejor parte de todos los contratos, no a arriesgarse en vano.

«¿Qué quieres?», le preguntó, en su cabeza, un torrente de voces chillonas. Así que era eso. Los espíritus que muchos siglos antes habían dejado que la magia ancestral naciera.

«Romper la maldición», pensó ella. No dudo. No había tiempo para dudar, ni iba a haber segundas oportunidades.

«Imposible», atajaron ellos. «Imposible». No dijeron más.

«Los engañaron», dijo ella.

«Nadie nos puede engañar». Voces lapidarias, que sentían que las estaban haciendo perder el tiempo. 

«Puedo demostrarlo».

«No puedes, podemos leer dentro de ti…», le dijeron, «no tienes ninguna prueba».

Intentaba pensar rápido, porque si las hacía enojar se irían definitivamente y no volverían a responder su llamado. Ella no tenía pruebas, ninguna… pero… Antonin… Antonin tenía el recuerdo. Y si esas voces podían leer dentro de ella…

—Antonin, acércate —dijo, sin voltear a mirar a su hermano, y cuando sintió que estaba a su lado, cogió de nuevo el athame e hizo un corte en la palma del chico—. Deja que caigan unas gotas sobre el pergamino —le ordenó.

Vio la palma de Antonin extenderse, sin entender de qué iba todo aquello, y dejar caer la sangre que le manaba del corte.

«Mi hermano puede probarlo», pensó. «Sus recuerdos pueden probarlo».

«Ya veremos».

No hablaron durante unos momentos y Liliane no presionó. Sólo quería, desesperadamente qué aquella maldición se rompiera para no temer por su vida si deseaba vengarse. Respiró hondo, y volvió a pensar en el pago, otra vez. Theodore Nott la miraba junto a sus dos hijos y James desde atrás.

«Nos engañaron», dijeron las voces, entonces. «Pero eso no será suficiente para romper una maldición».

«¿Qué lo será entonces?», preguntó Liliane.

«Necesitamos un pago y no vamos a negociarlo».

Por supuesto. Un pago. Liliane suspiró. A esas alturas, estaba dispuesta a todo, a cualquier cosa, si eso la iba a salvar e iba a salvar a Antonin y a su padre.

«¿Qué quieren?», dijo ella.

«Lo que sólo una mujer puede hacer», le respondieron.

Liliane no lo pensó demasiado, porque si lo hacía, se iba a arrepentir.

«Rompan la maldición», pensó.

Y el pergamino estalló mientras se volvía cenizas a gran velocidad dentro del fuego. El ruido del pequeño estallido la tomó por sorpresa y cerró los ojos montaneamente. Una vez que el pergamino estuvo pulverizado, volvió a oír las voces.

«Está roto, Liliane Zabini, no avanzará más», le dijeron. «Sin embargo, lo que ya había hecho no puede deshacerse. Las marcas quedarán para siempre». Y se extinguieron.

Theodore Nott se acercó hasta a Liliane, a quien le costaba mantenerse en pie. Hasta ese momento no se había dado cuenta qué tan exhausta estaba.

—Hecho —musitó.

—¿Qué pidieron como pago? —preguntó Nott.

—Mi fertilidad —respondió Liliane.

Estaba hecho, nunca podría tener hijos.

Vio como Nott suspiraba imperceptiblemente y se acercaba al fuego. Era su turno.  Dejó caer el pergamino que decía «Iremos por ti, Theodore Nott» y tomó el athame. Liliane casi sonrió. Estaba salvada.


Ted Lupin había recibido un paquete de parte de Rose antes de que esta se marchara a una de las últimamente demasiado frecuentes redadas en Liverpool. Era sábado y estaba esperando salir un poco más temprano de lo habitual para poder ver a Victoire, que se la pasaba enojada con él la mitad del tiempo porque no podía verlo. Que poco comprensiva resultaba, joder, pesnsó. Pero al echarle un vistazo a ese paquete le quedó claro que eso de salir temprano estaba en sus sueños nada más. «Susan Corner recibió esto esta mañana», había dicho Rose, «y lo debería de haber mandado Uso incorrecto de los objetos muggles, pero me parece que quizá pueda ayudarte a esclarecer lo de Diggle». Y le había sonreído como le sonreía en la Academia antes de espetarle que en eso de Duelo todavía estaba muy verde.

Era otro libro. Y apestaba a magia negra como el que había matado a Diggle y, probablemente, tuviera el mismo hechizo. Al menos, Susan Corner nunca había llegado a tocarlo pues las protecciones que tenía la casa en Colwyn Bay, en Gales, una zona en la que casi no había magos, lo había detectado antes. La familia Corner había tenido suerte.

Lo malo era que Ted Lupin no sabía gran cosa sobre magia negra. Las generalidades, quizá. Y no tenía ni idea de cómo poder tocar ese libro sin que lo explotara a él también. Suspiró. ¿Por qué no se había interesando más en la magia negra? Sabía luchar contra ella, pero no la entendía, y para derrotar algo por completo, había que entenderlo. Acabó por decidir que no tenía muchas posibilidades si le seguía dando la vuelta en su escritorio.

—¡Holmes! —llamó al tiempo que se acercaba al escritorio de Alexander Holmes—. ¿Sabes cómo contactar a Liliane Zabini? —Conocía la mansión Zabini pero no planeaba aparecer allí como si nada.

Alec lo miró de arriba abajo, como si fuera una sabadija, pero le contesté al fin.

—Quién diría que algún día tú precisamente me pediría esa información… —sonrió sardónicamente—. Tú, el ojito derecho de Zeller. —Se encogió de hombros—. Mándale una lechuza. Ella trabaja bajo sus condiciones. 

Ted Lupin volvió a su escritorio a redactar una misiva cuando un auror con el que apenas había cruzado palabra y que últimamente era parte de las redadas de Rose, exclamo, por fin, una buena noticia.

—¡Tienen a Nott! ¡A Abdiel Nott!

Rose Zeller entró unos pasos después.

—Shaper, me alegraría que no gritarás en la oficina y que bajarás a decirle al tipo que se encarga de revisar quién carajos entra al ministerio y de comprobar varitas que no deje entrar a ningún reportero de ningún periódico hasta que se anuncie una rueda de prensa.


Rose Zeller entró después en el despacho que, de nombre, aún seguía siendo de Potter, pero que desde el lunes era de ella seguida de Dennis Creevey. Savage estaba abajo, encargándose de un interrogatorio previo de Nott.

—Al final tuvimos suerte —comentó Creevey.

—Un fugado de vuelta al redil. —Rose medio sonrió—. El Profeta tendrá una razón para dejar de poner a la División de Aurores como inútil entre sus páginas.

—¿De verdad te importa tanto lo que piensen? —preguntó Dennis.

—¿Parece que me importa? —le preguntó ella de vuelta.

—No.

—Entonces ya tienes la respuesta —le dijo ella tomando asiento y sacando un pergamino.

—¿A quién le escribirás? —preguntó Creevey.

—A Potter. Aunque no lo parezca aun es el jefe de esta oficina y merece saber qué está pasando —comentó—. Aunque no lo sea más que de nombre.

—No debió de haberse alejado —comentó Creevey—. La noticia de que dejó la oficina de aurores a su suerte se extiende como rumor y si él no está presente en la rueda de prensa que se planea dar los rumores se extenderán con más fuerza.

—¿Parece que eso me importe, Creevey? —le preguntó Zeller, instándolo a dejar de comentar sobre la vida privada del héroe del mundo mágico, que a Rose no le parecía diferente a cualquier ser humano—. No. Si el decidió alejarse es su problema. Él afrontará las consecuencias de haberse dejado llevar por el dolor de perder a su esposa. Yo sólo mantendré a flote la División. —«Al fin y al cabo, un día será mía».

Creevey por sin se quedó callado y Zeller pudo escribir la misiva en paz. Omitía los detalles. Lo que importaba era que tenían a Abdiel Nott, uno de los presos de mayor de Azkaban.

—Rose —atacó Creevey de nuevo—, ¿ella sabe de mí?

A Zeller le costó entender la pregunta un momento y entonces se volvió contrariada hacia Dennis, con un semblante indescifrable.

—¿A quién le gustaría saber de un padre que la abandonó? —le preguntó a Creevey con el mayor desprecio que fue capaz—. Por supuesto que no. Ashley no tiene ni idea de cómo te llamas, ni quien eres. Después de todo, ni siquiera lleva tu apellido.

—¿No crees que debería saberlo?

—¿No crees que deberías haberlo pensando antes de abandonarla?

—¿Aún me guardas rencor?

—Ya no —dijo Zeller—, eso pasó hace mucho tiempo.

—¿La vida da vueltas, no? —le preguntó Dennis, con una sonrisa mordaz—. Cuando te conocí querías ser fabricante de varitas mágicas.

—Cuando me conociste yo tenía once años y tú doce, han pasado casi treinta años, Dennis Creevey —le respondió Zeller—. Y aun más importante, pasó una guerra y en la guerra pasaron cosas. Lo de convertirme en auror sólo fue la consecuencia a todo eso.

Entonces Dennis sacó algo de su bolso y lo lanzó sobre el escritorio.

—La he conservado siempre —comentó—. Por la amistad y esas ridiculeces.

Rose observó la foto que había lanzado. En ella, una Rose de doce años y un Dennis de trece se daban la vuelta hacia la cámara, a la que veían con sorpresa. El fondo era la biblioteca y ellos parecían estar haciendo tarea.

Rose la recordaba perfectamente. Colin la había tomado con su cámara justo antes de ofrecerle ayuda con su tarea de Sprout, que trataba de mandrágoras, una de las mayores obsesiones de Colin.


—Iré con tu tío Harry —le dijo Ron—. Ha dejado de afeitarse y apenas sale de su habitación. Pensar que se enfrentó a una guerra antes de todo esto y no puede afrontar… afrontar… lo de mi hermana… —a decir verdad, a su padre también le costaba afrontarlo, pero lo intentaba—. Era la favorita de todos. Incluso de Percy, que era un imbécil. En realidad sigue siéndolo, por muy ministro que sea. —Rose le sonrió. Estaba más acostumbrada a su presencia que a la de su madre, a la que la carrera en el Ministerio la había absorbido. Más desde que e había anunciado la candidatura. Hugo y ella habían pasado más tiempo con Ron Weasley, ex auror y socio de su hermano en sortilegios Weasley, que con su madre, una mujer muy ocupada, demasiado inteligente y que se había labrado una carrera muy demandante—. Bueno, Rose…, supongo que estarás bien. Hugo se fue con los Scamander, que lo invitaron a pasar el día y tú irás a dar una vuelta con el Michel ese. Parece buen chico en realidad… —Ron Weasley, siempre celoso y protector con su primera hija, intentaba darle el visto bueno al francés con el que últimamente ella pasaba el tiempo.

—Estaré bien papá —le dijo Rose antes de abrir la puerta y encontrarse cara a cara con Michel—. ¡Te veo al rato! —Le sonrió al chico—. Hola —saludó.

—Hola, Gose —le dijo él. A Rose le daba gracia la manera en que pronunciaba su nombre— ¿Caminamos?

—Claro. ¿A dónde me llevas?

—Sorpresa.

Rose Weasley debió de haber desconfiado, pero no había motivo para desconfiar de aquel muchacho. No existían indicios, pistas. Nada. Debió de haber desconfiado, sin embargo.

En cuando salieron del límite de la barrera anti-aparición de la casa, Michel le tendió una mano.

—¿Vamos? —preguntó.

Rose cogió su mano.

—Claro.

Se desaparecieron con rumbo desconocido. Rose Weasley no volvería ese día.


Bon jour!

Bienvenidos al capítulo treinta… donde pasan muchas y variadas cosas.

He salvado a los Zabini. Que sí, que dejarlos morir con tanta facilidad no era como mi idea principal. Sobre todo porque Liliane aun tiene mucho juego y sabrá dios que pasará después. Eso sí, ha pagado y caro, por salvar a su familia. Ahora es infértil. También salvé a los Nott. ¿Qué pagará Theodore? Ya lo averiguaremos.

Por otro lado, Ted Lupin ha decidio que él sólo no va avanzar más y ha decidio que la ayuda de la señorita Zabini, que Creevey le recomendó, no le vendría muy mal que digamos. ¿Qué saldrá de esto?

Por otro lado, ¡tienen a Abdiel Nott! ¿Qué les dirá? ¿Qué averiguarán? Ya lo veremos, pero por lo mientras Rose y Dennis tienen una conversación tensa en la que aparece Harry y el hecho de que se está dejando llevar, sobre Ashley y el hecho de que ella no conozca nada sobre Dennis ni leve su apellido, sobre el pasado de ambos, y algunos recuerdos. Sobre la foto, escribí una viñeta donde se narra cómo fue tomada para un reto que Tanit propuso en su blog. Alguna vez la publicaré.

Y Rose Weasley… bueno… ya verán. ¿Qué pasará con ella? Saquen a su Trelawney interior.

La canción que le da título al capítulo se centra, principalmente, en Rose y en Dennis. Allí donde solíamos gritar es de Love of Lesbian, uno de mis grupos favoritos, de su albúm 1999, definitivamente mi favorito. (http : / / www . youtube . com / watch ? v= tZapJzlivGY Sin espacios)

Y recuerden…

Dracarys.

Andrea Poulain

a 8 de junio de 2013.

Ingresa para comentar con:

Comentarios



Todos los derechos de personajes y nombres son propiedad de sus respectivos autores citados en cada fanfic. Escríbenos: equipo@fictopia.net
Fictopia.net @ 2011 - forever
By: Boredsoft.com ( ._.) is made for boring you!