Vendetta

From one to six hundred kilometers

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Categoria: Libros > Harry Potter > Vendetta

Genero: Suspenso


autor: NeaPoulain

Slytherin llena de finales agridulces y de historias que contar. Me gusta Theodore Nott y Blaise Zabini. Fan de Johanna Mason. Kirtash es mío.

"Ave maría purísima, me acuso de ser yo por todas partes..." 

Escribo, luego existo

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Vendetta: From one to six hundred kilometers

autor: NeaPoulain

“The most tender thing you've said to me is that I suffer from paranoia sometimes when I wish to kill I count from one to six hundred kilometers” Dillon


Ningún sanador sabía ya que hacer con Daphne. Menos desde que Cho Ihara murió en su casa con una explosión que no dejó ningún cadáver que enterrar. Theodore Nott sonrió amargamente, imaginándose que tuvieron que raspar esa pasta negra que se ve en las fotos para poder entregarle algo que enterrar a su hija que acaba de salir libre de un juicio en el Winzengamot. Daphne aun duerme y no saben como despertarla, como sanarla. Interiormente, les da igual. No es que nadie le tenga mucho aprecio a los Nott, después de la guerra. Si siguen allí es por sus negocios. Ni siquiera se preocuparon por intentar limpiar su imagen tanto como Malfoy, siempre preocupado de los pensamientos de los demás, al igual que Astoria. Pero no, Daphne y él se dedicaron a lo suyo, evadiendo al ministerio como podían, dejando que las cosas pasaran. Nunca habían sido como los demás. No, siempre habían estado juntos, jodiéndose en los dos sentidos de la palabra, casándose porque a Theodore no le quedaba de otra si quería mantener aquel apellido que sólo despertaba miradas recelosas.

Así, la quería.

Así, la necesitaba.

Y nadie sabía como despertarla, a esa mujer que le había entregado todo su ser y a la vez no le había entregado nada. La mujer que le había dado dos hijos que se parecían a ella y que compartían su belleza exorbitante.

—Amo —intervinó uno de los elfos domésticos. Theodore Nott no se molestó en mirarlo y averiguar cuál de todos era. Hermione Weasley podía decir lo que quisiera y reclamar derechos para los elfos domésticos, que a él le daba exactamente igual—, la señorita Zabini ha venido… y trae compañía.

Por el tono de voz del elfo, Theodore supuso quien podía ser esa compañía que lo ponía tan nervioso. Hubiera deseado rechazarlo, pero necesitaba a Liliane Zabini y la necesidad podía más que sus deseos. Finalmente oyó a la chica entrar, vestida de negro, con el luto por su madre riguroso. Se pregutó si esa chica sabía que él había besado a su madre ebria y más insoportable que nada una vez. A su lado iba James Potter, el primogénito del héroe indiscutuble que había llegado a donde había llegado por una serie de casualidad, según Nott. Su hijo parecía tan idiota como él, pero si Liliane Zabini había montado aquella alianza debía de significar algo.

—Buenas tardes, señorita Zabini —saludó, sin levantar la vista de El Profeta, un vistoso caso de cómo no hacer periodismo en el mundo—, y… señor Potter. —Les dedicó un asentimiento de cabeza, lo más gentil que podía llegar a ser y esperó a que Liliane Zabini le explicara por qué estaba allí.

—Buenas tardes —respondió Liliane y se acercó unos cuantos pasos—. No nos queda mucho tiempo —y le enseñó el brazo. Si salía viva de aquelo, quizá su dedo no.

—Estás desesperada —comento Theodore Nott con todo el tacto que lo caracterizaba: ninguno en lo absoluto—. Tienes suerte porque me parece que ayer encontré algo sobre romper maldiciones de magia ancestral… Vago, por supuesto —especificas, porque ningún mago se ha atrevido a plasmar algo sobre ese tema en el pergamino para volverlo un libro o un precedente.

Potter no ha abierto la boca y no parece estar deseando hacerlo. Theodore Nott recuerda como alguna vez decidió gastarle una broma a Antonin, un chico cuatro años menor que él. Al menos parece que ha madurado, aunque tiene un gusto pésimo para vestirse que quizá le viene de su padre. Porque de su madre, esa pedante y guapa pelirroja que Zabini seguía con la mirada de adolescente, seguro que no.

—Me arriesgaré si es necesario —indicó Liliane.

—Será necesario, y lo sabes —atajó Theodore Nott—. ¿Qué sabes sobre realizar magia ancestral? —le preguntó, intuyendo que la respuesta sería un «nada», porque esa chica aun no se habpia visto obligada a montar las protecciones de una casa propia. Era demasiado joven para pensar en casarse.

—Nada —admitió ella.

—¿Y cuánto estás dispuesta a arriesgar? —le preguntó—. Porque no sé si lo sepas… pero la magia ancestral tiene un precio.

«Y no todos están dispuestos a pagarlo», pensó Theodore Nott.

—Lo que sea necesario —zanjó Liliane Zabini.

—Me alegra oírlo, Liliane Zabini —comentó Theodore Nott—. Ven mañana. Trae a Antonin —le dijo—, necesitaremos su sangre y la de Jezabel porque ellos cerraron la maldición. —La magia ancestral era siempre peligrosa. No se debía jugar con ella, menos como lo estaban haciendo los que habían secuestrado a Jezabel y a Antonin. ¿Cuánto habrían pagado por aquello?—. Ah, y quizá a Potter también le interese —comentó y vio el respingo que pegó el chico—, ¿o me equivoco? —preguntó. «De otro modo no estarías aquí, chico».

—No —musitó el chico pelirrojo de las mejillas medio pecosas.

—Quizá el joven Potter quiera guardarte un secreto más —zanjó Theodore—.

¿Por qué lo hacía? ¿Por qué la ayudaba?    

—Hasta mañana entonces, señor Nott —se despidió Liliane. Potter la siguió hasta la salida y Theodore Nott volvió la vista hacia el periódico, que se dedicaba a lamerle el culo a Hermione Weasley mientras ignoraba al ministro interino, cuñado de quien, estaba seguro, sería la futura ministra.


Angelina Weasley trabajaba en el ministerio de magia. A los diecisiete años no se imaginaba encerrada en una oficina y a los trece tampoco. A los once quería jugar Quidditch profesionalmente en cualquier equipo que la aceptara y quizá habría seguido en ese empeño si no se le hubiera venido una guerra a la cabeza. Si no se hubiera enamorado y desenamorado, si no hubiera llorado en el funeral de un chico que siempre la hacía reír… si la vida no le hubiera enseñado que el mundo era mucho más que Quidditch y rivalidad que, al final del día, no servía de nada.

Al final le había acabado gustado aquel trabajo, en el departamento de Cooperación Mágica Internacional, justo donde había empezado su aburrido cuñado que había escalado hasta convertirse el ministro de magia más mediocre (según su opinión) que había tenido la Inglaterra mágica. Eso sí, ella nunca había intentando regular los grosores de los culos de los calderos.

Respiró y vió su carpeta de pendientes, al lado de la cual estaba una nota de Hermione, en la que le pedía un favor. Al final, después de pensarlo unos días había acabado por aceptar. Ahora tenía una nueva bruja a su cargo y a un auror en la oficina estorbando a todo aquel que quisiera trabajar.

—Señora Weasley —llamaron a la puerta. Angelina lo distinguió como la voz débil de Sayuri Ihara, que acababa de entrar a trabajar allí luego de haber librado un juicio sin mucha audiencia. Hermione no quería que se filtrara nada que pudiera arruinar más la vida de esa pobre chica—, han traido esto. De la Confederación internacional mágica —especificó. Angelina asintió y le indicó que dejará allí los papeles. Sayuri Ihara no parecía demasiado feliz en su nuevo trabajo, pero al menos era eficiente.

—Ihara… —la detuvó Angelina.

—¿Si, señora Weasley? —preguntó la chica, que tanto se parecía a su madre. Hasta era una manguera viviente, joder. Al menos era inteligente, y capaz, pero en ese momento parecía que la desgracia la arrastraba.

—Dígale al auror Moon que deje de molestar a mis empleados de mi parte —le espetó. Nunca habría aceptado tener allí a ese tipo tan molesto si el Winzengamot no hubiera decretado que Sayuri debía de estar vigilada. Planeaba insinuarle a Hermione la próxima vez que la viera que mandara a alguien menos estorboso y menos molesto.

—Claro, señora Weasley…

—¡Mamá! —Fred. Era Fred.

—Fred Weasley, ¿no te he enseñado modales? —le espetó al niño de casi veinte años que estaba en su puerta y había decidido entrar sin tocar por las buenas, como siempre. Pecoso y con el cabello un poco largo, como su tío cuando Angelina había decidido salir con él—. ¡Toca la puerta!

—Lo siento, mamá —le respondió con una sonrisa que decía justamente lo contrario—. ¡Vine a darte buenas noticias!

—¿Ah, sí? —preguntó sin ningún interés. Las buenas noticias de Fred casi nunca eran lo que se podía catalogar como buenas noticias.

—¡Papá ha conseguido un local perfecto en París!

Sortilegios Weasley se extendía. Vaya que se extendía. Primero había sido el Callejón Diagon y luego habían acabado por absorber a Zonko que había cerrado luego de la guerra. Ahora estaban a punto de abrir una sucursal en Irlanda y, por lo que Fred contaba, una en París. Bueno, eso sí eran buenas noticias.

—Fred, es una excelente noticia —le dijo Angelina Weasley a su hijo—, pero, ¿quieres apartarte de la puerta para que la señorita Ihara pueda salir de mi oficina? —le dijo.

No se le escapó la mirada que le dirigió su hijo a Sayuri.

Jóvenes, definitivamente.  


La bruja de Blair estaba a reventar aquel viernes por la noche y él no tenía menos ganas de estar allí. El único que parecía de buen humor era el rubio que los había convocado luego de contarles que su madre había despertado. Emmanuel estaba más callado que de costumbre —lo cual era casi imposible— y Albus simplemente no estaba de humor para largarse de buenas a primeras a un pub. Aunque quizá lo de ahogarse en whisky de fuego fuera una opción excelente, quien sabe. Cerca de sus tíos, que insistían en pasarse por la casa de los Potter día sí y día también para asegurarse de que su padre —que acampaba en el dormitorio que, hasta antes de navidad, había compartido con su madre— estuviera bien. Al menos Kreacher parecía mantener los pies sobre la tierra. Ginny no era su persona favorita en el mundo, pero vaya que se había deprimido. 

—Despertaron a mi madre —anunció Scorpius antes de darle el primer sorbo al hidromiel que había pedido. Albus no dijo nada y Emmanuel siguió con la vista fija en su vaso. Pues bien, si el chico esperaba aplausos por aquello con un huérfano reciente de madre y otro a punto de serlo no lo iba a conseguir.

—No te diré mentiras, así que prefiero quedarme callado —le dijo Albus dándole un buen trago al whisky de fuego.

—Ya, me esperaba esta reacción —refunfuñó Scorpius—, pero igual tenía que decirlo. ¿Cómo está tu hermana?

Albus soltó un gruñido.

—¿Cómo quieres que esté? ¿Saltando en una pierna? —le contestó y detectó en su propia voz un tinte amargo y agresivo—. Aun llora. Pero no lo admite aunque todos la oímos. Con ese orgullo siempre pensé que me haría buena compañía en Slytherin —comentó, sonriendo amargamente—. Ah, sí, y al parecer quiere besarse contigo, porque mis intentos de evitar que te convirtieras en mi cuñado resultaron bastante infructuosos.

—Las cosas no están pasando por casualidad —soltó Emmanuel Nott sin mirarlos—. Demasiadas cosas para tan pocos días. Sobre todo con lo de Shacklebolt.

—Dicen que tu día será la nueva ministra, Al —comentó Scorpius.

Albus se encogió de hombros.

—Al menos no es tan aburrida como tío Percy —dijo, sin muestras de interés—. Sí, será la nueva ministra de magia. No hay ningún candidato que le llegue si quiera a los talones.

—No parece encantarte la idea —le dijo Emmanuel.

—Bueno, ¿a Shaclekolt lo mataron por algo, no? —preguntó Albus con una sonrisa de medio lado, como si todo fuera tan obvio—. Y apuesto que la primera razón fue por ser quien era: ministro de magia.

«No quiero más muertes en la familia».

—Emmanuel, ¿qué tienes allí? —preguntó Scorpius abruptamente señalando la mano del chico de cabello negro y piel pálida.

—Nada… —dijo. Pero Albus atrapó su mano y lo obligó a voltearla, con una curiosidad ardiente. En la palma, había pedazos de piel seca, como podrida.

Como la de un muerto.


Susan Corner estaba de buen humor. Inna Selwyn también. Hermione Weasley, no. Lo de Ginny había sido un duro golpe que aun sentía. Pero no podía dejarse nublar por eso cuando estaba tan cerca de convertirse en ministra de magia. No podía dejar que la rabia o el dolor la consumieran, como amenazaban hacer con Harry, que se había recluido en su habitación después de dejarle el mando de la División de aurores a la mujer que estaba justo frente a ella en ese momento. Rubia, con el cabello recogido en una trenza por detrás y vestida con la túnica de los aurores. Rose Zeller.

—No quiero nada que ver en asuntos políticos —espetó la mujer. Inna Selwyn la miró como a un bicho y Susan Corner, con su rostro pacífico, intentó no lanzarle su taza de té en la cabeza—, ya tengo bastantes complicaciones en la División y dudo que ustedes entiendan…

—No estamos pidiendo que respalde a la señora Weasley públicamente —le dijo Susan. Hermione se abstuvo de hablar por un momento, no quería dar una mala impresión, no cuando estaba tan cerca—. Sólo queremos un poco de ayuda… La señora Weasley ha sido atacada dos veces en las últimas semanas y comprenderá que es lógico que tema por su seguridad.

De hecho, Hermione no estaba demasiado de acuerdo con Susan y con Inna, pero las dejaba hacer. Tenía cosas más importantes por las cuales preocuparse en el Winzengamot que por lo que ellas hicieran para su campaña. Y las dos parecían bastante interesadas en que llegara a ocupar la silla de Shacklebolt en el menor tiempo posible.

—¿Qué quieren, entonces? —le preguntó Zeller, con su voz que era como un ladrido nada amable.

—Protección para la señora Weasley, por supuesto —dijo Inna, como si todo fuera tan obvio.

—No le pediremos mucho —intervino Hermione por primera vez, deseosa de acabar con aquello. Harry no hubiera discutido tanto con aquel tema.

—De hecho, estamos interesadas en que la señora Weasley obtenga la mejor protección posible —le dijo Inna Selwyn—, si pudiera ser, del auror Alexander Holmes.

—No —fue la primera y la última palabra de Zeller—, no prescindiré de un buen auror por los caprichos de miembros del Winzengamot. No se si se hayan dado cuenta, señoras, pero hay ex mortífagos sueltos por allí.

Hermione intentó no mirar con censura a Selwyn.

—¿Lupin? —preguntó ella. Sabía que Ted tenía poca experiencia y no sería una dura pérdida para Zeller.

—Definitivamente no —repuso Zeller, que al parecer no quería perder a su «ayudante» preferido—. ¿Proudfoot? —Alguien de la vieja guardia; no se podían quejar.

Susan miró a Hermione, que asintió.

—Supongo que estará bien —confirmó Susan.

—¿Eso es todo? —preguntó Zeller.

—Por el momento, sí —respondió Hermione Weasley con una sonrisa conciliadora.

—Entonces, señoras, espero que queden satisfechas con el desempeño de Proudfoot —les dijo al ponerse en pie y estrechar sus manos.

«Odio la política», pensó. Y estaba allí metida hasta el cuello mientras Potter lloraba a su señora, alejando de la División de aurores para no hacer ninguna estupidez. A Zeller le tocaba limpiar la mierda.


Hello!

Bien, tenemos nuevo y jugoso capítulo con Theodore Nott al principio de él y un pequeño vistazo a su relación con Daphne, que sigue en San Mungo en coma. He luchado con este capítulo a brazo partido porque es el capítulo que se cruzó con la season finale de TVD y, por supuesto, con el hermoso fin de semestre. Oficialmente estoy fuera de la prepa.

Parece que Theodore Nott sabe como llamar a la magia ancestral y está dispuesto a ayudar a Liliane a hacerlo. Pero no parece de los que ayuda porque sí, ¿cuáles son sus intereses tras esto? Y ¿lograran su cometido? ¿Se salvarán la vida a sí mismos? ¿James le guardará un secreto más a Liliane? 

En fin, fuera de eso tenemos a Angelina Weasley, como jefa de Sayuri ahora. Sayuri sigue en el ministerio, pero bien lejos de Hermione, donde no pueda hacer daño a nadie. También vemos al principio un poco del trasfondo de Angelina, y por supuesto, a Fred que va a darle la noticia de que Sortilegios Weasley se extiende. Algunos aun no sienten el duro golpe de la desgracia, como se ve.

Albus, Emmanuel y Scorpius se juntan. Un poco de panorama de los personajes, y un ligero respiro para todos… Pero no durará mucho, hay cosas acechándolos a todos por allí. Y no olvidemos que uno tiene a su madre en coma, el otro es cornudo y además huérfano de madre. Parece que el único que la pasa bien es Scorpius ahora que tiene a Lily Potter y que su madre ha despertado.

Al final volvemos a la política, junto con Hermione Weasley y Rose Zeller, que prefiere no verse inmiscuida en intrigas. Le gusta ser auror y proteger a los magos, pero hay un trecho muy grande entre eso y ser partícipe de los juegos políticos que últimamente rodean a la esposa de Ron, con eso de que se convertirá en ministra.

La canción se llama From one to six hundred kilometers y es de Dillon, de su álbum This Silence Kills (ampliamente recomendado si les apetece oír canciones repetitivas como la fregada, si no, abtenerse). (http : / / www. youtube. com/ watch ?v= ewvs0taI9Is Sin espacios)

Creciendo fuerte.

Andrea Poulain

a 29 de mayo de 2013

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