Vendetta

Sola

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Categoria: Libros > Harry Potter > Vendetta

Genero: Suspenso


autor: NeaPoulain

Slytherin llena de finales agridulces y de historias que contar. Me gusta Theodore Nott y Blaise Zabini. Fan de Johanna Mason. Kirtash es mío.

"Ave maría purísima, me acuso de ser yo por todas partes..." 

Escribo, luego existo

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Vendetta: Sola

autor: NeaPoulain

“Lleno la bañera de mentiras y halagos y sumerjo mi ansiedad. Siento el cosquilleo de la espuma en mis brazos y sonrío hasta llorar” La oreja de Van Gogh


Aquella no era su túnica, ni ese su lugar. No se sentía cómoda allí, sabiendo que sólo era un reemplazo temporal de Harry Potter, el héroe nacional, que llevaba casi dos días sin aparecer ante una cámara para que un fotógrafo dispuesto a vender su trabajo al mejor póstor hiciera aún más pública su tristeza. Sí, sólo un reemplazo, y tampoco  la consolaba demasiado el hecho de que algún día Potter le había prometido que ese lugar sería suyo.

El Winzengamot llevaba dos horas de sesión y la última media había sido enteramente dedicada a Sayuri Ihara, que llevaba una túnica blanca que Savage le había conseguido luego de decirle que su madre y su prometido habían muerto en una explosión que también había acabado con su casa para siempre. Rose, en parte, sólo estaba allí por la chica de mirada temerosa. Scaboir, después de horas de interrogatorio, hacía aceptado que Sayuri era una herramienta para desaparecer del mapa a Hermione Weasley. A Zeller le habían dado ganas de estamparle su puño en la cara, pero se había contenido. Detestaba a aquello hombre, que se burlaba de ellos aun preso y en la peor situación en la que podía estar. Además, no había confesado si tenía algo que ver con el envenenamiento a Horace Slughorn (después de todo, no había muchos mortífagos a mano disponibles para preguntarles porque el antiguo profesor de pociones de Hogwarts tenía una marca en un pergamino) o con el secuestro a los dos adolescentes, Nott y Zabini. No había contestado nada más en realidad. Pero Zeller le sacaría las cosas, antes o después, con veritaserum o sin ella.

Rose Zeller miró de nuevo a Savage, que había usado ya todos los recursos que tenía para convencer al Winzengamot de que Sayuri era parcialmente inocente y que después de todo no merecía ir a Azkaban. Incluso un recuerdo de su interrogatorio a Scabior. Ya no parecía nervioso, aunque había varios miembros del Winzengamot que aun se mostraban con dudas al respecto. Zeller empezaba a odiar aquel lugar, donde se movían más intereses políticos que ganas de proteger a los magos ingleses. Finalmente Susan Corner instó a todos a votar a favor o en contra de Azkaban y, con evidente alivio, Savage comprobó que más de la mitad le creían. Hermione Weasley se abstuvó.

Susan Corner se masajeó las sienes un momento antes de proclamar el veredicto. Zeller se dio cuenta de que ella no era la única ansiosa por dar por terminada la sesión.

—Sayuri Ihara, acusada de intento de asesinato a Hermione Weasley —empezó, con la voz fuerte y clara, haciéndose oír en todo el recinto—, no irá a Azkaban ya que se ha comprobado que no atacó a la señora Weasley consiente y que fue vícima de hipnotismo. Sin embargo —añadió, dejando en claro que no todo iba a ser miel sobre hojuealas—, la señorita Ihara no podrá trabajar en el Departamento de Aplicación de la Ley Mágica nunca más ni en ningún puesto cercano a Hermione Weasley. Tampoco podrá aspirar a un asiento en el Winzengamot y a ninguna orden de Merlín mientras siga bajo el influjo de la orden que le fue dada bajo efectos hipnóticos.

En resumen, según lo que Savage le había contado sobre Sayuri, se acababan de ir al traste todos sus sueños.

—Finalmente —siguió Susan Corner antes de que se alzaran más murmullos en la sala—, para asegurarnos de que no ocurre ningún incidente, la señorita Ihara contará con vigilancia constante de parte de la División de Aurores.

Como siempre, a la División nadie le había preguntado si le parecía bien prescindir de una auror para gastarlo en aquella chica. Después de todo lo que había pasado y del asesinato de su familia, quizá no fuera tan mala idea. Bueno, si Harry Potter estuviera en la dirección de la División quizá su ahijado sería la persona que pasaría horas y horas con Sayuri Ihara, sin nada más interesante que hacer, pero Zeller pensó que bien podían prescindir de la inutilidad de Webber por un rato. Aquel auror con medio año de graduado de la academia aun estaba muy verde, para gusto de Zeller.

—Se levanta la sesión —anunció Susan Corner y finalmente, Zeller se vio libre. También Sayuri Ihara, que ya no estaría detenida ni un momento más, pero se veía ahora en el mundo sin madre, sin casa, sin prometido y sin boda. Sueños y futuro destrozados en dos semanas y media. A Rose le sonaba de la mierda.

Sin embargo, no tenía tiempo de quedarse a consolar jovencitas, de eso ya se encargaría Savage. Rose se encargó de seguir a la marea de túnicas moradas que se dirigían hasta la salida de la sala y de allí a los ascensores, que estarían repletos de gente que querría subir hasta las plantas más altas del ministerio. Rose, sin embargo, no se dirigió a los ascensores de inmediato.

Distinguió a Dennis Creevey antes. 

—¿Qué haces aquí, Creevey? —preguntó, sin saludar antes.

—Esperarte. —Rose Zeller alzó una ceja a modo de incredulidad—. Mi esposa salió antes de lo esperado de San Mungo… —«Así que a ella la acompañas», pensó Zeller con amargura, acordándose de su cara enrojécida cuando le preguntaban por el padre de Ashley y ella tenía que inventar cualquier excusa para no contarles que se había largado—. Llegué más temprano y allá arriba me dijeron que estarías aquí, así que decidí bajar.

—Arriba es más cómodo esperar a alguien.

«No te hubieras molestado.»       

—Preferí bajar —comentó Creevey—. Hacía mucho que no veía las salas de juicio.

—¿Cuánto tiempo llevas sin entrar a una de ellas, Creevey? —preguntó Zeller—. Antes venías a miles de juicios, sobre todo si eran de ex mortífagos o carroñeros que tú hubieras atrapado.

«Pero nunca fue enjuiciado aquel a quien le guardas más rencor, ¿no?», se dijo para sí, «Rowle».

—Lo suficiente.

Zeller se encogió de hombros y empezó a caminar hacia los ascensores, que seguían llenándose de magos con túnicas moradas.

—Subamos, entonces —le dijo a Creevey—, no creo que estés aquí por nada —le espetó.

Se dirigierón hasta la División de aurores y Zeller, que no quería que los aurores se enteraran de lo que estaba planeando con Creevey («no aún», pensó), uso por primera vez desde que estaba a cargo el despacho que le pertenecía aun a Harry Potter.

—¿Y bien? —dijo, una vez que estuvieron en el escritorio y de que se aseguró que nadie los venía.

—Tengo algo que mostrarte… no se me ocurrió hasta hoy en la mañana que con esto… —sacó un pergamino enrrollado descuidadamente— podía ubicar una localización aproximada de los fugados —y desplegó el pergamino.

Era un mapa. Un mapa del Reino unido. Inglaterra, Gales, Escocia, Irlanda del norte. Tenpia puntos rojos titilantes por allí y por allá, que no se quedaban quietos. Y una mancha. Una pequeña mancha color rojo cerca de Liverpool, el lugar donde habían encontrado vagando a Sayuri Ihara. Zeller se fijó un poco más en el mapa y se dio cuenta de que el borde no era sólo una greca dibujada a capricho… eran runas dibujadas con extraordinaria precisión en tinta negra.

—¿Runas antiguas? —preguntó Zeller.

—Tomé la asignatura, ya sabes —contó Dennis—. Tiempo después, cuando perseguí a Nott hasta Noruega les encontré esta maravillosa utilidad y diseñé varios mapas. ¿Sabes qué hace? —preguntó, dándose importancia, porque era obvio que Zeller no tenía ni idea de cual era la habilidad oculta de ese mapa—. Detecta la magia negra —dijo, después de una pausa—. No es muy útil algunas veces, pero ahora, en ese punto tan notorio en Liverpool… me parece que tendrás que peinar la zona porque allí estarán la mayoría de tus mortífagos fugados.

Zeller sonrió un momento.

Tenían una pista.


Tocó la puerta, vacilante, y el sonido de sus nudillos contra la madera le sonó lleno de dudas y, aunque no se atrevía a admitirlo, lleno de miedo también. Miedo de morir por aquella maldición que la sangre de Antonin había cerrado, de que su padre muriera. Suspiró y volvió a tocar sin oír respuesta de su hermano, que tan cambiado parecía después de su cautiverio. Más cerrado, más temeroso, más callado. Era y no era su hermano menor; se habían llevado una parte de él irremediablemente. Ese Antonin que les habían devuelto no era el Antonin que le hacía bromas hirientes a Liliane y le respondía de manera impertinente a su padre. No era el hermano ta parecido a ella, tan perceptivo. En vez de todo eso la vida le había devuelto a ese Antonin Zabini que permanecía en silencio, que se miraba el brazo vendado fijamente, ese brazo con esa herida que había sido cosida al método muggle. Seguía teniendo mal aspecto, pero al menos ya no sangraba.

—¿Antonin? —llamó Liliane al abrir la puerta, cansada de esperar una respuesta que no llegaría. Lo encontró mirando por la ventana hacia el frío jardín de los Zabini en aquella época del año cubierto de blanco. Pansy Zabini se había asegurado de que siempre estuviera impecable.

Se quedó allí parada sin saber qué decir o qué preguntar. No sabía como tratar a su hermano y eso la asustaba. No sabía como sobrellevar aquella situación, como no podía sobrellevar la de su madre de otro modo que no fuera enterrada en su biblioteca para descubrir que le habían hecho a Pansy. No sabía como consolar a su hermano, como confortarlo, como alejarlo del miedo en el que estaba sumido tan hondo…

—¿Cómo estás? —preguntó finalmente, aun parada bajo el marco de la puerta.

Su hermano le dirigió la mirada y a Liliane ya no le sorprendió lo lejanos y oscuros que parecían sus ojos. Había visto pasar su vida ante ellos. Además, los medimagos le habían dicho a Liliane que lo habían torturado con la cruciatus. La joven suspiró y se dirigó hasta Antonin dispuesta a acabar con aquello que había ido a hacer de una vez por todas. Quería descubrir si tenían algún remedio o si morirían irremediablemente, condenados por aquella maldición.

—Hey —empezó—, Antonin… ¿estás bien? —inquirió, poniéndose al lado de su hermano.

Antonin negó con la cabeza.

—¿Cómo voy a estar, Liliane? —le respondió él con una pregunta, y su voz sonó débil, tan diferente de la del Antonin que había intentado molestarla antes de desaparecer—. ¿Cómo voy a estar? —repitió.

Fue la primera vez que Liliane abrazó a su hermano en mucho tiempo. Lo rodeó aun sin creer que estuviera allí, vivo aún, después de haberlo dado por perdido. Antonin se aferró a ella con desesperación…, al ella, a Liliane que le costaba tanto mostrar sus sentimientos y derribar la muralla con la que se había cubieto desde muy pequeña, criada por una madre caprichosa y voluble y un padre que se dejaba absorber por su trabajo cada que Pansy Zabini se volvía difícil de complacer. Aquel abrazo significó todas aquellas cosas que Liliane nunca diría porque no sabía como; ese abrazo era desesperación… era todo lo que había sufrido aquellos días.

«Te quiero, Antonin».

—Antonin —empezó, al soltarlo, dudando sobre si era conveniente pedirle lo que le iba a pedir—, ¿sabes por qué querían tu sangre?

El chico negó.

—Quieren matarnos, Antonin —dijo Liliane, finalmente, dispuesta a no ocultarle nada a su hermano—, quieren venganza contra nuestro padre, pero nos van a llevar a nosotros entre las piernas. La magia ancestrar matará a todos los que sean sangre de tu sangre, Antonin, porque tu sangre cerró la maldición.

—Y tú quieres impedirlo —aventuró Antonin.

«Sigue siendo perceptivo», pensó Liliane.

—Ya no sé que más hacer —murmuró Liliane. En todos los libros que había consultado se aseguraba que la magia ancestral, bien hecha, no se podía deshacer—. Ya no sé a quién acudir o qué libro consultar. Y, Antonin…, quiero saber qué ocurrió en tu cautiverio…, qué oíste. Lo que sea, no importa. Algo podría salvarnos.

Antonin cerró los ojos. Liliane no quería hacerle recordar eso, pero no tenía ya más opciones. Sólo le quedaba aquella mínima esperanza de que Antonin hubiera oído algo que los salvara, de que hubieran cometido un mínimo error.

—Liliane —musitó Antonin. Su voz era apenas audible—, ni siquiera te imaginas lo que fue. Y si tienes suerte…, jamás tendrás que vivirlo. Liliane —repitió Antonin—, qué sabrás tú de estar encerrado en un cuarto con una sola rendija y un solo catre. Qué sabrás tú de la desesperación, del dolor…

—Por favor —suplicó Liliane—, por favor. —Suspiró y ese miedo que no se atrevía a materializar pugnó por salir de lo más profundo de ella. Se miró el dedo cada vez más podrido como si fuera el de un cadáver. Apestaba a muerte y si no se apresuraba, pronto se extendería—. No quiero morir sin haberlo intentado.

Antonin suspiró y volvió a cerrar los ojos, como si sus recuerdos dolieran indescriptiblemente.

—¿Qué quieres saber? —preguntó finalmente.

—Lo que sea —respondió Liliane—, cualquier cosa…

—Ella se llama Morrigan —empezó Antonin, intentando unir recuerdos que deseaba olvidar— y me amenazó con matarte si no accedía a darle mi sangre. Tiene un óculo y así monitorea todos nuestros movimientos…

Así que un óculo. Una bola de cristal para ver el presente, como solían llamarlos. Eran difíciles de conseguir, porque eran muy raros, y muy difíciles de controlar. La mayoría sólo mostraba imágenes al azar de lo que estaba ocurriendo en alguna parte. Pero si Antonin decía que esa tal Morrigan los usaba para monitorear sus movimientos, quería decir que sabía controlarlo. Y que era una bruja muy poderosa.

—Y… no recuerdo mucho, Liliane —siguió Antonin—. Recuerdo el dolor, sobre todo el dolor… y como Morrigan hizo que mi sangre cayera sobre un pergamino. —«Concuerda, si son objetos gemelos, concuerda…»—. Luego lo intentaron con Jezabel, pero ella tenía el periodo y no lo hicieron… —Antonin cerró los ojos—. Morrigan dijo algo… Algo como «así no puedo engañar a la magia ancestral», así que no lo hicieron…

—Antonin… —interrumpió Liliane, con esperanzas por primera vez desde que había entrado allí—, ¿seguro? ¿Seguro de que dijo «engañar a la magia ancestral»?

Antonin la miró confusó.

—Sí, eso dijo… —confirmó.

«Engañar a la magia ancestral», pensó Liliane. «A la magia ancestral técnicamente no se la puede engañar…»

—Antonin… —empezó—, quizá tenemos esperanza.

Casi conreía.


—¿Engañar a la magia ancestral? —Tenía la ceja alzada y llevaba la mano izquierda cubierta por un guante. Liliane lo miraba direcamente, aferrándose a la única esperanza que tenía (ella, tan acostumbrada a perder las ilusiones). Sólo les quedaba eso y nada más—. Los libros no lo mencionan, señorita Zabini… casi ningún libro, pero sí, es posible. —Theodore Nott sonrió y más que una sonrisa le pareció una mueca.

Liliane le había contado lo que le había contado Antonin.

—¿Sabe por qué no puede engañarse a la magia ancestral con la sangre de una mujer en esos días? —preguntó Nott de nuevo, que al menos, había resultado ser un experto en eso. Liliane suponía que también era un experto en magia negra.

—No —respondió escuetamente.

—Dicen que las brujas son más poderosas esos días… o solían decirlo —empezó Nott—; hace años que no oigo a nadie que lo asegure. Pero no es cierto… no en todos los casos, al menos. Sólo son más poderosas al realizar magia ancestral. Tan poderosas que no la pueden engañar.

Liliane asintió.

—Ya…

—Tú madre debería de haberte dicho todo eso —le dijo.

«Mi madre no me prestaba atención», pensó Liliane. «No la suficiente». Y así la había querido, o así la había aceptado. Había aceptado los caprichos de su madre como algo natural y normal. Las llegadas tarde de su padre que empezaron en sus últimas vacaciones después de pasar el año en Hogwarts. Aceptó los reclamos a gritos de Pansy Zabini. Lo único que no había aceptado fue que la mataran. Allí estaba, vengándola.

Liliane, como respuesta, sólo alzó la ceja.

Theodore Nott entendería.


Le resultada tan raro. Tan extraño. Le reusltaba fuera de lugar su cama, sus sábanas color coral, el espejo biselado de enfrente, el tocador que denotaba el buen gusto para la decoración de su madre (tan diferente al de su padre, al que lo mismo le daba el color de las cosas). Le parecía raro el vestido verde jade que llevaba puesto, el armario que se escondía tras una puerta en su habitación. No se acostumbraba a ver la luz o tra vez.

Y, sobre todo, no podía fingir que todo estaba bien.

No podía fingir una sonrisa.

Si antes sólo le salían las sonrisas burlonas a cada momento le costaba más curvear los labios hacia arriba y alegrarse de estar viva. Puta alegría era esa. Le hubiera alegrado que no la hubieran secuestrado. Quizá hubiera sido más feliz sin conocer nunca la desgracia absoluta. Sería más feliz si no recordara a Antonin en aquel catre, herido con una venda que le había improvisado.

Aquel momento los había ligado, para bien o para mal.

Y Jezabel nunca había deseado estar ligada a alguien. No de aquel modo. No de esa forma. Se sentía ligada a Antonin por la desgracia y por las lágrimas cada vez más saladas. Estaba ligada a Antonin Zabini. Para bien, y para mal.

Jezabel se quedó mirando al techo, tirada en la cama, arrugando el vestido tan bonito que le había regalado su hermano. Nunca había considerado el amor como nada que no fuera un amasijo de caricias y besos, de sonrisas curveadas e insuniaciones en medio de las clases de pociones de Slughorn. Nunca se había atrevido a pensar que tras ese montón de lágrimas y ese sufriciento lacerante, que lastimaba más que la tajada en el brazo, se escondiera el amor. Amor, cuatro letras que cada quien manejaba a su antojo, que cada quien acomodaba a su mejor conveniencia, que cada quien interpretaba como mejor le parecía o como mejor le acomodaba.

Y para ella había dejado de ser un amasijo de besos y un revoltijo de piel, esa sensación cuando estaba desnuda en su cada, abrazada a él, ese montón de caricias sin sentido, ese montón de pequeños roces que habían dado paso a insinuaciones y cosas cada vez peores en las clases de pociones, donde nadie se fijaba mucho en qué hacía el de al lado. Había pasado a ser esos abrazos desesperados y sus propias lágrimas, ese terror que había sentido en compañía de Antonin, encerrados en un cuarto con un catre.

Para bien y para mal, si seguían juntos, sería por ese vínculo que nadie llegaría nunca a compartir.

¿Tenían arreglo? ¿Tenían solución después de eso?


¡Hola!

Este capítulo me ha costado los mil demonios, quizá porque la época de exámenes (hace dos semanas) se me puso encima y me dijo que yo no podía escribir tanto como me diera la gana. Lo peor fue cuando vino inspiración y me provocó arranques de «quiero escribir, putas, no estudiar física». Lo de siempre, vamos. Se me ocurren las mejores ideas haciendo el problemario de física. No saben lo buenas que son las que me nacen resolviendo problemas de Ley de Ampere.

En primer lugar tenemos una escena de Zeller en la que se mezcla todo. Sayuri, Creevey, el hecho de que ¡oh! ella está a cargo (juro que no es porque yo no soporte a Harry Potter…). Primero, Sayuri acaba bien si es que a esa cosa le quieren llamar bien. Está libre, vigilada, bajo hipnosis, no puede conseguir un puesto en el Winzengamot. Como una perla, vamos. No, no, está de la mierda, sobre todo si nos acordamos que sus padres y su prometido ¡PUM!, explotaron.

Por otro lado Creevey estudio Runas Antiguas porque a mí me da la real y regalada gana. ¿Qué sabemos de Creevey además de que seguía a su hermano a todos lados y adoraba un poco menos que Colin a Harry? Tiene un mapa MUY especial. ¿Qué uso le darían ustedes? Y… ¿creen que lo de Zeller tenga resultados favorables?

Bueno, luego tenemos a mi persona… No, esperen, no se muestran favoritismos, todos son mis hijos. A mi personaje más antiguo, pues, Liliane. Intenta hablar con Antonin, que está sumido en algo llamado depresión post-secuestro. Internet y libros de psicología ayudaron un poco no mucho y me temo que quizás, no lo suficiente. Pero ejem, a quienes se acuerden, bueno, pues al parecer Antonin si recuerda algo importante, o que parece importante y Liliane va a contárselo a Nott para sacarse las dudas.

Por último tenemos una escena de Jezabel Nott. Como información bonus yo me imagino a la chica como Emilia Clarke. De hecho, fue el único persona que tuvo cara antes de tener nombre, así que, sí, mi imaginación hizo una copia de Emilia Clarke para personificar a Jezabel Nott. Como nota, Emilia es Danaerys Targaryen en Game of Thrones y es absolutamente hermosa. Obviamente, para Jezabel me la imagino con su color de cabello natural: castaño.

En fin, también tiene trauma post-secuestro y unas otras pocas cosas en la cabeza. Bastantes en realidad. Quería mostrar un poco de Jezabel, un contraste entre antes y después de eso, porque después de eso es obvio que nunca volverán a ser los mismos. Imposible. ¿Qué creen que pase con esos dos, Antonin y Jezabel, abrazados por la desgracia?

El capítulo se llama Sola y es la primera canción de uno de mis grupos favoritos (por el que me ha durado más el fanatismo): La oreja de Van Gogh. Aparece en A las cinco en el Astoria y bueno, una vez que la escuché me acordé de Jezabel en este preciso instante (http: / / www. youtube. com/ watch? v= TlCW8_rdbeE Sin espacios).

Recuerden:

Todos tenemos un secreto escondido bajo llave en el ático del alma.

Andrea Poulain

a 3 de Mayo de 2013

(el día que iba con el vestido negro

a quice años de la batalla de hogwarts)

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