Vendetta

Nada

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Categoria: Libros > Harry Potter > Vendetta

Genero: Suspenso


autor: NeaPoulain

Slytherin llena de finales agridulces y de historias que contar. Me gusta Theodore Nott y Blaise Zabini. Fan de Johanna Mason. Kirtash es mío.

"Ave maría purísima, me acuso de ser yo por todas partes..." 

Escribo, luego existo

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Vendetta: Nada

autor: NeaPoulain

“Y no se tú, ni qué dirás pero no hay nada mucho qué pensar. La oscuridad me acecha incrédula. Nada que pueda perder, nada que no pueda hacer” Zoé


Al llegar aquella mañana a la oficina la esperaba un café caliente y un ejemplar de El Profeta, en cuya primera plana aparecía una fotografía reciente de Ginny Potter junto a su marido, en los últimos mundiales de Quidditch en Alemania y otra fotografía de Minerva McGonagall en su último año como directora. Aquel periódico prometía una crónica detallada de los funerales de ambas mujeres para satisfacer el morbo de su público, que convertía la desgracia en un espectáculo sin ningún tipo de escrúpulos. Resopló de mal humor y dejó el periódico a un lado cuando Ted Lupin apareció ante su vista, con el cabello negro y largo. Parecía estresado y cansado. Cuando el joven vio la copia de El Profeta, se acercó hasta el escritorio de Zeller.

—Y eso que no viste lo que publicaron en Corazón de Bruja —comentó Ted, sin saludar si quiera—. Parecía lo más serio que habían publicado hasta el momento hasta que, en el reportaje firmado por Lavender McLaggen, especulapan sobre quién podría ser la próxima pareja de mi padrino… —Sí, definitivamente, no estaba de buen humor—. El Quisquilloso fue el único que no convirtió todo esto en un espectáculo barato. Irónico.

—Porque la editora jefe es Luna Scamander —le espetó Zeller—, no te hagas muchas ilusiones, porque esa revista tiene todo menos seriedad.

Ted le dirigió una sonrisa.

—Bueno, Rose, tengo que ir a trabajar —le dijo—, una pila de papeles me espera en mi escritorio y me parece que ya averigüe algo sobre Dedalus Diggle. —«Sobre Minerva, en cambio», suspuso Rose, «no has avanzado nada». No le extrañaba nada aquello.

Rose no le dijo nada cuando se retiró de nuevo a su escritorio y se enfocó en su propio trabajo. La División de aurores estaba a su cargo y dependía de ella, al menos toda esa semana. Estaban a martes y las El Profeta no había parado de publicar malas noticias (y ataques velados contra los aurores) desde la fuga masiva de Azkaban. Necesitaban hacer algo al respecto. Ya.

—Buenos días —saludó una voz a su espalda y ella se giró para encontrarse cara a cara con Dennis Creevey.

—No esperaba verte hasta már tarde —le espetó Rose.

—Yo también me alegro de verte, Rose —le respondió él, con una nota de ironía en la voz—. Al final mi esposa no se demoró demasiado en San Mungo, después de todo, está en sus últimas revisiones…

—¿Ahora intentas ser un padre de verdad? —le espetó Rose, dolida.

Dennis la miró con la ceja alzada, pero no dijo nada. Rose sabía que aun se notaba su propio resentimiento por cosas que habían pasado hacía tanto tiempo… «En cierto sentido, todo eso me volvió más dura».

—Creo que tenemos mortífagos fugados que buscar —dijo Dennis, finalmente, cambiando de tema. Señaló el mapa que estaba pegado en la pared del cubículo de Rose—. Allí —empezó, apuntando a Liverpool—, vieron a Rowle hace poco. O dijeron verlo; yo que sé. Técnicamente podrían estar en cualquier parte, pero sería buena idea empezar por allí. O interrogar a Scabior.

—Hay gente encargándose de eso —dijo Rose.

—¿Irás tú? —preguntó Dennis.

—Más al rato —le respondió ella.

—Consígueme un permiso para poder interrogarlo —le pidió y en sus ojos Rose pudo ver una chispa de desesperación que no pasaba fácilmente desapercibida.

—No, Creevey —atajó—, aun es demasiado pronto para que haga eso.

—Ahora eres la jefa —remarcó él, haciendo notar más la ya de por sí obvia ausencia de Harry Potter.

—Lo que no quiere decir que me saltaré todas las normativas de la División de aurores por la torera —empezó ella— sólo para que puedas interrogar a Scabior. Ni siquiera estamos seguros de si conseguiremos información.  Así que la respuesta es no.

Creevey parecía decepcionado.

—¡Rose! —Ted apareció sin aviso en el cubículo de Rose—. ¡El paquete que mató a Diggle no venía de Australia, no se lo mandó su sobrino! —exclamó—. Acabo de recibir una carta del Ministerio de magia Australiano y dicen que el sobrino de Dedalus, Joshua, ha declarado bajo veritaserum que no envió ningún paquete. —Rose lo miró e intentó contener una sonrisa, por fin avanzaban en algo, aunque fuer mínimo—. Por otro lado los infelables devolvieron el libro aduciendo que era magia negra muy avanzada y no me quieren decir nada en sus informes, sólo ordenaron que nadie lo tocara directamente…

—Quizá te convenga hablar con un experto en magia negra… —dijo Creevey, interviniendo—. Un colega del departamento del mal uso de artefacor muggles conocía a alguien… Liliane Zabini me parece que se llamaba.

—¿Zabini? —preguntó Zeller sorprendida—. Creí que sólo Holmes la llamaba cuando había magia negra involucrada en sus casos.

Creevey se encogió de hombros.

—Es una experta, dicen, pero no he tenido el placer de confirmarlo —les dijo—, no entra dentro de mi campo de trabajo. Ahora, Rose, ¿te importaría que volviéramos a hablar de mortífagos fugados?


Aún muy dentro de él le costaba creer que Jezabel estuviera allí de nuevo, ilesa. La habían dado de alta el día anterior, luego de comprobar que aquel método muggletan extraño llamado «puntos» funcionaba. Al final resultaba que los muggles servían para algo. Irónico. No sé acostumbraba a verla por allí, sin ese halo de vitalidad que la caracterizaba, con la mirada perdida o fija en la cicatriz que le quedaría en el antebrazo izquierdo.

—Padre… —lo llamó aquella mañana, finalmente, mientras Emmanuel estaba fuera—. No le dije a nadie quién nos rescató —dijo, con la voz baja.

Bueno, si su hija quería intrigarlo, había logrado hacerlo.

—Fue el abuelo, papá —dijo finalmente—. Abdiel —especificó por si no había quedado lo suficientemente claro.

Así que Abdiel Nott. Un nombre que Theodore llevaba años sin oír fuera de la mansión Nott, y que él mismo nunca pronunciaba, pues le recordaba a aquellos demonios que lo habían invadido durante su adolescencia. Abdiel Nott, que se había fugado de Azkaban hacía menos de una semana, hacia su aparición triunfal rescatando a su hija y a su novio. Al final tendría que agradecerlo a su padre qué Jezabel estuviera viva y no quería deberle nada a su padre.

—Papá, el dijo que si no lo hubieras traicionado, te estarías pudriendo en Azkaban —terminó Jezabel.

Theodore Nott dudó qué responder a aquella pregunta muda que su hija le hacía con los ojos. Dudó por primera vez en años. Sin embargo, siempre supo que cuando uno de sus hijos preguntara, les diría la verdad.

—Dejé que lo encerraran en Azkaban por sus crímenes y por los míos también —respondió finalmente—, y yo quedé impune. —Volvió a dudar un momento, pero al final se alzó la manga izquierda de la camisa. Nunca había dejado que sus hijos la vieran, aun cuando no le traía tan malos recuerdos como a Draco Malfoy. Una cosa era que Emmanuel y Jezabel supieran que existía y otra que la vieran tan cercana, tan tangible.

—La marca tenebrosa —dijo ella.

—La conoces. —No le sorprendía.

—Todos la conocen —espetó ella.

—Dejé que lo encerraran saldando sus crímenes y los suyos, y según los más radicales, lo traicione. —«Quizás sí lo hice», pensó Theodore Nott, pero no pensaba contarle a su hija más cosas. No pensaba contarle los asesinatos que había cometido con diecisiete años y todas las personas que había torturado solo para sobrevivir. Se habría convertido en un mounstro como su padre si la guerra no hubiera terminado abruptamente aquel tres de mayo, quitándole lo poco que entonces le quedaba de adolescencia—. Pero él quería ver su linaje intacto.

«Lo logró, al fin».

—Papá… tu mano… —Jezabel se la señaló.

Theodore la levantó. Parecía tener partes podridas, pero aún no estaba tan grave como el dedo de Liliane Zabini.

Sin embargo, se les estaba terminando el tiempo.

—No es nada —le dijo a su hija, tranquilizándola. Era la primera vez que le mentía.


Se sentó a su lado sin decir una palabra. Él no la había llamado y ella no había asistido al funeral de Ginny Potter el día anterior. Sin embargo ese día se había dicho (y su madre se lo había recordado) que al menos debería hacerle una visita a Albus… Tracey Higgs, su madre, había asegurado que tampoco estaría de más darle el pésame, pero ella no pensaba pronunciar aquellas palabras. Bastantes mentiras decía ya como para acabar de dando el pésame por la muerte de alguien que le daba exactamente igual. Además al menos con la muerte no se mentía.

Su madre había insistido más que ella en aquella visita y ella finalmente había buscado a Albus por la red flú, preguntándole si era conveniente hacerle una visita en su casa, en Londres. Él asintió y le dijo que estaba su tía Fleur —una mujer rubia que aun en la cuarentena le quitaba el aliento a cualquiera— con su hermana menor Gabrielle, ocupándose de que los cuatro Potter restantes no se mataran entre sí.

—¿Estás bien? —le preguntó a modo de saludo, en un intento por empatizar con el chico que la estrechaba contra sus brazos a escondidas en Hogwarts, conteniendo las ganas de comérselo a besos. Quizá no fuera lo mejor en ese momento.

—¿Te lo parece? —respondió él, con una pregunta que sonó como hielo. Intentaba ser amable, pero se notaba que no le salía. Quizá no hubiera sido la mejor idea aquella visita. Quizá Niklaus hubiera tenido la gran casa señorial de los Pucey para ellos dos solos y ella podría estar metida entre sus sabanas…

Ella alzó una ceja. Eso debería bastarle a Albus como respuesta.

—Ya… —dijo él—, por supuesto que no. —Suspiró—. No sé como debería sentirme, pero sé que me da miedo como me trata la gente. Con tanto cuidado, como si fuera un magifuego Weasley a punto de estallar.

«¿Y a mi qué?», se preguntó Justine, que no sentía nada por Albus más alejado de lo físico, de esos besos que le daba, de las caricias en los brazos… Los quería a Niklaus y a él por lo mismo y los dos se creían posedorees de su amor o de su retorcido afecto.

—Lo siento, Justine —murmuró Al—, supongo que fui muy brusco.

 Ella sonrió y lo besó, pero el no correspondió el beso con mucho entusiasmo. Era el Potter que menos se llevaba con su madre y estaba destrozado. No tenía ni idea de cómo estaría su hermano o su hermana. Inconsolables quizá.

Ella abrazó a Albus, sin demasiadas pretensiones, sin pretender consolarlo en lo más mínimo, porque no sabía como, y él aceptó su abrazo rodeándole la espalda torpemente con las manos.

En ningún momento dijo «lo siento por tu madre», y Albus no se lo pidió. Se limitó a aceptar aquel abrazo y en el fondo, los dos sabían que era falso.


El reloj marcaba el final de la jornada, pero ella estaba segura de que seguiría allí dentro de tres horas y de que todos los aurores lo harían. Si no todos, la mayoría seguiría allí para cuando diran las diez y llevaran más de diez horas de jornada. Aquel era uno de los departamentos con más movimiento en todo el Ministerio, siempre había gente entrando en saliendo.

Rose se puso en pie y se masajeo los ojos. Le dolía la garganta de tanto gritar órdenes, sin embargo, aquel podía calificarse como un día «tranquilo»; en comparación a los demás, claro está.

—¡Savage! —llamó a uno de los aurores más experimentados de todo el departamento. El auror levantó la cabeza de su escritorio, pues llevaba días asegurando que lograría demostrar la inocencia de su protegida, Sayuri Ihara que había perdido a toda su familia, menos a su padre, a causa de una explosión.

—¿Rose? —preguntó él, al llegar al cubículo de Rose.

—Me acaba de llegar un informe de los interrogatorios a Scabior bastante reveladores… —informó—. No sabemos dónde se escondía, ni si ha ayudado a otros mortífagos todavía, pero el informe menciona que dijo el nombre «Ihara» una vez.   

—Y crees que puede ser una pista —sospechó Ian Savage.

—Por supuesto —respondió Rose—, y quiero que me acompañes, me dispongo a interrogarlo yo misma.

—Llevo demasiados años alejado de las salas de interrogatorio. —Ian Savage sonaba inseguro.

—No me vengas con pretextos —arguyó Zeller—. Tú ya estabas en el cuerpo antes de que yo entrara a Hogwarts y ahora estás a dos pasos de demostrar la inocencia de esa bonita chica asiática a la que tanto proteges. Vamos.

Ni siquiera esperó a ver su la seguía o no. Se dispuso a bajar hasta las salas de los tribunales, donde se realizaban los juicios a los criminales peligrosos y donde estaban las celdas de detención preventiva que, en la mayoría de los casos, eran sólo un escalón antes de Azkaban. Al llegar al ascensor, Rose comprobó con satisfacción que Savage, viejo lobo de la División, se había decidido a acompañarla.

Un custodio que parecía bastante aburrido estaba vigilando las celdas ya de por sí aseguradas. Su única obligación era revisar quien entraba y quién no, además de intentar evitar los contratiempos. Sin embargo, aquellos custodios solían ser en general desertores de la academia o aurores que no daban el ancho.

—Vinimos a ver a Scabior —anunció Zeller.

—Pasen —asintió el chico—, celda nueve.

Zeller entró caminando con paso fuerte y seguro hacia el fondo. En la celda diez estaba Sayuri. En la nueve, Scabior, y ellos dos eran los dos únicos inquilinos de auqella prisión improvisada después de la guerra.

—¿Tenemos autorizado el uso de veritaserum? —preguntó Savage.

—No —dijo Zeller, con fastidio—. La burocracia se impone y los encargados de las pociones son más lentos que un gusarajo.

Savage asintió conforme, antes de entrar a la celda de Scabior, un ex carroñero que ni siquiera ostentaba la marca tenebrosa en su antebrazo y que seguía que Voldemort era lo más genial que le había pasado en la vida. Vaya idiota que era.

—¿Más interrogatorios? —disparó, con la voz ronca y acuosa. Tenía las manos esposadas y estaba repatingado en una silla.

—Hasta que sueltes toda la información —le dijo Rose, con la voz dura—. Así que tú decides cuántos interrogatorios quieres —comentó, sin un atisbo de sonrisa. Savage, detrás de ella, sonrió. Esa mujer iba a conseguir todo lo que quería. 

Scabior no dijo nada.

—Podríamos empezar a hablar sobre tus ex compañeros de ejército fugados —empezó Zeller, y su voz tenía un tinte duro e impersonal—, pero creo que perderíamos el tiempo, así que siempre puedo guardar la veritaserum para eso… En cambio, hay otro tema.

—Sayuri Ihara —soltó Savage, sin rodeos y vio como los ojos de Scabior se delataban solos con aquel brillo oscuro.

—¿Ya explotaron sus padres? —preguntó, con un atisbo de sarcasmo en la voz.

Savage apretó los puños y no dijo nada. Por un momento, dejó que Zeller llevara el interrogatorio allá a donde quisiera.

—¿Qué sabes de Sayuri Ihara? —preguntó.

—Una chica muy linda, claro. —Scabior sonrió. Tenía un diente podrido—. Cercana a Hermione Weasley —murmuró, con resentimiento guardado, como si todavía estuvieran en plena guerra y no hubieran pasado veintiséis años.

—¿Qué sabes? —repitió Rose.

—Sayuri fue sólo un instrumento, claro —alardeó Scabior—, pero me parece que necesitarás algo más que tus preguntas para hacerme soltar prenda…


Aló!

Bueno, esto es lo que tenemos hoy.

A una Rose Zeller asqueada de lo que la prensa puede hacer (convertir la muerte en un espectáculo morboso), con resenimientos hacia Creevey (aún) y eso que ya trabaja con él. Por otro lado, el libro que mató a Diggle no salió de Australia, ¿de dónde salió y quién lo envió? Bueno, como está atascado de magia negra, Creevey le dice a Ted que quizá puede hablar con una conocida de un colega en uno de los departamentos del mal uso de artefactos muggles: Liliane Zabini. Sí, a principio del fic se menciona que es una experta en este tipo de cosas a pesar de su juventud, y no puede estar encerrada en su venganza toda la vida.

Por otro lado, ejem, ejem, una plática poco común entre Theodore y su hija. Ya sabemos como Theodore, a pesar de tener la marca tatuada (¿quién dice que Draco Malfoy era el único sexy adolescente con una?) se salvó de Azkaban. Le deja ver la marca a su hija, en un acto de acercamiento o de lo que sea. En fin, ¿qué creen que pase con los Nott en general? Como Theodore menciona, ya no tienen mucho tiempo.

Justine visita a Albus y en medio de sus pensamiento podemos ver que la lleva a intimar con Albus, y con Niklaus, y ella sostiene que no es más que el físico y que no hay nada más. Eso sí, a su madre le encantaría ver a su hija con apellido Potter.

Por último, Scabior suelta algo sobre Sayuri, que tiene que demostrar su inocencia si quiere salir libre. ¿Qué más oculta? ¿Qué más pueden descubrir Zeller y Savage interrogándolo?

La canción es de Zoé (buen grupo para las depresiones) y se llama Nada. La parte mencionada al inicio queda bastante bien con todo lo que está pasando en la historia, pues parece que es hora de arriesgarlo todo («Nada que pueda perder… nada que no pueda hacer»). (http : / / www. youtube. com/ watch?v = 6ufJw-TccJ8 Sin espacios)

Y no olviden…

Valar morghulis

Andrea Poulain

a 22 de abril de 2013

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