Vendetta

The arc

Ha llegado la hora de arriesgarlo todo y olvidar los principios para obtener resultados... 


Categoria: Libros > Harry Potter > Vendetta

Genero: Suspenso


autor: NeaPoulain

Slytherin llena de finales agridulces y de historias que contar. Me gusta Theodore Nott y Blaise Zabini. Fan de Johanna Mason. Kirtash es mío.

"Ave maría purísima, me acuso de ser yo por todas partes..." 

Escribo, luego existo

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Vendetta: The arc

autor: NeaPoulain

“Can you hear me? 嘆きの鐘と ざわめく鉄の針葉樹” Alice Nine


Murió a las seis con treinta y seis minutos de la mañana del domingo veinticuatro de diciembre, antes de que amaneciera sobre Londres, mientras su sobrina Hélene dormía con el cuello torcido en una incómoda silla, justo al lado de su cama. Murió en paz, sin despertar, en medio del sueño en el que llevaba días sumida y los sanadores nada pudieron hacer. Le llamaron al joven auror Lupin, que leyó, con los ojos aun con rastros de sueño, el certificado de defunción. «Minerva McGonagall», rezaba el nombre y nada más. Muerta en la madrugada del día de nochebuena, un mal día para morir, pensó con sorna Rose Zeller, recordando a la vieja directora de Hogwarts. El funeral sería la mañana de navidad y no dudaba de que estaría lleno de ex alumnos de Hogwarts.

—¿Cómo está Telemachus McGonagall? —preguntó en cuanto vio entrar a Ted Lupin de nuevo, que estaba hablando con Hélene, la sobrina mayor de Minerva, que dormía en el momento en que su tía exhaló su último aliento.

—No quiero imaginarlo —espetó, de mal humor. Telemachus tenía un humor cambiante y la desesperación alimentada por la ira no lo ayudaba en lo más mínimo—. Querrá que haga un milagro y aparezca de la a los asesinos de su tía.

—Acostúmbrate a eso —le respondió Zeller—, las demás personas creen que los aurores hacemos milagros y que no tenemos vida y problemas propios.

—Apesta un poquito.

—Ya lo sabías al entrar a la academia de aurores —le dijo Zeller—, porque me esforcé en repetirlo hasta la saciedad durante el entrenamiento. —Se quedó callada un momento, mientras a su mente volvía la imagen de la severa McGonagall dando clase de Transformaciones—. ¿Irás al funeral? —le preguntó.

—Supongo —le dijo él—. Harry irá…, los Weasley también.

«El Winzengamot al completo también», pensó Zeller, «muchos no perderán la oportunidad de hacerle la pelota a Telemachus».

—Suerte, entonces —le dijo Zeller.

—¿No irás tú? —le preguntó Ted, contrariado.

—Es la mañana de navidad —le espetó Zeller—, prometí que acompañaría a Ashley y a su padre a Central Park. Tengo mi propia familia, ya vez.

Ted sonrió.           

—Suerte también, entonces.

Se marchó hacia la oficina de Potter, su padrino, seguramente para dar la noticia. Minerva McGonagall, ex directora de Hogwarts. Sobreviviente de tres guerras, dos de ellas contra Voldemort. Muerta. Lo publicaría El Profeta junto con miles de reportajes sobre la vida de McGonagall, muchos de ellos cargados de mentiras, que era lo que mejor sabía hacer ese periódico de segunda, desesperando por vender ejemplares al por mayor. 

Suspiró y siguió esperando. Ya eran casi las nueve y habían quedado a las ocho y media. No estaba acostumbrada a que la hicieran esperar, y de haber citado a cualquier otra persona se habría marchado definitivamente. Pero no podía, no con algo tan importante.

Vio el reloj de nuevo. Ocho cuarenta y dos. ¿Por qué no se apuraba?

—Rose —oyó a la voz que la saludaba, justo al lado de su escritorio y se volvió.

—Creevey —respondió ella, con un asentimiento de cabeza.

—Antes me llamabas Dennis —comentó él, con los ojos teñidos de reproche y una sonrisa encantadora en los labios.

—Tú lo has dicho —respondió Rose, con la voz cargada de veneno—: antes.

Dennis Creevey no dio muestras de verse afectado por aquello.

—¿Para qué querías verme, entonces? —le preguntó, con la misma sonrisa jovial, jalando la silla que Lupin no estaba ocupando para sentarse al lado de ella.

—Trabajo —respondió escuetamente.

—Creí que odiabas a los caza recompensas —espetó él.

—Lo hago —dijo ella—, pero situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Ya sabes, Creevey: todo tu trabajo anterior se fue al carajo.

—La fuga de Azkaban —adivinó él.

—Exacto.

«Hace más de veinte años que eso no ocurría», pensó Zeller, amarga. «Al final va a resultar que Potter tiene razón y que nos confiamos demasiado por el ambiente de aparente tranquilidad que evidentemente no era tan real…»

—Te dije que lo había dejado.

—Ayudaste a Holmes a encontrar a Rowle —espetó ella, recordando su última conversación con aquel hombre—. Y fracasaste, por lo que oí.

—Hace siete años que no lo hago —especificó él—, tenía intereses especiales en encontrar a Rowle… Aun los tengo.

«Todavía no superas la muerte de tu hermano», pensó Zeller, «todavía no superas el haber sido demasiado débil para defenderlo en aquel momento, todavía no superas el hecho de no haber estado allí, porque aún recuerdo tus gritos desgarradores que clamaban que Colin no debería de haber muerto».

—Ayúdame, entonces —le dijo Zeller.

—Tú vas tras todos los fugados.

—Y también tras Rowle —le dijo ella—, sospechamos que los ayudó.

«Ayúdame y Rowle será tuyo», pensó.

Se estaba saltando la mitad de las normas de la División de aurores y le daba igual. Quería resultados y los quería ya.

—Lo tengo que pensar —respondió Dennis Creevey—, ahora arriesgo más. Tengo una esposa, un hijo por nacer.

—Hace trece años arriesgabas lo mismo —le espetó Rose Zeller—, pero no te importó, ¿recuerdas? Lo abandonaste todo por perseguir mortífagos.

Había dado en el blanco, y lo supo cuando vio el semblante de Dennis, que se esforzaba por mantenerse impasible.

—¿Qué conseguiré su te ayudo, entonces? —preguntó.

—A Thorfinn Rowle, ¿te parece poco?


Ella estaba sentada frente al espejo, con un vestido verde jade que le quedaba precioso, con escote en forma de corazón y él la miraba desde atrás, observando la caída de si cabello rubio, que le ocultaba parte de su espalda, y resbalaba por sus delgados hombros, mientras ella se pasaba el cepillo uno y otra vez, frunciendo sus labios pequeños.

—Mi madre cree que estoy en el Callejón Diagon —le dijo él, sonriendo con suficiencia, mirándola peinarse, sentada en aquel taburete frente al espejo biselado que y al fino tocador que le había costado a sus padres miles de galeones.

—Hum —dijo ella, apretando los labios, insatisfecha con la imagen que le devolvía el espejo—. ¿Y qué se supone que haces en el callejón Diagon?

—Bueno, se supone que fui a ver a una linda chica de mi edad con un apellido con el que a mi madre no le importaría emparentar en lo más absoluto… —respondió él, con una sonrisa sarcástica—, claro que tampoco le importaría emparentar con el Higgs, pero ahora tu madre no hace otra cosa que hablar de ese tal Albus Potter y la suerte que tienes para conseguir novios… Te apuesto a que le encantaría verte convertida en Justine Potter.

Tracey Higgs no había parado de alabar la suerte de su hija después de que les había presentado a Albus Potter como su novio. Se imaginaba emparentada de los Potter y le importaba bien poco que no tuvieran antecedentes sangre pura (ella misma tenía un padre muggle) al imaginar todos los escaños sociales que la harían ascender. Aquella mujer deseaba ver a los Higgs al mismo nivel que los Malfoy o los Nott, incluso que los Zabini. Sin embargo, sabía que el apellido no perduraría mucho más.

Justine lo perdería al casarse, y para Tracey Higgs lo más importante era conseguirle uno mejor.

—Sólo tengo diecisiete años —espetó Justine.

Niklaus Pucey esbozó una sonrisa sarcástica.

—A tu madre no parece importarle —comentó, como quien habla del tiempo, mencionando que el día está muy soleado.

—Mi madre quiere emparentar con una buena familia y no le importa nada más —soltó Justine, con todo resentido—. A mi padre, sus negocios, siempre sus negocios, que nunca alcanzarán a Malfoy o a Nott, que se pudren en dinero.

Niklaus no dijo nada por un rato y siguió viéndola, como ordenaba y desordenaba su cabello, peinándolo de mil maneras diferentes sin que ninguna la satisficiera. Sus pies estaban descalzos sobre la alfombra gris oxford que le recordaba a cualquiera que la mirara el mal gusto decorativo de Tracey Higgs.

—¿Qué harás cuando Albus se entere? —preguntó de súbito.

Justine dejó de cepillarse el cabello.

—No sé —admitió.

—¿Él lo superará? —preguntó Niklaus, insistiendo en el tema—, ¿te perdonará que le pintaras una cornamenta justo enfrente de sus narices? 

—Es ingenuo para ser un Slytherin —dijo ella—. No dudo que ya otros le han advertido la clase de mujer que está contrayendo. Emmanuel Nott el primero. Pero sigue allí, conmigo. O no lo ve, o no le importa.

—Yo sí sabía la clase de zorra con la que me metía —espetó Niklaus. Ella no se sobresaltó al oír el insulto.

—¿Celoso, acaso? —le preguntó Justine, volviéndose por fin, ignorando al espejo, devolviéndole la mirada al chico de barbilla puntiaguda y cabello un poco largo ondulado, que le caía sobre la frente—. ¿Celoso porque últimamente lo veo más que a ti? Puedo contarte los detalles de la fiesta de Louis Weasley, si quieres. Contarte como sus manos se deslizaron por mi espalda, como sus labios probaron los míos…

—Déjalo —la cortó él.

—Estás celoso —confirmó ella, con una sonrisa de medio lado, que rebelaba un hoyuelo que hacía ver a Justine de un modo angelical. Con aquella expresión nadie sospecharía la clase de demonio que se escondía bajo su piel—. Pero no olvides nunca… —empezó a hablar, poniéndose en pie, caminando hasta la cama con sus pies descalzos—, que tú lo sabes todo.

«Conoces cada detalle de mí, conoces cada historia, cada momento, cada secreto», pensó Justine, mirándolo directamente.

—¿Estoy guapa para una cena de navidad? —le preguntó, cambiando de tema, aludiendo a la cena que se celebraría en casa de los Higgs, con la compañía de los Pucey.

—Mucho —le respondió él antes de rodearle la diminuta cintura con los brazos y atraerla hacía él.


Había accedido a recibirlo, aunque aun no tenía sabía como había sucedido aquello. Cuando mandó el mensaje, directo a la oficina de la primera ministra muggle, estaba seguro de que aquella mujer no accedería a recibirlo el día de nochebuena. Sin embargo allí, estaba, en aquel despacho cargado de adornos donde trabajaba la mujer más poderosa de Reino Unido.

—Gracias por recibirme en nochebuena —empezó Percy Weasley, acomonandose la montura de los lentes.

—Déjese de agradecimientos y dígame el motivo de su visita, porque me parece haberle dicho a Shacklebolt que no esperaba volver a verlo —le pidió la ministra, sentada detrás de su escritorio. Percy se acercó hasta allí torpemente.

—Kingsley Shacklebolt ha muerto —soltó Percy, sin ninguna ceremonia.

La ministra enarcó una ceja y nada más.

—Cuánto lo siento —dijo. No parecía sentirlo en lo más absoluto.

—Soy el nuevo ministro —anunció Percy.

La ministra enarcó su ceja derecha aun más y lo miró de arriba abajo. No parecía encontrarlo un ministro muy adecuado, pero no dijo nada. Ni para alabarlo, ni para descalificarlo.

—Y dígame, señor…

—Weasley —se apresuró a decir Percy.

—Señor Weasley —corrigió la ministra—, ¿cómo ha muerto el ministro? —preguntó.

A Percy la pregunta lo tomó por sorpresa aquella pregunta, pero la respondió de todas maneras.

—Lo asesinaron.

La ministra no hizo ningún gesto.

—¿Saben quién lo asesinó?

—N… No —dijo Percy, intimidado por la mirada penetrante de aquella mujer.

—Entonces, dígame, señor Weasley —empezó la ministra—, ¿qué hace usted aquí dándome noticias que no me incumben, ni imcumben al resto del Reino Unido, en vez de preocuparse por descubrir a los asesinos?

Percy Weasley no supo que responder.

—Hágame un favor, señor Weasley —dijo lo ministra—, no venga a verme a menos de que ocurra una verdadera tragedia que los magos no puedan ocultar. Buenas tardes —espetó—, si no le importa, me gusaría celebrar Navidad.

Percy suspiró, comprendiendo que todo aquello estaba siendo un rotundo fracaso. Se puso en pie después de estrecharle la mano a la ministra y se dirigió a su despacho por medio de la chimenea. Se encontró con que Marietta Stebbins ya se había marchado y que el Ministerio amenazaba con quedarse vacío, pues todos se dirigían a sus casas, dispuestos a celebrar navidad como era debido.

El se dirigió hacia su casa, ubicada a las afueras de Cambridge, donde su esposa Audrey lo esperaba aun con la bata blanca que tenía un «Dra. Weasley» bordado en el pecho. Estaba leyendo El Profeta de la tarde ociosamente, enterándose de las noticias de un mundo al que no pertenecía.

Percy se acercó por detrás y se quedó congelado al ver el titular de la noticia que leía Audrey.

«Hermione Weasley, miembro del Winzengamot, anuncia su candidatura para convertirse en la próxima ministra de magia», y abajo, con letras más pequeñas: «Se rumora que cuenta con mucho más apoyo que el actual ministro, Percival Weasley». Y una foto, una foto donde salía Hermione al lado de su hermano Ron, los dos sonrientes.

Percy pensó que no sería ministro mucho tiempo. 


¡Holo!

Que sí, que maté a Minnie. Sí, sí, sí… Maté a Minerva McGonagall, ex directora de Hogwarts, uno de mis personajes favoritos ever de toda la saga. La maté a las seis treinra y seis de la madrugada del 24 de diciembre. Pésimo día para morir. Un minuto de silencio por la pobre McGonagall, que murió en San Mungo, a una edad muy avanzada, luego de entrar en coma porque alguien —aún no sabemos quien, pero son bienvenidas todas las teorías—. La atacó. ¡Ah, y Telemachus no es su único sobrino!, también existe una tal Hélene (nombre griego también, como Helena de Troya, que casualmente aparece en la misma historia que Telemáco, hijo de Ulises —a veces también llamado, Odiseo—: La Odisea).

Por otro lado, parece que Zeller y Creevey formarán una alianza cargada de tensión sexual (coffff) y desacuerdos sobre todo. Pero bueno, es una alianza que se dedicará a buscar mortífagos, mortífagos fugados. ¿Funcionará? ¿No funcionará? ¿Atraparán mortífagos?

Justine y Niklaus, sí, ya sé que no son dos persnajes muy importantes y que probablemente a nadie le caen bien. A mí me gustan, digo, son mis propias creaciones, amo hasta a mis propias creaciones, ni modo que las desprecie. La madre de Justine, Tracey Davis, se esmera en casar a la niña con un buen apellido, que siempre viene acompañado de buenos negocios… (¿Oportunismo?, ¿dónde?). En fin, ya veremos que sucede con esos dos, no muy buenas personas, ninguno de los dos. ¿Albus descubrirá la cornamenta que le pintaron?

Por otro lado, el hombre más aburrido del mundo, a.k.a Percy Weasley va a ver a la primera ministra muggle, a la cual me imagino con el aspecto de la Juez DeSalvo, esa que sale en la película La decisión más difícil, sobre todo por el aspecto severo que tiene. La primera ministra no es muy amable… pero eso ya todos lo sabían.

La canción es de Alice Nine, grupo de J-rock, y se llama the arc. Habla un poco de todo, pero se refiere a Rose y a Dennis (tensión, tensión sexual), que recién se van volviendo a conocer… Una le guarde rencor al otro y ¿qué pasará por la mente de Dennis? Y sí, puse kanjis, espero que se vean bien. (http : / / www. youtube. com/ watch ?v= hgZ3-plfedA Sin espacios)

Y no olviden que…

Nuestra es la furia.

Nea Poulain

a 28 de marzo de 2013

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