Vendetta

Houston, tenemos un poema

“Houston, tengo miedo, quiero bajarme de aquí. Si todos están locos, voy a largarme de aquí.” Love of Lesbian



Categoria: Libros > Harry Potter > Vendetta

Genero: Suspenso


autor: NeaPoulain

Slytherin llena de finales agridulces y de historias que contar. Me gusta Theodore Nott y Blaise Zabini. Fan de Johanna Mason. Kirtash es mío.

"Ave maría purísima, me acuso de ser yo por todas partes..." 

Escribo, luego existo

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Vendetta: Houston, tenemos un poema

autor: NeaPoulain

“Houston, tengo miedo, quiero bajarme de aquí. Si todos están locos, voy a largarme de aquí.” Love of Lesbian


Blaise Zabini estaba en casa aquel sábado cuando vio aparecer a Theodore Nott en su casa. No lo había visitado desde el funeral de Pansy. Sin embargo, era lógico que fuera, después de lo que había ocurrido… Después de que Antonin y de que Jezabel hubieran aparecido vivos allí mismo, sangrentes, pero vivos. Habían pasado la noche en San Mungo y les darían el alta hacia el mediodía.

—Vaya, Blaise —dijo Nott—. Te ves mejor.

No le dijo nada más, no acostumbraba halagarlo.

—Un poco —accedió Zabini, demasiado orgulloso para admitir por dentro que estaba devastado y que no podía creer que hubieran matado a Pansy por su culpa. Pero había visto el dedo meñique de Liliane, ese que ella se empeñaba en ocultar, y había visto su propio brazo y sabía que esas eran sólo las primeras marcas de lo que iba a pasar.

—¿Pansy? —preguntó Theodore, pero Blaise no le respondió. Theodore Nott, habitualmente discreto, decidió no presionarlo—. La verdad es que no estoy aquí solo para admirar tu desgracia, Blaise, quiero hablar con tu hija.

Cruel y despiadado, como siempre había sido, directo. Blaise no dijo nada en absoluto y se quedó callado un momento, hasta que atinó a responder.

—Está en San Mundo, con Antonin —le respondió—. Quedé de relevarla a las ocho.

—Blaise, son las ocho y cuarto —le espetó Theodore—, tu sentido de la puntualidad está atrofiado y eres un desastre —siguió—. Nunca creí, desde que te conocí a los once años, que te devastarás por cualquier cosa.

—Pansy no era cualquier cosa… —espetó Zabini de vuelta.

—Ya lo creo, pero sé que también has recibido un pergamino atascado de magia ancestral y que sigues allí sentado, esperando a que pase lo que tenga que pasar… —le espetó—. ¡Magia ancestral, Zabini! ¡Si te mata a ti, también matará a tus hijos! —«Y de nada habrá servido que Antonin se haya salvado de la muerte que parecía segura…».

Blaise Zabini respiro hondo.

—Iré a San Mundo a avisarle a Liliane que estás aquí —dijo, sin mirarlo—. Y a relevarla, quiero estar allí cuando le den el alta a Antonin.

Theodore Nott alzó una ceja y no dijo nada, sólo lo vio marcharse y se quedó allí, esperando, vigilando la chimenea hasta que apareciera Liliane Zabini, aquella chica que, quizá, si hubiera nacido dos años después, Daphne hubiera considerado para convertirla en la futura señora Nott. Callada, discreta. Tan parecida a Blaise y a su abuela materna, que había matado a siete maridos sin que nadie hubiera podido probarle nada. No había heredado nada de su madre, aquella que, según lo que había dicho Emmanuel, estaba empeñada en vengar.

Apareció finalmente y salió de la chimenea. Llevaba un abrigo largo negro bajo el cual seguramente sólo habría más ropa negra, por el luto que le guaradaba a su madre.

—Señor Nott —saludó ella, sin decir ni una palabra más.

—Señorita Zabini… —dijo él—, la verdad es que me interesa hablar con usted.

—Mi padre me lo ha dicho —replicó ella fríamente y lo invitó a pasar al salón y a sentarse. La cortesía primero, por supuesto—. ¿Sobre qué quiere hablar, señor Nott? —le preguntó ella cuando estuvieron los dos en el salón, y ella se hubo quitado el abrigo, dejando ver un vestido negra con manga larga y falda hasta la rodilla. Llevaba las uñas pintadas de negro pero Nott no pudo dejar de notar su dedo meñique, que parecía el de una persona muerta.

—Su dedo meñique, señorita Zabini —terció él.

Ella lo volteó a ver y se esforzó en esconder aquel dedo que seguramente olía a putrefacción y a muerte.

—No veo en qué… —empezó ella, pero luego Theodore Nott le enseñó su mano de cuarenta y cuatro años, por la que ya se podían ver algunas arrugas y ella vio una marca igual en el dedo gordo.

—¿Sabe por qué ocurre esto? —le preguntó a Liliane, que miraba su dedo con una mueca de entre desagrado y morbo. Ella negó con la cabeza y él retiró su mano de la vista de Liliane Zabini para llevarla hasta los bolsilos de su abrigo y sacar un pedazo de pergamino. Uno que rezaba «Iremos por ti, Theodore Nott» en letras rojo sangre, y se lo enseñó a Liliane.

—Mi padre recibió uno igual —dijo ella.

—¿Ya sabe qué es, señorita Zabini? —preguntó Theodore Nott y ella asintió.

—Magia ancestral —lo dijo casi con reverencia y con miedo. Magia ancestral. Tanto podía protegerlos, como podía matarlos.

—¿Qué más ha averiguado, señorita? —preguntó Theodore, mirándola a la cara, viendo como sus labios se convertían en una tensa línea.

—Son objetos gemelos —empezó Liliane—, porque sólo así pudieron activarlos. Creo… no, estoy segura de que secuestraron a Antonin y a Jezabel para obtener sangre de nuestra familia. Y lo que sea que haga esto… nos va a matar a todos.

Era lista, tal como le había dicho Blaise un millón de veces.

—¿Intenta romperlo? —preguntó Theodore Nott, con curiosidad.

—Quizá —le respondió Liliane Zabini, que parecía reacia a revelar sus secretos y a compartir sus conjeturas. Quizá si no fuera él, ni siquiera habría abierto la boca—. ¿Qué sabe usted?

—Más o menos lo mismo, Zabini —le respondió—. Pero tengo interés en esto. Y si no actuo rápido, esto nos va a matar a todos.

Liliane comprendió entonces.

—Nos está pudriendo en vida, matando lentamente —dijo, con una mueca de asco. Le tenía miedo a la muerte, como cualquier persona, y haría hasta lo imposible por atrasarla—. Señor Nott, ¿la magia ancestral puede romperse? —preguntó, directa y al grano.

—¿Qué has leído sobre eso? —le preguntó él.

—No he hallado nada —admitió ella—, no en cualquier lugar puedes preguntar por la magia ancestral.

—Entonces, quizá, te interesaría pasarte por mi biblioteca privada —le sugirió Theodore—, esa que el ministerio nunca llegó a examinar después de la guerra. —Se quedó callado un momento—. Tengo mucho interés en esto, Zabini. Atacaron a mi esposa y secuestraron a mi hija… y ahora, van a matarnos lentamente, dejándonos pudrir.

—Mataron a mi madre —le espetó Liliane—, secuestraron a mi hermano —siguió enumerando, con un tono gélido que no la había oído usar hasta ese momento—. Con eso tengo suficiente para intentar detenerlos.

—Entonces, señorita Zabini —dijo Nott—, ¿tenemos una alianza?

Ella alzó una ceja.

—Quizá —replicó—, pero debería saber que yo no trabajo sola.

—Emmanuel me lo dijo —replicó Nott, intentando no hacer una mueca de desagrado, porque no le interesaba que un Potter estuviera metiendo sus narices en todo aquello.

—¿Lo acepta? —preguntó Liliane.

—¿Tengo otra alternativa?

—No —espetó ella, segura de sí misma.

—Entonces, lo acepto.

—Entonces, tenemos una alianza.

Theodore Nott se permitió sonreír. Aquella mañana estaba empezando bien. Mejor de lo que habían empezado sus días la semana pasada, atascados de sueños en los que nunca volvía a ver a Jezabel y su esposa moría.


Se despertó y la recibió la incomodidad de la cama del hospital y de la venda manchada de rojo y café que apretaba su brazo, no demasiado para que pudiera correr la sangre hasta sus dedos. Oyó la voz del sanador que la había examinado la noche anterior y no dijo nada, ni siquiera dio señales de estar despierta. Simplemente quería desaparecer de una vez por todas, porque no había salido del mismo infierno para ver las miradas esquivas de los sanadores y oír sus respuestas nada concluyentes, las falsas promesas de cura…

—Las heridas estaban cerradas ayer por la noche, sin embargo, la magia con la que fueron hechas no es magia normal… —oyó la voz del sanador, calmada y fría, acostumbrada a dar malas y buenas noticias, a ver pacientes desahuciados y algunos curados milagrosamente—. Las heridas están abiertas de nuevo y ya lo hemos intentado todo. Hacemos lo posible por detener la hemorragia, pero si las heridas no cierran perderán demasiada sangre…

—¿Todo lo posible? —preguntó otra voz, que Jezabel reconoció como la del señor Zabini, un hombre intimidante, como su padre, aunque muy diferente a él. El hombre al cual parecía hacerle gracia que «la copia de Daphne Greengrass» —como la había llamado la primera vez que la había visto—, fuera la novia de su hijo Antonin.

—La sanadora Whitman ha propuesto un método poco ortodoxo para tratar sus heridas… —empezó el sanador de nuevo. Jezabel ni siquiera recordaba su apellido—, y no ha recibido mucha aprobación, pero creo que podemos intentarlo. Si no detenemos el flujo de sangre, los jóvenes estarán en grave peligro… —La voz había ido haciéndose más lejana, por lo que Jezabel supuso que se habían acercado a la puerta, y no le sorprendió oír como alguien la abría—. Dígame, señor Zabini, ¿ha oído hablar de los métodos muggles? —y oyó la puerta cerrarse.

Así que era eso. La habían sacado del infierno y ahora se estaba desangrando lentamente. Sin embargo, Antonin… Antonin había perdido mucha más sangre que ella, había tenido esa herida abierta mucho más días. Tuvo ganas de llorar y las contuvo. No había llorado en público desde niña, no quería que sus lágrimas volvieran a traicionarla, a recordarle lo débil que era. Volteó la vista y se encontró con el rostro inerte de Antonin, en la cama de al lado. Los habían puesto en el mismo cuarto cuando Jezabel, entre el miedo y la culpa, se había negado a separarse de él. Porque algo muy dentro de su ser le recordaba que si Antonin se hubiera vuelto una carga, se habría salvado ella. Nunca antes había sentido eso, esa culpa que le inundaba el cuerpo y hacía que le volvieran las ganas de llorar. Antes no se había permitido pensar en eso. Pero ahora, con todas las horas del mundo por delante, lo tenía muy claro: si salvar a Antonin hubiera sido imposible, no se habría sacrificado con él. Y nunca antes un pensamiento de ese tipo le había dejado tal sensación de desolación.

—Antonin —murmuró, con la voz baja, para no despertarlo.

Sabía que estaba peor que ella. Más pálido, más cansado. Casi no hablaba. Además… le habían hecho la cruciatus. Jezabel no podía pensar en eso sin que un frío escalofrío le recorriera la espalda al recordar a Antonin bajo el efecto de la maldición. Y sus gritos… sus gritos. Se había despertado con los gritos de Antonin perforándole los oídos en el sueño y cuando cerraba los ojos aun podía verlo con los ojos huidizos, en el suelo, retorciéndose de dolor mientras aquella bruja le apuntaba con la varita, sonriendo con satisfacción.

«Pensar que estuve a punto de perderte y de perderme», pensó, estirando su brazo derecho, intentando alcanzar a Antonin. Sin embargo, no alcazaba a tocarlo, a rozarlo siquiera. «Antonin…»

Nunca había estado tan unida a él como en ese momento. Los había unido la suciedad de ese catre, el pequeño espacio que habían compartido durante casi una semana. Los había unido de un modo que Jezabel no entendía, pero sabía que muy por debajo del milagro, de la suerte y de la tan añorada libertad que estaban viviendo en ese momento, había momentos en los que aun parecía que estaban los dos solos en aquella habitación mugrienta, con apenas una rendija. Muy al fondo, seguían metidos en la pesadilla sin fin.

—Jez… —Antonin había despertado. Aún tenía los ojos más cerrados que abiertos, la voz era apenas audible, muy débil. Se veía pálido y demacrado. Había perdido demasiada sangre y Jezabel, por primera vez en toda esa relación, tenía demasiado miedo de perderlo, de verse sin él, y no sabía cómo afrontar ese miedo, ni como volver a afrontar la vida luego del cautiverio—. Jezabel.

Ella sonrió o intentó sonreír, porque en algún punto sus labios se trabaron y la sensación de tristeza volvió.

—Te pondrás bien —mintió. Y Antonin probablemente sabía que mentía y no le importaba demasiado.

En el fondo, algo nunca volvería a estar bien.


La cucharilla plateada nunca tenía demasiada gente y por eso a Hermione le gustaba ir a comer allí. Esperaba poder marcharse a casa después de comer, pero sabía que tenía demasiado que hacer, el Winzengamot estaba buscando un sucesor para Shacklebolt a pasos agigantados cuando aquella mañana había aparecido el rostro de Percy Weasley en la primera plana de El Profeta: «A dos días de la muerte de Shacklebolt, Percy Weasley, ministro interino, anuncia su candidatura oficial».

Cuando levantó la vista vio a Harry aparecer entre las mesas del restaurante. Iba despeinado con la túnica de auror. Parecía apresurado a con razón. Últimamente no tenía tiempo ni de respirar.

—No entiendo por qué insistes en venir aquí —le dijo Harry en cuanto se hubo sentado—. Es horrible.

—A mí me gusta —recalcó Hermione.

—Desde que teníamos veinte y Ron me contaba cómo era una tortura encontrar algo comestible en la carta, sí… —Harry husmeo la carta de La Cucharilla Plateada hasta que encontró el estofado que siempre pedía. Hermione lo fulminó con la mirada durante un segundo, pero en el fondo sabía que su amigo no cambiaría—. ¿Y dime, Hermione, por qué la insistencia de que viniera a comer?

—No parece que te estés alimentando bien… —le dijo ella.

—Eso sólo se lo creo a Molly —le dijo Harry. Aunque para la anciana señora Weasley él nunca estaría bien alimentado. Después de treinta años de conocerla, empezaba a comprenderlo.

—Tengo algo que decirte —le dijo Hermione—, algo que ni siquiera Ron sabe. Es demasiado importante… —se encogió de hombros, como diciendo que el tema podía esperar un poco más—. ¿Qué tal el trabajo? —le preguntó a Harry.

—¿Y cómo crees? —le respondió él de vuelta con una pregunta—. Lo de Kingsley nos ha afectado a todos… y luedo Azkaban. Nadie entiende como lograron romper las barreras de Richards. Por la mañana fue el entierro de Ayn Schumman, una de las guardas… No queda ni uno vivo.

—No se veía algo de esta magnitud desde la guerra… —empezó Hermione.

—Pero pudieron hacerlo. —Parecía que Harry se recriminaba a sí mismo—. Estábamos demasiado confiados, creímos que no pasaría nada. Quizá no nos preocupamos lo suficiente. En veinte años, la división de aurores no había tenido tanto trabajo, Hermione. ¿Oíste lo de Cho?, salió publicado ayer en El Profeta, en las hojas interiores.

—La mataron.

—Con la misma bomba que lanzaron en King Cross hace una semana —especificó Harry—. Pero esta vez fue más potente. La mató a ella y al prometido de su hija Sayuri, que sigue arrestada….

—Volvieron a posponer su audiencia —le dijo Hermione—, la de Sayuri. Todo es demasiado caótico… —se quedó con la vista fija unas mesas más allá—. Oye, ¿esa no es Lavender McLaggen?

Un mesero que fue demasiado amable con Hermione les tomó la orden y se marchó después, para dejarlos seguir con su plática llena de muertos y desgracias, el día al día de los aurores. Harry medio sonrió.

—Sí, todo es demasiado caótico —le respondió Harry, intentando volver al tema anterior, porque no le apetecía discutir la manera en la que Lavender se había dedicado a retratar cada aspecto de su vida amorosa que había conseguido durante años en la revista de dudosa reputación llamada Corazón de bruja—. Ted se está encargando del caso de la profesora McGonagall. —Tantos años y aún le llamaba profesora, con un tinte de reverencia en la voz. Aquella mujer se había ganado su aprecio a pulso—. Demasiada magia negra involucrada, me temo. Zeller le ayuda en lo que puede…, claro.

Hermione sonrió.

—Siempre me pregunté cuando a Ted le tocaría lo más duro de la División —comentó—, porque parecías tenerlo bastante protegido al principio…

—Al principio no quería que fuera auror —recordó Harry—, me negué un tiempo, pero acabe por aceptarlo. A Andrómeda le costó más. Siempre le había parecido que Tonks arriesgaba demasiado la vida innecesariamente, y no quería perder a otro familiar más por eso… —Harry se quedó callado un momento, apenas unos segundos—. Pero no estamos aquí para rememoras viejas elecciones, estamos aquí porque tienes algo que contarme y me tienes en vilo.

—Harry… —empezó Hermione, dudando como decirlo, con qué palabras exactamente—, Susan quiere que anuncie mi candidatura para convertirme en ministra. Y no sólo ella.


—¡Lupin! —llamó Rose Zeller en cuanto el inefable se hubo ido, luego de decirle que no podía informarle nada nuevo sobre la bomba que había matado a Cho Ihara. Rose había acabado perdiendo los estribos y le había gritado que cómo esperaba que pudieran avanzar en las investigaciones si no le decían nada. Pero el inefable le había dirigido esa mirada de pena y compasión que parecía ser la mirada habitual de todos y se había marchado sin decir palabra alguna.

La familia Sumeragi insistía en que tenían que enterrar un cadáver y Rose no podía darles algo que no fuera esa mezcla negra dura y parecida a un chicle que quedaba después de que la bomba estallaba. Masao Ihara no quería hablar con ella, el muggle desconfiaba de la magia más que nunca en ese momento, con una hija en prisión y una esposa muerta y licuada, de la que nada había quedado para poder enterrar.

—¿Rose? —preguntó Ted, que por fin se molestaba en aparecer, el muy distraído—. ¿Me llamaste?

«No por supuesto que no», pensó Rose, pero no dijo nada, porque quizá era el exceso de trabajo lo que la ponía de ese humor, y lo poco que habpia avanzado con todo. Quizá era el exceso de ataques, de muertes, las fugas… Quizá era todo junto y que últimamente Ashley le recriminaba el poco tiempo que pasaba en casa y el mucho que pasaba trabajando, sin entender que Rose no podía dejar de trabajar de un día para otro, menos con todo lo que había estado pasando.

—Tenemos que encontrar a uno de los fugados —murmuró Rose—. Necesitamos información a toda costa.

Ted Lupin se le quedó mirando, como preguntándose qué le estaba queriendo decir o que pintaba él ahí, un auror de apenas veintiséis años, con poca experiencia, menos aún en ese campo.

—Sinceramente, Lupin, ¿crees que es buena idea traer a gente externa? —le preguntó. Le importaba su opinión, aunque no sabía por qué. Quizá porque el auror había demostrado tener un mínimo de sentido común.

—¿Cazarecompensas? —le preguntó Ted, que había oído hablar de algunos, que se habían hecho ricos después de la segunda guerra, arriesgando la vida para capturar mortífagos y luego exigir una recompensa para entregarlos.

—Dennis Creevey, para ser más exactos —especificó Zeller.

Había llegado la hora de arriesgarlo todo con tal de conseguir resultados.


¡Hola!

Bueno, pues habemus nuevo capítulo, y no habemus muertos lo cual es extraño en esta historia, pero vamos: un respiro para los personajes tampoco está tan mal. Pobres, van a acabar locos y paranoicos.

Primero tenemos a un Theodore Nott  que establece una alianza con Liliane Zabini y le dice sus verdades a Blaise, viejo amigo de la adolescencia. ¿Nott que tanto sabe de la magia ancestral? ¿Qué tanto le puede ayudar a Liliane? ¿Acepta su alianza con James Potter —que se da a entender que conocer gracias a Emmanuel—? ¿Cómo acabará esto?

Luego Jezabel y Antonin, que iban a ser dados de alta, pero al parecer sus heridas no responden al tratamiento. Jezabel se sincera consigo misma mientras intenta escapar de la pesadilla. ¡Un secuestro no es cualquier cosa y puede dejar secuelas graves! Se siente aún más ligada a Antonin que antes, por el secuestro y esas cosas… Por otro lado ¿métodos muggles de medicina? ¿Qué intentarán probar en ellos? ¿Mejorarán? ¿O solo saldrán de su cautiverio para morir en un hospital?

Hermione tiene una plática con Harry y le dice que Susan Corner le ha propuesto la candidatura… ¿Por qué quiere su opinión antes que la de Ron? En fin, ¿Hermione aceptará o no?

Finalmente, Rose Zeller ya no tiene mucho buen humor —de por sí no lo tenía— y está dispuesta a arriesgarlo todo y a tracionar sus principios anti cazarecompensas para encontrar a cualquier fugado y conseguir cualquier tipo de información. ¿Por qué Dennis Creevey precisamente y no otro?

Por otro lado, tengo una excelente noticia… para mí. ¡En este capítulo he llegado a la página doscientos de Vendetta! Ya escribí un montón y pienso seguir haciéndolo, porque apenas nos acercamos a la mitad de la historia y la cosa ya se está poniendo bastante tensa con tantos asesinatos y tantos ataques y tanto todo. A le mejor Bell tiene razón en llamarme Miss Martin. (A todos aquellos que leen sin comentar… ¡me gustaría saber su opinión!)

La canción que le da título al capítulo se llama Houston, tenemos un poema, y es de Love of Lesbian, uno de mis grupos preferidos por excelencia (¡escúchenlos!), de su disco Maniobras de escapismo. Hace referencia a… ¡bueno, esta vez adivinen ustedes!  —no les hace mal y es muy obvio— (http : / / www. youtube. com/ watch?v = hWW2QIFHv-Y Sin espacios)

Y… La ley es la ley.

Nea Poulain

a 23 de marzo de 2013

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