Vendetta

Texture of my blood

Dos desamparados se abrazan a su desesperación, mientras el héroe rechaza la oferta de su vida, y la madre desconosolada recibe un regalo envenenado. 


Categoria: Libros > Harry Potter > Vendetta

Genero: Suspenso


autor: NeaPoulain

Slytherin llena de finales agridulces y de historias que contar. Me gusta Theodore Nott y Blaise Zabini. Fan de Johanna Mason. Kirtash es mío.

"Ave maría purísima, me acuso de ser yo por todas partes..." 

Escribo, luego existo

@NeaPoulain en twitter

Vendetta: Texture of my blood

autor: NeaPoulain

“Let you taste the texture of my blood, lacking iron, gates to my heart” Dillon


Tocaron su puerta. Últimamente su puerta sonaba a todas horas y los memorándums entraban en todo momento. Desapariciones, fugas, muertos, el desastre estaba a la orden del día. Gritó «¡adelante!» de mal humor y lo que más le sorprendió fue ver allí a tres miembros del Winzengamot, con las túnicas moradas puestas. Le sorprendió más aún ver a Susan Corner, su antigua compañera en Hogwarts allí. Iba a acompañada por otros dos miembros a los que Harry sólo conocía de vista: Roderick Barfleur y Inna Selwyn.

—¿En que los puedo ayudar? —preguntó, aunque dudó mucho que estuvieran allí sólo buscando ayuda. Tres miembros del Winzengamot no aparecían de la nada en su despacho buscando simple ayuda.

—Tenemos malas noticias Harry —dijo Susan.

«¿Mas malas noticias?», pensó Harry, contrariado, «¿qué puede ser más mala noticia que una fuga de Azkaban ayer por la mañana?» Pasaban de las nueve de la noche y él seguía allí… le había prometido a Ginny que llegaría antes de la cena pero por lo visto los últimos días era imposible salir de la División.

—¿Qué malas noticias? —pregunto Harry.

Nada podía ser tan malo como lo de Azkaban.

—El ministro ha muerto —sentenció Roderick.

Corrección: había peores cosas que una fuga masiva de Azkaban.

—¡¿Qué?! —casi gritó Harry.

—Lo han asesinado —especificó Inna—, hay rastros de una Avada Kedavra en su casa, a donde parece que fue después de la reunión con la primera ministramuggle.

Demasiada información.

—¿Hay más pistas? —preguntó Harry, temiendo oír la respuesta que estaba esperando.

—Ninguna, no hay más rastro de magia negra, sólo hechizos básicos de defensa… —le dijo Susan—. Mandamos a los Inefables, Harry. La noticia aun no corre. En este momento sólo la conoce en Winzengamot en pleno, Hermione entre ellos, los dos Inefables que están investigando y tú. El Profeta no la conocerá hasta la madrugada. No queremos que se filtre.

Los entendía. La muerte de un ministro era algo con lo que no contaban. Harry suspiró, aquello eran pésimas noticias.

—Percy Weasley, la mano derecha de Shacklebolt, rendirá protesta como ministro interino mañana temprano —comentó Inna. De todos los posibles, Percy tenía que ser—. Debe convocar elecciones urgentes, para enero…

—… y todos sabemos que él no retendrá el cargo, no tiene la fuerza suficiente —completó Roderick. Aquello era obvio.

—¿Quiénes son los posibles candidatos? —preguntó Harry.

Entonces, Susan Corner tomó asiento (hasta el momento había estado parada) y puso las manos sobre el escritorio de Harry.

—Queremos que seas tú, Harry —le soltó.

—¿Yo? —Ni siquiera fingía la sorpresa. Aunque sabía que era posible, y que era un candidato ideal, se mostró sorprendido.

—Eres nuestro mejor candidato, Harry, héroe del mundo mágico, el chico-que-vivió —le dijo Susan, sonriendo compasivamente con su rostro redondo—; levantarás la moral de la gente, podrás hacerlo.

No, no, no. Él no quería la silla del ministro. Nunca la había deseado.

—Susan… —empezó, y pudo ver en la expresión de la mujer que su rostro era ya desalentador—, no quiero el cargo.

—Siempre tan modesto —le espetó la chica.

«Siempre tan modesto», se repitió él, para sí.

—Creo que estoy bien en donde sé que funciono, Susan —le dijo, intentando no rechazar de lleno la oferta que le estaban haciendo, quizá la mejor que le harían nunca—. No aspiro a más. Y, seamos sinceros, ser ministro me proporcionaría una vida menos tranquila que la de Jefe de la División de aurores.

No, no quería más. No quería ser el suceso de Shacklebolt, por más que se lo pidieran. Sabía que no era lo suyo. Yo suyo estaba con los aurores y no con aburridas reuniones en el Winzengamot, que Hermione parecía soportar bastante bien… al contrario de él.

—Lamento que pienses así, Harry —soltó Susan, finalmente, con la mirada apenada—. Si cambias de opinión… ya sabes dónde estaremos. —Se puso en pie y, junto a sus dos acompañantes, se dio la vuelta para irse; antes de llegar a la puerta, se dio la vuelta y añadió—: Sólo procura hacerlo no demasiado tarde. 

«No cambiaré de opinión, Susan».

—Hasta luego —se despidió.

Los otros tres respondieron cordialmente con la cabeza.

Harry Potter acababa de rechazar la oferta de su vida y ni siquiera lo lamentaba. No quería el poder.


Sorata fue a cenar aquel día. Llegó sin avisar, como un visitante inesperado y lo único que Cho pudo pensar fue: «Sayuri se habría alegrado de verlo». Pero Sayuri no estaba allí, sino detenida y Cho no acababa de comprender por qué había hecho lo que había hecho. Creía que Sorata les daría la espalda y se alejaría después de lo de Sayuri… Pero no, allí estaba, y aun preguntaba con ella con interés y ni siquiera le había mencionado a la señora Ihara sobre romper el compromiso.

Había intentado ver a Sayuri después de que la habían encontrado, pero la chica se había negado a hablar con él. Sorata, con paciencia, había accedido a esperar por la chica que amaba, a la que le había dado un anillo, con la que presuntamente se iba a casar.

—¿Te gustó la cena? —le preguntó Cho, amablemente al chico de veintidós años que besaba a Sayuri cuando ella no los veía o fingía no verlos. Aquella semana le habían vuelto a dar el turno de la mañana en San Mungo; estaba física y psicológicamente agotaba para encargarse de los enfermos por la noche. 

—Sí, muchas gracias, señora Ihara.

Siempre correcto, siempre respetuoso. También Ravenclaw, como su niña, de padres muggles que habían emigrado de Japón tiempo atrás. El chico aun hablaba japonés sin acento y con evidente soltura. Le había parecido encantador la primera vez que Sayuri lo había llevado a la casa.

Cho lo adoraba y, aunque no había estado de acuerdo en que su niña se casara tan joven…

Todo aquello quedaba tan atrás, tan atrás, que parecía que ni siquiera había pasado una semana y media desde que Sayuri había desaparecido… Ni siquiera una completa desde que Sayuri estaba presa… Todo estaba demasiado rápido. A Cho le había dado la noticia Savage, a altas horas de la madrugada y ella había despertado a Masao y el padre de Sayuri había asegurado que todas las acusaciones contra su hija eran un error…

El día siguiente, que Sorata se había pasado a preguntar por su prometida, Cho había llorado mientras él joven la oía. Ni siquiera había cuestionado la inocencia de Sayuri.

—Me alegra. —Cho sonrió apenas. «Ojalá Sayuri estuviera a tu lado, ojalá esto no hubiera pasado nunca».

Se levantó y cogió el plato de Sorata para llevarlo a la cocina y ponerlos a lavar sólo agitando la varita. La cocina era un desastre y pensó que debería limpiarla mientras dejaba los platos en la tarja… Cuando se dio la vuelta se sorprendió de ver un paquete envuelto en papel estraza. Confundida, se acercó, porque no recordaba haber oído a alguna lechuza entrar por la ventana de la cocina, que estaba siempre abierta.

Tenía una tarjeta. Preguntándose que sería, la mujer la abrió.

«Sayuri debería haber matado a Hermione Weasley», rezaba.

Un instante después, todo explotó. En un radio de veinte metros a la redonda, no había nada.


La volvió a despertar el portazo que perforaba sus oídos. Antonin también se movió, soltando un ligero quejido al sentir la herida de su brazo. ¿Por qué cicatrizaba tan lento? Si seguía así Antonin moriría… Sin embargo, esta vez no vio caer la bandeja de comida al lado del catre mugriento, ni oyó el segundo portazo, que indicaba que habían vuelto a dejarlos solos y encerrados, sin ninguna clase de esperanza. No. Esta vez fue diferente.

—Morrigan quiere verlos —tronó una voz y una mano fuerte cogió uno de los brazos de Jezabel, y la incorporó a la fuerza. La chica apenas alcanzó a ver que hacían lo mismo con Antonin, que despertó cuando el otro hombre le jaló el brazo herido, soltando un quejido de dolor.

Volvieron a aquel laberinto de puestas y pasillos, sin una sola ventana, y Jezabel estaba casi segura de que sabía por qué lo hacían. Su falda había dejado de tener manchas nuevas el día anterior… ¿y no había sido exactamente por eso por lo que no le habían sacado sangre al mismo tiempo que a Antonin? Intentó no pensar en nada, porque allí, después de tantos días, ya nada importaba salvo su propia vida. Pero, ¿quién iba a cuidar de Antonin si a ella le hacían lo mismo? ¿Quién? Aquello era lo único por lo que mantenía la cordura y por lo que no se arrojaba a la desesperación absoluta.

Finalmente llegaron a la misma habitación de la vez pasada. Esta vez sólo estaba Morrigan. El otro hombre, que no se había quitado la capucha en ningún momento, que tenía las manos cubiertas de arrugas, estaba ausente. La mujer sonrió y ladeo la cabeza.

—¿Ya has dejado de sangrar, Jezabel? —preguntó Morrigan, aunque ya sabía la respuesta—. Dime… —empezó, hablando con fingida dulzura—, ¿me regalarás de tu sangre o te negarás como Antonin?

«Acepta, di que sí», le dijo una voz en su interior, la voz que pugnaba por no sufrir más. Pero otra la interrumpió: «¿Quién cuidará de Antonin si te dejan como él? ¿Quién?» Fue un impulso, pero Jezabel, esforzándose por no romper en llanto y perder su dignidad, respondió:

—¿Quién cuidará de Antonin si…? —y su voz sonó débil.

—¿Preocupada por tu amado, niña? —Sintió el sarcasmo y la crueldad en la voz de Morrigan. Sintió como la atravesaban y la perforaban por dentro. Y entonces, mientras aquel mago la sostenía fuertemente vio como Morrigan le apuntaba a Antonin y antes de que pudiera hacer nada, o de que el chico se moviera le lanzaba un crucio.

Feroz.

Certero.

Jezabel cerró los ojos.

Los gritos de Antonin le perforaron los oídos.

No quería verlo, no quería verlo así, no quería verlo sufrir. No quería sufrir ella, mas ya no tenía esperanzas. Ninguna.

—Déjalo —jadeó, antes de abrir los ojos y encontrarse con la imagen de Antonin en el suelo, aun respirando entrecortadamente mientras le salía sangre por la nariz. ¿Cuánta sangre había perdido? Estaba inconsciente.

¿Cuánto más duraría sin morir? ¿Sin caer en coma?

—Entonces, ¿tenemos un trato, Jezabel? —Morrigan volvió a acercarse a ella y su cara, contorsionada en una mueca cruel que quizá pretendía ser una sonrisa maniaca, sádica—. No creo que quieras volver a oír a Antonin gritar… no creo que lo quieras ver morir…

«Vamos a morir», pensó, desesperada. «Vamos a morir. Él y yo. Y no volveremos a ver la luz del sol, y no volveré a ver a Emmanuel nunca más, porque voy a morir y Antonin va a morir conmigo. No volveré a sentir la brisa sobre mi cara. Nunca haré los TIMOS, no volveré a Hogwarts. No volveré a yacer entre las sabanas de Antonin… No vamos a salir de aquí. Vamos a morir. A morir».

Lentamente, extendió su brazo izquierdo en dirección a la bruja.

Si Morrigan quería, tenían un trato.

—Eres lista.

No. Sólo se estaba aferrando a la vida con la desesperación de un desahuciado.

—Acércala a la mesa —le dijo Morrigan al hombre que la sostenía. La acercaróna a la mesa y vio la daga y el pergamino que tenía un mensaje que no pudo leer porque estaba de cabeza. Sintió como le rasgaban la manga del sueter sin consideración alguna y vio su antebrazo desnudo y a la daga aproximándose.

Cerro los ojos, pero aun sintió el beso con hedor a muerte de la fría hoja. Quemaba como quema el hielo. Sintió a la daga penetrar en su carne y a la sangre, caliente, correr antebrazo abajo hasta llegar a su mano. Tuvo la conciencia de que la jalaban y de que su sangre goteaba en alguna parte. Sin embargo, no abrió los ojos. Solo dejo que las lágrimas, traidoras, le resbalaran por las mejillas y llegaran hasta sus labios, su barbilla.

Le dejaron un regusto amargo en la boca.

—El último ingrediente… Sangre de su sangre. ¡El fin de los Nott!

«Moriré», pensó. «Y Antonin también». El cuerpo del chico yacía inerte en el suelo.

Y oyó a la puerta abrirse y a una figura entrar precipitadamente, pareciera que había estado escuchando tras la puerta. Se quedó parado en la puerta, con una mueca indescifrable.

—¡¿Qué haces, Morrigan?! —exclamó con la voz ronca y curtida—.  

—Vaya. Abdiel Nott. ¿No se nota que hago? —la voz de Morrigan sonó en toda la habitación, cantarina y cruel.

«Nott». Jezabel abrió los ojos y volteó. Un hombre mayor, con el cabello cano y la piel reseca, pegada al hueso, estaba parado en la entrada y le apuntaba con una varita a Morrigan. Nott.

—Esa chica es sangre de mi sangre, Morrigan —espetó el hombre.

—¡Tú propio linaje te traicionó! —le recordó Morrigan con una un grito. Aun sosteniendo el brazo de Jezabel.

Había oído hablar de Abdiel Nott a sus padres, siempre en susurros, siempre como si fuera un terrible secreto. Mortífago. Encarcelado en Azkaban que cumplía cadena perpetua por sus crímenes contra la magia, los múltiples asesinatos que había comedio y todos los magos y muggles a los que había llegado a torturar. Era su abuelo.

—¡Ella no es Theodore!

—Veo que sabes que ha sido de tu hijo en los últimos veintiséis años, después de librarse de Azkaban… —comentó Morrigan—. ¿Qué más has averiguado? ¿Sobre Emmanuel, el primogénito que no heredará tu apellido, porque morirá? ¿Sobre Daphne, tu nuera a la que dejamos en coma? ¿Crees que te recibirán con los brazos abiertos, que te permitirán esconderte? ¿Acaso no has aprendido nada?

—Morrigan, te lo advierto. Suéltala. —Señaló a la mesa donde goteaba la sangre de Jezabel—. ¡Eso no solo los matara a ellos, también me matara a mí! ¿Es eso lo que pretendes?

—Creí que conocías la jerarquía, Abdiel. Creí que sabías que yo mandaba…

No llegó a terminar la frase. Abdiel Nott, en un impulso, la atacó antes. Era un duelista soberbió y dejó fuera de combate a los otros dos en menos de veinte segundos, para poder enfrentarse a Morrigan.

—¡No vas a ganarme! —le gritó Morrigan, soltando a Jezabel, que se arrastró como pudo hasta la pared, rogando que ninguno de los hechizos que se lanzaban la alcanzaran a ella.

Abdiel Nott no contestó. Lanzó un rayo verde que nunca alcanzo su objetivo. Jezabel llegó junto a Antonin y lo cogió de una mano. El chico no reaccionó. «Te quiero», pensó. Aquellos días junto a él, aquellos momentos de desesperación…

El duelo seguía a pocos metros de ella.

«Es mi abuelo», se dijo, «mi abuelo…»

Cerró los ojos cuando vio que Morrigan lanzaba un crucio. No quería ver el resultado si llegaba a producirse. Cerró los ojos intentando imaginarse el paraíso, mientras ignoraba el ardor de su brazo herido y los hechizos que se lanzaban a pocos centímetros de ella.

Quería desaparecer.

Desaparecer…

Para siempre.

Incluso lo peor que le había pasado en Hogwarts podía convertise en un paraíso en comparación con el catre que había compartido, pegada al cuerpo cada vez más débil de Antonin. A Morrigan y su manera de sonreír mientras veía a Antonin retorcerse en el suelo… Todo, todo era mejor que eso.

Oyó un ruido sordó y abrió los ojos a tiempo para ver a Morrigan caer desvanecida.

Abdiel Nott se acercó hasta ella.  

—No tenemos mucho tiempo, chica… —le dijo y la jaló del brazo para obligarla a incorporarse. Su tacto era rasposo y rudo. Aun así, Jezabel agradeció internamente la ayuda

Ella volteó hacia Antonin, comprendiendo que tenían una oportunidad. Una pequeña y mísera oportunidad de regresar con vida del infierno.

—Antonin… —murmuró.

Abdiel miró al chico, indeciso.

—Será una carga… —titubeó. No quería llevarlo consigo y se notaba.

—No lo dejaré —balbució Jezabel.

El hombre resopló.

—Si nos retrasa, será tu culpa —le esperó a Jezabel.

Abdiel lo zarandeó hasta que despertó y lo obligó a incorporarse como pudo, casi arrastrándolo.

—¡Vamos! —urgió a los dos chicos, sacándolos del cuarto y volviendo al entramado de pasillos, sin detenerse, obligándolos a caminar hasta el límite de sus fuerzas—. Tenemos que llegar al límite de la barrera anti-desaparición —dijo, pero a Jezabel no le importó mucho. Sólo quería salir de allí.

No se encontraron a mucha gente. Abdiel los aturdía antes de que pudieran reaccionar, sin embargo, Jezabel estaba segura de que usaba magia negra y oscura. Era muy hábil y muy rápido para reaccionar, incluso para alguien de su edad.

Finalmente, mientras ascendían por unas escaleras (Antonin a trompicones, Jezabel con unas energías que no sentía desde hacía muchos días…), vio el rayo de sol colarse por una trampilla semi abierta. Abdiel empujo la trampilla y pudieron ver el sol.

Acababa de amanecer.

Jezabel sintió el viento en su rostro, cerró los ojos y aspiro.

Apestaba a libertad.

Y era hermoso.

—¿A dónde vam…? —preguntó Abdiel mientras los cogía a ambos del brazo, sin consideración. Antonin, con la voz débil, respondió.

—Lancashire. Allí está la mansión Zabini. A Lancashire.

Se desaparecieron. Jezabel sintió ganas de vomitar, pero no lo hizo. Cuando aterrizaron a unos metros de la mansión Zabini, Antonin se dejó caer de rodillas. No podía más. El vómito inundó el pasto.

Abdiel Nott ayudó a Jezabel a mantenerse en pie.

—Morrigan dijo que la sangre de tu sangre te traicionó… —empezó, dubitativa.

—Si Theodore no me hubiera traicionado, estaría pudriéndose en Azkaban —le respondió Abdiel, con la voz seca. Miró hacia la mansión Zabini, cuyas barreras no podía atravesar y añadió—: Apresúrense a entrar. Dentro de las protecciones de la mansión no pueden hacerles nada. —Su rostro seguía siendo indescifrable.

Acto seguido se desapareció.

«Gracias», pensó Jezabel.

Se aproximó hasta Antonin y quiso abrazarlo.

La libertad era hermosa.


¡HOLA!

Les presentó el capítulo más largo de Vendetta (que, irónicamente, sólo tiene tres escenas).

Primero, tenemos a Harry, a quien le proponen que se presente a elecciones, para ocupar el sillón del Ministro, un puesto un poco complicadito. Él rechaza, haciendo gala de su modestia insufrible. Quien se lo propone es una tal Susan Cornes (sí, casé a Susan Bones con Michael Cornes a.k.a ex de Ginny) y dos miembros más del Winzengamot que me inventé (Okey, Rowling se inventó más de 600 personajes, ¿y qué?, para mi no son suficientes, mató como a la mitad). Ya que Harry rechazó y que, como todos sabemos, Percy no durará, ¿quién creen que pueda ocupar el cargo?

Luego, Cho, personaje odiado en su mayoría (vamos la chica sólo perdió a su novio porque se lo mató Voldemort…, era celosa y lloraba por todo…), cena con el prometido de Sayuri (sí, se iba a casar, recuérdenlo), que se llama Sorata (vean o lean X/1999 de CLAMP, ahora, sí, es una orden). Y luego… ¡paf! ¡Regalo envenenado a la vista! ¡Bomba muy al estilo Freyja (Code Geass para más información) en su casa! ¿Por qué? Y, bueno… ¿han mejorado armamento, a que no?

Por último, Jezabel, a quien su abuelo, Abdiel Nott, rescata junto a Antonin. Pues, sí, siguen vivos y al parecer libres. Aunque antes Morrigan consigue la sangre de Jezabel, al igual que la de Antonin. ¿Qué pasará con eso? ¿Para qué la quería? ¿Por qué Adbiel —fugado de Azkaban— rescata a su nieta de las manos de Morrigan? ¿Cuáles son sus motivaciones?

En fin…

La canción del capítulo de hoy es del álbum This Silence Kills, de Dillon y como supondrán, se refiere a la escena de Jezabel. (http : / / w ww. youtube. com/w atch?v= dX94qea6Vso Sin espacios)

¡Hasta el siguiente!

Traigo un motor adentro y me dan muchas ganas de usarlo para estrellarme contra una pared

Nea Poulain

a 9 de marzo de 2013

(después del infierno del primer parcial)

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