Vendetta

Low of solipsism

El peligro acecha a la vuelta de la esquina mientras las pistas empiezan, una a una, con lentitud, a florecer. 


Categoria: Libros > Harry Potter > Vendetta

Genero: Suspenso


autor: NeaPoulain

Slytherin llena de finales agridulces y de historias que contar. Me gusta Theodore Nott y Blaise Zabini. Fan de Johanna Mason. Kirtash es mío.

"Ave maría purísima, me acuso de ser yo por todas partes..." 

Escribo, luego existo

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Vendetta: Low of solipsism

autor: NeaPoulain

“Kira. Een poes. Heel diep. Kwam ie?”


—¿Qué hicieron qué? —preguntó ella, conteniéndose para no gritar de nuevo, para no asesinar a aquellos dos imbéciles recién salidos de la cárcel—. ¿En plena calle? ¿Es en serio?

«Segundo error», pensó ella con amargura. Si volvían a cometer otro los mataba fuera quien fuera. La próxima vez, daría instrucciones más precisas. La próxima vez, Hermione Weasley estaría muerta. Pero debía dejar que se calmaran las cosas, porque quizá le asignaran protección.

¿Por qué estaba rodeada de tantos idiotas?

Mientras tanto, bueno, buscaría a alguien más listo para encargarse de la pelirroja.

 


 

Le había provocado nauseas. Nauseas. Aquellos recuerdos eran borrosos, muchas veces incompletos. Incluso le había dado pena Sayuri, que había estado mejor sin recordarlos. Pero de aquellos recuerdos dependía la inocencia que tendría que demostrar al Winzengamot, que celebraría su juicio el próximo lunes. Ya no tenían tiempo. Había visto los recuerdos. Las torturas. El cristal azul yendo de un lado a otro, intentando que la mirada de Sayuri lo siguiera. Aquel encapuchado que lo miraba todo desde una esquina… La mujer de cabello largo desordenado y piel pálida. Sin embargo no sabían por qué la estaban hipnotizando. Podría ser cualquier cosa pero ella sabía que lo más probable era que le hubieran ordenado a atacar y matar a Hermione Weasley.

—Zeller —interrumpió Savage—, no sé si Sayuri aguante otra sesión de legeremancia, pero voy a demostrar su inocencia en el Winzengamot.

—Necesitas más evidencia, entonces —le espetó Zeller, deseando, interiormente, ayudar a aquella chica que estaba detenida por algo que parecía no ser culpa suya—. Una orden directa.

Aquello no era suficiente. Aquellos gritos, capaces de conmover a cualquiera, no serían una evidencia suficiente para el Wizengamot; aquellas torturas no les dirían nada en relación al ataque… Necesitaban algo más.

Savage asintió.

—¿Por qué hipnotismo? —preguntó, después de un momento—, ¿por qué no una imperius?

Rose se encogió de hombros.

—No se librará de esa orden con facilidad como se podría librar de laimperius

—Zeller —la interrumpió Ian—, has visto a Sayuri, ni en su mejor estado resistiría una imperius.

—Savage, quizá no se libre de esa orden nunca —le respondió Rose entonces, dispuesta a exponerle su idea—,  y si eso pasa nunca podrá volver a trabajar con Hermione Weasley, mucho menos en el Winzengamot. Si eso sucede tendremos que vigilarla, aunque salga libre. El hipnotismo es un arte de muggles, un arte que pocos magos conocen, porque la mayoría prefiere una imperius. —Respiro hondo y luego añadió—: No sabemos cómo funciona y me temo que quizá no podamos liberarla nunca.

Savage asintió, comprendiendo.

—Aun así, voy a probar su inocencia —le dijo Ian, con una mueca feroz—. Sayuri no merece todo esto. —«¿Y quién lo merece?», se preguntó la auror, para sí.

Zeller se encogió de hombros.

—Los inocentes siempre sufren más.

Cuánta razón tenía.

Cuántas verdades referidas a ella misma no había en aquella frase, cuánto dolor acumulado por años no se escapó de entre los entresijos de su garganta.

 


 

—¡Mamá! —llamó la chica pelirroja, vestida con un suéter tejido en color escarlata—. ¿Qué te parece está túnica para James? ¿A qué le va bien?

La mujer pelirroja, a la que la adolescente se parecía un poco, se acercó a examinar la túnica. Estaban en la tienda de Madame Malkin y llevaban medio Callejón recorrido. No habían comprado más que la mitad de los regalos navideños y aquel jueves estaba llegando a su fin.

—Se le verá bien tienes razón —sonrió la mujer—; pero Lily, ya conoces a tu hermano, ¡no la usara casi nunca! Es demasiado formal para él.

—Igual se le verá bien. —La chica pelirroja, de apenas quince años, se encogió de hombros—. Aunque quizá tengas razón, deberíamos buscarle otra cosa. ¿Qué le compraste a Rose?

—Un libro, de medimagia —respondió Ginny Potter—, ella está interesada en eso.

—No tienes imaginación para los regalos —le espetó su hija.

—Ya veremos si me dices eso cuando veas tu regalo de navidad —le respondió Ginny.

Lily no dijo nada. Ginny sabía que ardía en deseos de preguntarle qué le había comprado, pero no lo haría, esperaría hasta la mañana de navidad. Sin embargo, aquel día le estaba resultado de mucha ayuda haberla convencido de que la acompañara a comprar regalos de navidad. Le había ayudado a escoger el regalo de Albus, que últimamente era poco menos que un desconocido que se alojaba en su casa, y el de Hugo, aquel chico tímido que no se parecía demasiado a su padre más que en su interés por los Chudley Cannons, aquel equipo que estaba destinado al fracaso.

Aún le quedaba el regalo de James y el de Teddy y no tenía demasiadas ideas para ninguno de los dos.

—Cómprale un suéter a Teddy —opinó Lily—. No tiene muchos…

Los Weasley, en cambio, sí que tenían muchos suéteres tejidos por Molly Weasley, que no se cansaba de regalarlos por navidad.

Siguió caminando por la tienda de Madame Malkin, dispuesta a encontrar algo para James o para Ted. ¿Por qué tenían que ser chicos tan difíciles?

—¡Lo siento…! —oyó junto a ella, justo cuando chocó contra el cuerpo de un hombre corpulento con la nariz amorfa y el rostro contorsionado en una mueca de disculpa—. Señora…

Se tambaleó y casi se cayó. ¿Por qué la gente no se fijaba por dónde caminaba? Si hubiera tenido quince años quizá le habría echado una mocomurciélago a ese imbécil, pero tenía cuarenta y dos y se suponía que era una adulta civilizada.

El hombre adelantó su mano para ayudarla a sostenerse y por un momento a Ginny Potter le pareció ver como la expresión de disculpa desaparecía de la cara del hombre.

Al instante siguiente sintió un tirón en el brazo izquierdo, el que aquel hombre no tenía aferrado y que hasta ese segundo había colgado apaciblemente al lado de su cuerpo. El brusco tirón la hizo soltar el brazo del hombre segundos antes de que este se desapareciera.

—Mamá… iba a desaparecerse contigo —le dijo Lily.

Ginny quiso agradecerle a su hija en ese momento tener tan buena intuición, haber notado las verdaderas intenciones de aquel hombre.

«Gracias», quiso decir, pero no pudo. Su garganta se había quedado seca de la impresión y la sorpresa. Habían estado a punto de llevársela a algún lugar…, a punto de atacarla como a Hermione.

—Vámonos —le dijo a Lily—, ya volveremos otro día.

 


 

Quería colapsar. Colapsar y destrozar aquella biblioteca, quemarla desde sus cimientos imaginando que aquellos libros eran los asesinos de su madre y los secuestradores de su hermano.

—Liliane… fue una venganza… todo coincide —le dijo James—, y no hay contra hechizo, y lo sabes.

—Lo sé.

—¿Qué harás? —le preguntó él, intentando leer su mente. No lo iba a lograr. Nadie más que su padre o su hermano lo lograban.

—No lo sé —reconoció ella.

James no dijo nada más y volvió a enfrascarse en el libro que hablaba de las venganzas. Decía que había que demostrarle a la magia ancestral que era una venganza justa.

—¿Alguien tiene algo en contra de tu familia? —le preguntó a Liliane.

—Mucha gente —respondió ella. Aquello era obvio—. No le caemos bien a todo el mundo Potter. Mi padre es abogado defensor en el Winzengamot, ¿tú que crees?

—Alguien que de verdad tuviera razones para hacer esto…

Liliane Zabini no conocía a nadie que tuviera esas razones. No conocía a nadie que fuera capaz de matar a su madre, una mujer que no era culpable de nada y de secuestrar a su hermano. Los iba a encontrar. Y cuando los encontrará, sin tentarse el corazón, sendos rayos verdes saldrían de su varita.

—No puedo creer que no mencionaran la magia ancestral en Hogwarts —comentó James, al parecer fascinado por aquel tema. Liliane sospechaba que aquella era la única razón por la cual el pelirrojo seguía a su lado, a pesar de cuestionar sus métodos de todas las maneras posibles.

—Es algo de sangre puras, Potter —espetó Liliane—. Pasa de generación en generación.

—Es tan extraña… puede hacer el bien o el mal sin distinción y a veces es tan cruel… —comentó él.

—Es magia ancestral, Potter —explicó Liliane—. No hay un negro o un blanco para ella. No hay distinción de magia negra o magia blanca, porque la magia ancestral es aún más antigua a esos prejuicios.

«La magia negra es magia negra según quién», pensó Liliane, pero no lo dijo porque sabía que aquello crearía un debate que James Potter no aceptaría perder y que ella ya no tenía ganas de defender.

Aquella sed de venganza la estaba consumiendo poco a poco y ella se dejaba consumir, dejándole espacio a la crueldad, un rasgo de sí misma que hasta entonces no conocía. Iba a vengar a su madre. Por su hermano, por el amor que quizá le tuvo, o por lo que fuera. Pero Pansy Zabini no merecía morir.

—Zabini —le dijo James, señalando su mano izquierda—, tu dedo.

Ella lo miró. La parte de la uña se veía reseca y, cuando lo tocó, sintió como si estuviera tocando una lija. Sólo era la parte de a yema pero… Se lo acercó hasta a la nariz y lo olió. No se equivocó en lo que pensaba.

Olía a cadáver putrefacto.

 


 

El titular de El Profeta le devolvió la mirada: «Fuga masiva de Azkaban, desastre no ocurrido desde la guerra». Como siempre, el periódico especulaba y criticaba sin saber. Orgulloso, aquel periódico que no dudaba en publicar cualquier cosa para aumentar sus ventas, mostraba lo que calificaba como el gran desastre de Harry Potter, el chico-que-vivió, héroe indiscutible del mundo mágico, y la División de Aurores. Ya habían empezado a llegar las vociferadoras de gente anónima, que gritaban en el despacho de Harry y en el escritorio de su secretaria sin que nadie realmente las escuchara. Marietta Stebbins había optado por ponerse unos tapones para las orejas y, Percy Weasley, al borde del colapso, estaba a punto de hacer lo mismo. Kingsley los entendía.

Aquello estaba sobrepasando su poder y ni siquiera sabían que estaba pasando. Asesinatos, desapariciones, ataques. Incluso se había enterado de que habían matado a Dedalus Diggle y que Hestia Jones, ex miembro también de la orden del fénix, también había corrido peligro. El mundo se les caía encima y ellos, anesteciados ante tantos desastres, apenas lo notaban. La División de aurores no hacía progresos, según El Profeta…; aquel periódico incluso hacía notar que, a sus cuarenta y tres años, quizá Harry Potter ya no estaba en plena forma para andar librando batallas por allí. «Y esos periodistas difícilmente han librado tantas batallas como los que vivimos activamente la segunda guerra», pensó Shacklebolt.

Dejó de darle vueltas a la cabeza y se dirigió hasta la chimenea. Hacía casi cinco minutos que había avisado de su visita y esperaba ya que la primera ministra se hubiera repuesto de la sorpresa porque, evidentemente, no se alegraría de verlo.

Se internó entre las llamas de la chimenea y, fuerte y claro, pronunció:

—Despacho de la primera ministra.

En dos segundos estaba allí, con la mirada de aquella mujer de cabello negro, de mediana edad, con las manos huesudas y unos lentes que la hacían parecer permanentemente enojada. Era la segunda vez que la veía (la primera había sido cuando le había notificado de la existencia de los magos) y no tenía ningunas ganas de estar allí y de dar malas noticias.

—Buenas tardes —dijo. La primera ministra asintió a modo de saludo.

—No lo esperaba —comentó, con la voz fría y desapasionada, dejando de lado los papeles que había estado leyendo hasta entonces—. La primera vez que lo vi me dejó en claro que no aparecería a menos de que ocurriera algo importante.

—Sí, por supuesto —coincidió Shacklebolt—, y me temo que esta vez son malas noticias.

La primera ministra alzó una ceja, no parecía demasiado impresionada.

—Últimamente todo son malas noticias —espetó ella—. ¿Quiere té, café? ¿Algo más fuerte?

Kingsley negó con la cabeza. No le apetecía nada, quería irse lo más rápido posible. Aquella mujer, a pesar de sólo ser muggle, era intimidante e irradiaba fuerza. No le costaba entender por qué era la primera ministra, se lo había ganado a pulso.

—Nada, gracias —respondió Kingsley—; me parece que ir al grano.

—Si es tan amable… —la ministra realizó un vago gesto con la mano, esperando oír las malas noticias.

—Hubo una fuga de Azkaban —soltó Shacklebolt—, nuestra prisión.

La ministra alzó una ceja. No le sorprendió que tuvieran una prisión especial. Definitivamente, aquella mujer sabía cómo afrontar los golpes.

—Me parece que ese es su problema —le espetó al ministro.

—Por supuesto… sin embargo, es parte del protocolo que usted conozca la información —explicó Shacklebolt.

—No veo en que pueda yo ayudarle —le contestó la ministra, volteando para abajo, hacia los papeles que había estado leyendo hasta ese momento.

—Me gustaría que mantuviera a la población muggle en alerta. Puede contarles que son criminales peligrosos y que portan armas, lo que sea… Lo importante es que estén alerta. —Kingsley sacó la varita y la agitó, materializando unos papeles que llevaba—. Estas son las fotos. —Se las extendió a la mujer, que se apresuró a tomarlas. Eran las fotos de los diez ex mortífagos fugados.

La ministra asintió.

—Lo haré, por supuesto —respondió ella—, mas no comprendo cómo esto va a protegernos a nosotros…

—¿Qué?… —preguntó Shacklebolt confundido.

—Ellos, —señaló las fotos—, saben hacer magia. La gente no podrá protegerse de ellos una vez que los tenga enfrente…

La ministra se encogió de hombros. Parecía que aquello, después de todo, no lo consideraba de suma importancia o, simplemente, lo veía muy lejos de su campo de acción.

—Le recomiendo que lo solucione rápido, señor ministro —le recomendó ella, con la voz gélida—; las crisis no esperan a nadie y no me gustaría volver a verlo por aquí en lo que resta de mi mandato.

Shacklebolt asintió, sin dejarse intimidar por aquella mujer fría.

—Lo solucionaremos, se lo prometo.

La ministra casi rió.

—Eso decimos todos los políticos.

Kingsley no dijo nada por un momento.

—¿Le importa que me desaparezca aquí? —preguntó. Realmente no le apetecía volver a su despacho, donde miles de cartas estarían esperándolo, saturando a su secretaria, Marietta, y donde tendría que oír todas aquellas vociferadoras que exigían la inmediata captura de los ex mortífagos, como si fuera tan fácil dar con ellos.

La ministra negó.

—Hasta luego, entonces —le extendió la mano y la ministra la estrechó.

—Hasta nunca, ministro —le espetó ella—, espero no volver a verlo.

Kingsley Shacklebolt se desapareció rumbo a su casa, ubicada a las afueras de Exeter.

Cuando notó las anormalidades era demasiado tarde y estaba inmovilizado por un petrificus totalus no verbal que no vio venir de ninguna parte. Y antes de que pudiera luchar contra el hechizo como le habían enseñado tanto tiempo atrás en la Academia de Aurores unas cuerdas le sujetaron los brazos y las piernas.

—No te esperaba tan temprano… —era la voz de una mujer. Cruel, irónica, seca…

La mujer se dejó ver: piel pálida, ojos oscuros…, sus labios tensos apenas formaban una línea. El cabello negro le caía sucio y desordenado por todas partes.

—Pero ya que estás aquí.

Y entonces Kingsley supo lo que pasaría e intentó luchar con todas sus fuerzas contra aquel petrificus totalus y aquellas cuerdas. Sin embargo, la mujer fue más rápida.

—Avada Kedavra.

El rayo verde dio de lleno en el pecho y el cuerpo de Kingsley Shacklebolt cayó de espaldas al tiempo que la mujer se desaparecía de allí.

El ministro de magia había muerto.

 


 

¡Holo!

¿Qué tal?

Bueno, empecemos, que seguramente la nota de este capítulo será demasiado larga. Primero una mini escena con los antagonistas… ¿Otro error? ¿Quién lo cometió está vez? ¿Qué harán respecto a Hermione? Y.. ¿la mujer pelirroja? ¿A quién se refieren?

Como siguiente escena, Zeller y Savage discuten sobre un recuerdo de Sayuri que parece ser muy turbio… ¿Qué creen que pasa exactamente en esos recuerdos? ¿Por qué? ¿Logrará Savage probar la inocencia de su protegida, la hija de Cho? Si lo logra, ¿cómo lo logrará? Y si no…, ¿qué se lo va a impedir?

Por otro lado vemos por segunda vez a Ginny Potter, un personaje muy importante en la saga original… aquí por lo pronto solo es la madre de Lily y de Albus y de James. ¿Por qué ese hombre intenta desaparecerse con ella? ¿Cómo supo Lily las intenciones del hombre de nariz amorfa? ¿Quién era el hombre de nariz amorfa? ¿Ginny está a salvo o harán otro intento de atacarla?

Por otro lado… Liliane y James… ¿qué les parece su debate sobre la magia ancestral? Yo no les contaré nada de ella… digo, yo soy quien me cree todo este lío, quiero saber que piensan ustedes. ¿La magia ancestral es cruel? ¿No lo es? ¿Hay distinción de magia negra y magia blanca allí? Y pasando a otros asuntos… ¿qué pasa con el dedo de Liliane? ¿Por qué huele a cadáver putrefacto?

En fin, ahora viene… ¡la bomba! ¡Kingsley Shacklebolt, ministro de magia! Va a visitar a la primera ministra muggle (yo no soy profeta ni pitonista, así que si en 2023 hay una primera ministra en Inglaterra me aplauden por atinarle) que es muy fría y va al grano… ¿Qué les parecio la visita? Recuerden que Fudge avisa cuando Sirius Black se fuga o cuando la fuga de 1996… Por otro lado… ¡The minister is dead! Sí. ¿Quién lo mato? ¿Por qué? ¿Con qué propósito?

La canción que le da nombre al capítulo es Low of solipsism y si conocen Death Note, seguro la conocen. No sé quien la canta y tampoco quien la compuso, así que no les puedo dar nombre, pero sí el link a Youtube. Para mí la melodía es el correcto soundtrack para la escena final del capítulo (toda la escena). (http :/ /w ww.y outube .com/ watch? v=bY hLlz5bK6c Sin espacios).

En resumen, un monstruo me domina y yo soy ese monstruo.

Nea Poulain

a 25 de febrero de 2013

(el día del examen de Probabilidad y Estadística)

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