Vendetta

Loss of control

Y al final perderán el control de aquello que parecía tan seguro, que hacía años, nadie intentaba robar. 


Categoria: Libros > Harry Potter > Vendetta

Genero: Suspenso


autor: NeaPoulain

Slytherin llena de finales agridulces y de historias que contar. Me gusta Theodore Nott y Blaise Zabini. Fan de Johanna Mason. Kirtash es mío.

"Ave maría purísima, me acuso de ser yo por todas partes..." 

Escribo, luego existo

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Vendetta: Loss of control

autor: NeaPoulain

“Life's so cruel crushing bastard crime and you're a stupid motherfucker and you're doing the time cause we're all crazy, you're all crazy now. Well we're so crazy, you've all gone insane” Green Day


Notó el dolor apenas despertarse. La desesperación lo siguió. Todo aquello no era sólo un mal sueño, ni una pesadilla. No. Era la realidad. La cruel realidad que lo había golpeado un buen día, quitándole todo lo que amaba, excepto a Jezabel, y lo había arrojado allí sin ninguna consideración. A él, que había crecido rico, sabiéndose superior y que ahora estaba allí, encerrado entre esas cuatro paredes, dejándose llevar por la desesperación.

—Antonin —graznó la voz de Jezabel, débil, al verlo despertar—. Antonin.

—Jezabel… —murmuró él. Tenía ganas de llorar. Ganas de ver a su madre, que pocas veces había sido cariñosa, ganas de que su madre lo abrazara y lo tranquilizara. Quería salir de allí, joder…

—Aun no amanece… —dijo ella—. He contado los días… Antonin… es miércoles. —La voz le tembló. A ella, la chica más hermosa del mundo, por la que Antonin estaba loco…, a ella, orgullosa y fría Slytherin, ambiciosa como pocas—. Antonin… no saldremos de aquí. No volveré a ver a Emmanuel… —Sollozó, desesperada.

—Jezabel… —dijo él. Le dolía horrores el brazo derecho que intentó levantar para acariciar la frente de Jezabel, arrodillada junto al catre, aferrando la mano izquierda del chico, enterrándole las uñas—. Te quiero. Jezabel.

Vio qué tenía en brazo derecho vendado con un pedazo de tela negra, que parecía ser de su camisa, empapada en sangre. Dolía… sí. No tanto como la Cruciatus, pero dolía.

—Antonin… yo… intenté vendarte el brazo —empezó Jezabel—. No sabía cómo hacerlo. Antonin.

Nunca la había visto así. No a ella, siempre serena, como su padre, siempre tranquila y confiada. Dueña de sonrisas torcidas y cejas alzadas que lo volvían loco, de susurros que le confiaban todos sus secretos, incluso los más oscuros. La desesperación se la estaba llevando, poco a poco, lenta pero segura iba avanzado a través del cuerpo de Jezabel.

—Saldremos de aquí —murmuró, con la voz ronca y cansada, sin acabar de creérselo.

—Eso es mentira, Antonin —le respondió Jezabel, con la cabeza gacha, el cabello cubriéndole los ojos—. Nunca saldremos de aquí. Nunca.

Sonaba a desesperanza y a oscuridad. Pero muy en el fondo, sabía que Jezabel tenía razón.

No saldrían de allí.

Al menos, no vivos.             

 


 

Nathaniel Richards había sido auror antes de lesionarse la pierna. En San Mungo le habían dado una patada después de decirte que no sabían cómo arreglársela completamente, así que ahora caminaba con una ligera cojera. Los aurores no habían vuelto a admitirlo, pero a cambio le habían dado un puesto de trabajo en Azkaban. Se encargaba de todas las protecciones y sólo él sabía cómo funcionaban. Estaba orgulloso de las protecciones que había puesto en Azakaban, pues no podía entrar ningún intruso con malas intenciones y justo a la entrada de las visitas se verificaba que no fueran impostores. En doce años nunca habían fallado.

Y no planeaba fallar. Nunca.

Suspiró mientras miraba el reloj. Casi las ocho, su hora de entrada. Se levantó de la mesa dejando la taza done había estado tomando café olvidada, quizá para recogerla en la noche que regresara y se dirigió hacia la chimenea, que tenía una conexión protegida hacia Azkaban. Estaba casi seguro de que nadie podía interceptarla.

Interiormente estaba orgulloso de lo que había logrado, pensó mientras ponía un pie dentro de la chimenea y lanzaba los polvos flú pronunciando fuerte y claro, con la voz grave, el nombre de su destino. Y entonces todas sus creencias sobre lo inexpugnable de aquella red que había montado él mismo se vinieron abajo cuando sintió como una mano dura y firme agarraba su tobillo, aferrándolo fuerte. Se acordó que en el bolsillo trasero de su pantalón cargaba siempre el dispositivo que dispararía la alarma sobre Azkaban y sobre la División de aurores.

Sin embargo, sus dedos nunca llegaron a tocarlo.

 


 

Blaise Zabini estaba discutiendo a gritos con uno de los aurores que se encargaban de encontrar a su hijo. Les gritaba que eran unos ineptos y cosas similares mientras media División seguía su discusión con la mirada. Rose Zeller no consideraba a aquellos dos los mejores aurores, pero definitivamente no eran los más ineptos como aseguraba el señor Zabini. El caso había ido a parar a sus manos y se habían hecho cargo. Aunque imaginaba que su fuera uno de los chicos Potter el que desapareciera, se movilizarían mucho más hasta encontrarlo, pensó Zeller. Eso tenían la fama y las influencias… Y aunque Blaise Zabini las tenía, no eran demasiadas como para movilizar a toda Gran Bretaña por la búsqueda de su hijo, un menor de edad desaparecido en extrañas circunstancias.

En el fondo, aquella familia estaba destrozada.

Todos lo sabían.

Y a nadie terminaban de importarle. Los demás aurores sólo veían la desgracia de Baise Zabini sin imaginar cómo sería si les pasara a ellos.

—Ey, Rose… —empezó Ted, más serio que de costumbre, con unas ojeras pintadas bajo los ojos. ¿Cuánto había dormido la noche anterior? Seguro que no más de cuatro horas. Incluso llevaba el cabello de un tono marrón apagado, corto y lacio, desordenado. Apuesto a que así su pelirroja y escultural novia no lo encontraba tan guapo—. Ayer por la noche atacaron a la profesora Jones…

«Hestia Jones», pensó Zeller, recordando a la bruja que le había enseñado Defensa Contra las Artes Oscuras en Hogwarts desde su cuarto año. Una bruja brillante, que había peleado en la Batalla de Hogwarts.

—… y está bien gracias a los dos aurores que estaban vigilando pero… Rose, no fue la única víctima de anoche… Dedalus Diggle está muerto —soltó Ted—. Lo encontraron ayer a media noche, luego de un estallido en el barrio donde vivía, en Kent. Murió al tocar un libro que le había enviado su sobrino, que vive en Australia y que al parecer fue embrujado con una poderosa magia negra.

Rose Zeller alzó la ceja. Aquello empezaba a parecer interesante.

—No he averiguado qué es aún, Rose.

—Y quieres ayuda —dedujo Rose, con una sonrisa.

—Algo así… —aceptó él.

—¿En dónde es y qué hay que examinar? —pregunto Rose, intrigada, aunque ya tenía una tonelada de trabajo.

Ted Lupin nunca alcanzó a contestar. En ese momento Harry Potter salió de su despachó y se dirigió hasta el escritorio de Alec Holmes. No llegó nunca al escritorio del auror.  

La alarma que resonó por todo el piso, estridente, los interrumpió antes.

 


 

Debería de haber sospechado que algo iba mal. Pero no, por supuesto que no lo había hecho. Todo era tan rutinario como otros días y ni siquiera el hecho de que a las ocho y quince había llegado un mensaje urgente, escrito apresuradamente con una pluma a vuelapluma de Nathaniel Richards diciendo que no se presentaría hasta las nueve debido a una emergencia. Le habían creído, por supuesto. Incluso ella, porque después de todo, no había nada que indicara lo contraria, el pergamino venía directo de casa de Richards, tal como había demostrado ella.

Pero entonces a las nueve se había disparado la alarma de emergencia…, la misma que había instalado Richards. Sólo ella sabía que esa alarma existía, porque Richards insistía que las protecciones nunca debían ser removidas… Si alguien lo intentara…

«Joder», comprendió Ayn Schumann, la guardia más joven en Azkaban, quizá demasiando tarde cuando vio a Nathaniel Richards aparecer y apuntarle con la varita. Quizá era la imperius…, quizá algo más. No se detuvo a pensarlo, porque sabía lo que tenía que hacer. Toco el dispositivo que dispararía la alarma en la División de aurores al tiempo que gritaba el nombre de Nathaniel, aquel mago que cojeaba, comprendiendo que ella no tendría un final feliz.

Justo en ese momento, sin darle tiempo a sacar la varita, el rayo verde le acertó de llenó en el pecho.

Ayn cayó hacia atrás con la mueca de sorpresa y miedo petrificada aún en el rostro.

 


 

Estaba de mal humor. De pésimo humor. Le había llevado más tiempo del esperado controlar a Nathaniel Richards. Se dijo que debió de usar algo más efectivo que unaimperius. Era obvio que lo habían entrenado para resistirla… Pero no tenía tiempo, no para dominar a Richards con algo mucho más efectivo. Y todo había ido bien hasta que la alarma aquella de emergencia se había disparada como un ruido que lastimaba sus oídos.

Bueno, un poco de adrenalina no le iría mal, pensó, mientras daba órdenes a sus dos subordinados. Deberían ser más jóvenes, pensó ella mientras los veía después de darles órdenes de liberar a todos los que pudieran para crear caos. Los aurores llegarían tarde o temprano y ella pensaba estar lo suficientemente lejos para ese entonces. Levantadas las protecciones inexpugnables, nada le impedía desaparecerse en Azkaban.

Sonrió mientras se dirigía hacia el área de alta seguridad. Sabía a quienes necesitaba. A quiénes quería rescatar. Todo el resto de Azkaban era… ¿cómo decirlo?… un escudo humano que la protegería de los aurores que vendrían en camino.

Ella no pensaba cruzarse con ninguno.

Aunque no iba a dudar si veía a alguno de aquellos molestos magos.

Un Avada Kedavra, para más rápido.

 


 

Rose Zeller tenía muy claro que había que impedir la fuga de Azkaban a como diera lugar. No importaba que pasara. Después de la fuga de 1996 y la de 1997 habían optado por proteger Azkaban contra cualquier intruso, asegurando que nadie podría entrar. Luego, hacía unos años habían puesto a un ex auror experto en protecciones mágicas que se encargaría de Azkaban. «Pues bien», pensó Zeller, con una fría sonrisa cínica, «parece que Azkaban no es tan impenetrable después de todo».

—Lupin —se dirigió al chico al lado de ella—. Es hora de que demuestres tus habilidades en la vida real.

El chico no sonrió. Parecía más bien nervioso. En el fondo, ella también lo estaba; nunca antes se había enfrentado a una situación de tal magnitud. Había habido persecuciones, claro, algunos duelos… pero nunca nada que se equiparara a una fuga de Azkaban.

Y cuando se aparecieron en la isla descubrieron que tenían que enfrentarse al mismo caos.

Parecía que alguien había abierto las puertas de al menos la mitad de los presos y los había instigado al motín.

Sin embargo, algo estaba mal. Todos aquellos presos estaban desarmados, no tenían varitas para defenderse. Nadie les había dado una y tampoco parecía haber nadie cerca que los estuviera defendiendo.

Sólo había viviente caos.

—¡Lupin! —gritó Zeller—. ¡Aturde a tantos como puedas! —le grito al chico para luego buscar con la mirada el cabello desordenado de su jefe, que no estaba más que a tres pasos—. ¡Harry! ¡Harry! —gritó hasta hacerse oír mientras lanzaba maldiciones no verbales a diestra y siniestra, para evitar que alguna de esas moles furiosas que eran los presos de Azkaban—. ¡Esto es una trampa! ¡Un motín para distraernos!

Ganarían, era obvio. Aquella pelea parecía especialmente diseñada para que la ganaran los aurores. Sin embargo, ¿qué pasaba en lo más hondo de la prisión mientras tanto? ¿Qué esperaban los instigadores al crear aquel motín?

—Joder, ¡tenemos que entrar! —gritó y sólo algunos pocos, como Lupin o Holmes, la escucharon—. ¡Tenemos que entrar! —volvió a gritar.

—¡Desmaius! —gritó Ted al lado de ella y ella no pudo evitar sonreír.

—¡Joder, Lupin, atácalos con más fuerza! —le gritó, recordando como lo había instruido en el arte del duelo hacia sólo unos años—. ¡Ese desmaius no aturde ni a una rata!

—¡Diffinido! —oyó gritar a Alec Holmes, que hacía nueve años, también había estado entre sus alumnos. Tenía un talento especial para aquel hechizo, especialmente si se trababa de abrir personas justo por la mitad.

Pero seguía empeñada en entrar. Seguía empeñada en descubrir que había detrás de todo eso; evitarlo, si podía.

—¡Potter! —gritó, y esta vez le pareció que Harry le prestaba atención, o toda la atención que podía prestarle en medio de un duelo—. ¡Tenemos que entrar! ¡Esto es sólo una trampa, una distracción!

Ya no se preocupaba por nada más que por apartar a aquellos presos de su camino. Un hechizo aturdidor servía tan bien como un Petrificus Totalus o como unRepulso. Ted empezó a imitarla y pronto le pareció que se acercaban a la entrada. Harry y Holmes se apresuraron a seguirlos cuando lograron abrir una brecha.

—¡Hasta arriba! —gritó Potter, detrás de ellos—. ¡Vayan hasta arriba!

—¡¿Qué?! —le respondió Zeller a gritos.

—¡Una corazonada!

Llevaban las varitas en alto, preparados para cualquier emboscada. Rose al frente, Holmes cubriendo la retaguardia. Aparecieron un par de amotinados más antes de que llegaran al último nivel de Azkaban, a las celdas de alta seguridad donde estaban todos los ex mortífagos.

Sin embargo, llegaron tarde.

Llegaron justo para ver cómo se desaparecía Alecto Carrow junto con otro ex mortífago que llevaba más de veinte años en cautiverio.

Las demás celdas estaban vacías.

 


 

Morrigan los miró a todos y a cada uno de ellos una y otra vez. Les había hablado antes y estaba segura de haberles inspirado la suficiente autoridad como para que no hubiera rebeldes. La promesa que les había hecho era demasiada suculenta y por primera vez se veía esperanza en aquellos rostros viejos y demacrados, algunos aún con una vena del locura que el tiempo no había borrado.

—¿Y cómo sabemos que eres digna de confianza? —ladró Carrow, desconfiada.

—Porque tal vez confíen en mí —murmuró una voz que salió de debajo de una capucha.

Lentamente, el único mago que no había participado en la fuga de Azkaban se quitó la capucha dejando ver su rostro.

Las reacciones no se hicieron esperar.

Y entonces, Morrigan estuvo segura.

Ellos tendrían su venganza…

Ella lo que se afianzara por el camino.

 


 

Hello!

He aquí capítulo pesadito, con multitud de escenas cortas entrelazadas. Pero todas se centran casi en lo mismo: una fuga de Azkaban. Una nueva Azkaban, sin dementores, con más protecciones (porque en serio, qué fácil burlaba Voldemort la seguridad por ahí…). ¿Que qué han hecho? Pues nada demasiado inteligente tampoco, pero ha funcionado…

¿Quién lo planeo? —pregunta obvia, si esto fuera un examen quien no la contestara sacaría cero—. ¿Por qué? ¿Qué intentan conseguir liberando a todos en Azkaban? ¿Caos? ¿Desastre? No sé, elijan ustedes…

Por otro lado, escenita angst con Antonin y Jezabel. ¿Que si me rompen el corazón? Quizá. ¿Que si vivirán? Quizá. No sé, opinen sobre ellos ustedes…

Sobre Ted… que sí, que me he cargado a Dedalus Diggle, espero que no fuera el personaje favorito de nadie porque hay que ver los dramas que me montan cuando me cargo a los personajes favoritos de alguien. (Ya casi me cargue a uno de mis personajes favoritos: Daphne Greengrass, no me pidan piedad). ¿Qué pasó con Diggle? ¿Qué onda con el libro que lo mato? ¿Qué pasó? ¿Quién será el siguiente?

El capítulo se llama Loss of Control, de Green Day que parece que será el grupo más repetido hasta ahora. Es de su disco más reciente: ¡Uno! La canción representa la pérdida de control de todo lo que está pasando en el mundo mágico. Partes de la canción quedan y la melodía me encanta. (https : / / w ww. You tuve .com/ watch ?v=c NrIGE Raqp0 Sin espacios)

Y pregúntense…

¿Quién es John Galt?

Nea Poulain

A 18 de febrero de 2013

 

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