Vendetta

Somebody that I used to know

"Zabini... deberías sacar el veneno"


Categoria: Libros > Harry Potter > Vendetta

Genero: Suspenso


autor: NeaPoulain

Slytherin llena de finales agridulces y de historias que contar. Me gusta Theodore Nott y Blaise Zabini. Fan de Johanna Mason. Kirtash es mío.

"Ave maría purísima, me acuso de ser yo por todas partes..." 

Escribo, luego existo

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Vendetta: Somebody that I used to know

autor: NeaPoulain

“I guess that I don´t need that tough, now you´re just somebody that I used to know” Goyte


—¿Sabes que estás en problemas? —preguntó él mirándola, con una lágrima bajando por su mejilla, sentada en aquella silla en una de las salas de interrogatorios anexas a la División de aurores en el Ministerio. Tenía las manos atadas al frente, sólo por si acaso, pero Savage dudaba que intentara hacer algo.

—Tendremos que darle la noticia a Potter mañana —espetó Zeller, que a esas horas era la única auror que quedaba—. No le gustará. —«No le va a gustar nada», pensó para sí, «está chica atacó a alguien muy cercano a él…». Sayuri no tendría un juicio demasiado justo si no lograban llegar al fondo del asunto.

Savage asintió y volvió la vista hacia Sayuri, sentada a borde de la silla, con la cabeza caída y el cabello en la cara. Parecía nervioa, confundida, devastada.

—No entiendo que pasó… —murmuró la chica.

Parecía sincera.

Pero Rose no estaba dispuesta a creérsela tan fácil. Había visto gente a lo largo de los años que podía parecer sincera, pero desde luego, no lo eran…

—Ihara —empezó Zeller, con la voz dura—, atacaste a Hermione Weasley. Necesitarás una mejor excusa…

Sayuri sollozó.

En serio parecía sincera. Pero Rose Zeller no podía creerla. No después de aquello…, no después de que Savage le había contado que había intentado matar a Hermione Weasley.

—Rose…, vamos afuera —le dijo Savage, que miraba a Sayuri Ihara con una mezcla de compasión y enojo.

Zelle salió detrás de Ian. Se quedaron ambos junto a la puerta cerrada de la habitación donde se encontraba Sayuri y en la que, el único mobiliario era una mesa y tres sillas desvencijadas.

—Rose, parece que dice la verdad —dijo Savage—. Parece que no recuerda nada.

—No intentes protegerla, Ian —le espetó ella y lo único que recibió fue una mirada cargada de reproches del auror, que ya era una leyenda cuando ella había llegado a la División.

—No lo estoy haciendo —contestó él—, sólo me intriga que no recuerde nada… —Se quedó pensando un momento—. Rose, podríamos probar con legeremancia.

«Ojalá…», pensó Rose, «pero eso no funcionó antes y no funcionará ahora»

Estaba segura de que Sayuri era culpable.


—Liliane —llamó James, leyendo atentamente la hoja amarillenta de un libro desgastado, sentado en el escritorio que había en la biblioteca de los Zabini—, creo que aquí hay algo.

Se sentía culpable.

Horriblemente culpable.

Había estado a punto de contarle a Teddy, su primo, lo que había estado haciendo con Liliane, pero no había podido. Algo se lo había impedido y no lo había hecho, para suerte de aquella joven de piel oscura que lo había convencido, sin demasiados argumentos, de tomar parte de todo aquello. Quizá aquello era lo que lo carcomía más por dentro: haberse dejado convencer sin ofrecer resistencia, haber aceptado ayudarla, cautivado por un misterio sin resolver sin pararse a pensar de aquello no era el colegio y que había peligros tras aquel pergamino.

Al principio había pensado que era lo que había matado a Pansy, la madre de Liliane; pero había terminado por descartarlo cuando Liliane le había hablado de la magia ancestral.

Magia ancestral… magia antigua, que no se enseñaba en el colegio, magia de sangre, de rituales…, magia que pasaba de generación en generación en las grandes familias de abolengo entre los magos. Había pensado que quizá los Potter, los antiguos Potter, quizá la conocieran, como familia sangre limpia que eran, pero su padre había crecido entre muggles, así que era imposible, o casi, que la conociera. Todo aquello lo había cautivado…

—¿Si? —preguntó Liliane, asomándose; llevaba un libro bajo el brazo.

—¿Has pensado en una venganza? —preguntó James, que llevaba días dándole vueltas a asunto—. Este libro lo menciona como un posible uso a los objetos gemelos…, uno no muy común.

Había pasado días inmerso en aquel tema. Objetos gemelos, objetos iguales en todos sus detalles que estaban vinculados. Y que, por encima de todo, no podían ser maltratados. No reaccionaban al diffinido y rechazaban cualquier intento de daño. Podían intentar cortar uno de esos objetos con una espada y no lograrían nada. El único tipo de magia ancestral que presentaba esas características.

—¿Una venganza? —preguntó Liliane, sentándose a su lado—. No había oído nunca de eso.

—Lo dice aquí —le dijo James, señalando uno de los párrafos de aquella página amarillenta que ya conocía de memoria, de tanto que la había repasado—. No es muy común, porque en general sus resultados suelen ser catastróficos, pero es una posibilidad… sobre todo por el carácter del mensaje que dejaron en el cadáver. —Le señalo aquel pedazo de pergamino.

—Quizá… —murmuró Liliane.

James la miró. Su mano temblaba.

—Liliane… —musitó, no muy seguro de lo que iba a decir, no después de la última plática respecto al secuestro de Antonin que habían tenido—, deberías tomarte un descanso…

—No —atajó ella.

—Zabini, no estás concentrada —espetó James. Quería consolarla, decirle que Antonin iba a aparecer, tranquilizarla quizá, a pesar de que nunca le había caído bien…, pero sabía reconocer la desgracia y los Zabini pasaban por un momento difícil, que se les venía encima como un alud—. Y, joder, Antonin no va a aparecer por que estés aquí encerrada en esta biblioteca… —le dolió decirlo, claro, y supo que también le había dolido a Liliane por el mano en que cerró su puño, haciéndose daño en la palma con sus largas uñas—. Los aurores lo están buscando.

—No confío en los aurores —respondió Liliane, con la voz débil, empeñada en no mirar a James.

—No tienes a nadie más en quien confiar —puntualizó James.

—Prefiero no confiar en nadie —se obstinó Liliane. Quizá tenía alguna razón para hacerlo, quizá era sólo una niñería que había arrastrado a su vida adulta.

—Liliane… —empezó, con voz compasiva. La joven lo cortó.

—¿No me consueles, quieres? —le espetó, con la voz más alta de lo normal—. ¡No lo necesito!

«Si lo necesitas, Zabini», pensó James, mirándola. La estaba viendo derrumbarse poco a poco, sin poder hacer nada y sin que ella lo dejara hacer nada… Ni intentarlo. Dudando, acercó su mano hasta la de Liliane y la apretó, como un intento inútil de consuelo.

Sin embargo, lo sorprendió con la fuerza con la que lo aferró ella.

—Zabini —murmuró él—. Deberías sacar el veneno.


Rose Zeller estaba en la oficina, sentada junto a Ted Lupin, que acababa de contarle algo sobre Hestia Jones, que ahora contaba con la vigilancia de dos aurores, por si algo le llegaba a pasar. Acababa de hablar con Harry sobre Sayuri y, aunque no se había mostrado muy complacido con aquello, había aceptado que Savage la examinara antes de llevar su caso hasta el Winzengamot. Estaba enfrascada en el último informe de la salud de Astoria Malfoy; al parecer, pronto podrían interrogarla sobre posibles enemigos… Sí, eso sería un avance. Tenía demasiados pendientes…: Pansy Zabini, Astoria Malfoy, Daphne Nott, Horace Slughorn, la explosión de tres días antes en King Cross, Sayuri Ihara…, y al parecer Ted quería consejo sobre Minerva McGonagall y la nota que había recibido indicando que Hestia Jones, miembro de la orden del fénix y profesora de Defensa contra las artes oscuras, sería la siguiente en ser atacada. Era demasiado.

Levantó la vista un momento y entonces lo vió. Llevaba casi trece años sin verlo y se notaba que había cambiado. A sus cuarenta años empezaban a notársele las entradas, pero seguía teniendo el cabello color castaño claro y los ojos azules, con un brillo infantil en la mirada. ¿Qué hacía allí, esa persona a la que Rose Zeller habría preferido no volver a ver jamás? 

—¡Ey, Creevey! —lo llamó, cuando él solo estaba a unos pasos de ella y él se dio la vuelta y la miró fijamente. La reconoció casi al instante y la sorpresa inundó su rostro, acompañada de estupefacción.

—Rose —saludó él con una inclinación de cabeza cuando se acercó—. He oído mucho de ti.

—Ya, El Profeta menciona mis casos —dijo ella—. ¿Y tú?, ¿qué ha sido de ti todo este tiempo, Creevey?

—He andado aquí… allá… —respondió Dennis Creevey, vagamente.

—Claro —espetó Rose—. Como siempre, tú, incapaz de sentar cabeza, soñando con quimeras. Sé que ayudaste a encontrar a Crabbe, exiliado en Australia, hace diez años. ¿Volviste a trabajar como caza recompensas? ¿No te bastaron todos los mortífagos exiliados que atrapaste antes de 2006?

Dennis Creevey se encogió de hombros.

—Ya ves —respondió, vagamente de nuevo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella.

—Quieren ayuda. Hay noticias de que vieron a Rowle cerca de Liverpool —respondió él.

—Así que no lo has dejado —le reclamó Rose a Dennis, con un regusto amargo en la boca y la sensación de que no tenía derecho a hacerle todas aquellas reclamaciones—. Sigues siendo un caza recompensas que desertó de la academia de aurores. Mortífagos a cambio de dinero.

—Lo había dejado —aclaró él, mientras una mueca de incomodidad le inundaba el rostro—. Senté cabeza, ¿sabes? Ella es doce años menor que yo. Está embarazada. Nacerá en marzo… y… se llamará Colin.

—No sé por qué me dices todo esto —murmuró Rose—. Si sentaste cabeza, si tienes una esposa… ¿Por qué volviste?

—Es Rowle, Rose, Rowle. No puedo olvidarlo. No puedo olvidar cuánto intenté encontrarlo después de lo de Colin. Cuánto me frustré cuando desapareció para siempre —le espetó Colin.

Por supuesto que ella también lo recordaba. Recordaba a Dennis intentando encontrar a su hermano vivo, que le había jurado que iba a estar bien antes de escabullirse. Recordaba a Dennis llorando, llamando a gritos a un Colin muerto, que se veía aún más pequeño de lo que era. Recordaba haber estado allí, con trece años, mirándolo todo aquello con los ojos demasiado abiertos intentando consolar a Dennis mientras alguien le decía que lo había matado Rowle. Dennis nunca cerró aquella herida, sólo la dejó pudrir.

Rose se encogió de hombros. Estaba diciéndole «como quieras», no demasiado dispuesta a continuar con esa conversación. Habría preferido no volver a verlo nunca.

—Bueno… Rose, me dio gusto verte. —Dennis Creevey inclinó la cabeza a modo de despedida y se dio la vuelta para dirigirse al escritorio de Alec Holmes. Cuando apenas había dado cinco pasos, Rose volvió a llamarlo.

—¡Creevey! —llamó y esta vez no pudo contener lo que había querido decirle desde siempre—. ¡Se parece a ti!

Por supuesto que se parecía a él, era una copia en pequeño. Él que la había abandonado sin ni siquiera conocerla para volver a cazar mortífagos que habían logrado huir lejos y carroñeros que habían logrado escapar de las garras de Azkaban. A Rose aún le dolía.

Solía conocer a Dennis Creevey. Solía.


Rose estaba con Hestia en casa. Hestia McGonagall pasaba allí demasiado tiempo desde que habían atacado a su tía abuela, porque Telemachus nunca estaba en casa de por sí y Mireia, su madre, se la pasaba cuidando a Minerva en San Mungo, junto con la hermana de su esposo, Hèlene. Rose la había conocido en su primer día en Hogwarts… Dios, había estado tan asustada aquel primer —no tanto como Albus, eso sí—, y  había descubierto a esa chica de cabello castaño y nariz respingada que se había presentado como Hestia y le había preguntado a ella y a Albus sobre sus padres, demostrando ser una experta en Historia reciente. En menos de dos horas los había puesto al corriente de toda la historia de su familia, añadiendo que tenía un hermano menor llamado Robert que era un pesado.

Desde entonces eran mejores amigas.

—Oye, ¿estás segura de dedicarte a la medimagia? —le preguntó Hestia mientras estaban sentadas en la mesa comiendo los pedazos sobrantes de un pastel que había hecho Molly Weasley.

—Lo estoy desde quinto —respondió Rose, con una sonrisa—, o quizá desde antes. —Se encogió de hombros—. No sé. Siempre me ha gustado. ¿Tú sigues empeñada en dar clases?

 Hestia sonrió.

—Por supuesto. Me encantaría dar encantamientos —respondió ella—. Además, Storm está a punto de retirarse, ¿has oído los rumores?

—¿Y si no lo consigues? —insistió Rose.

—Hay más escuelas de magia. —Hestia se encogió de hombros—. Siempre puedo probar suerte en alguna otra.

—Ya, claro. —Rose se encogió de hombros—. Mi primo Louis celebrará su cumpleaños este viernes. Cumple el jueves. Dieciocho años. ¿Irás? —preguntó la pelirroja—. Victoire les ayudo a rentar un local en el Callejón Diagon.

Hestia sonrió.

—Supongo que tendré que ir. Eso o me obligarás. ¿Sabes quién más irá?

—Todos mis primos… a la mejor el pobre de Teddy, si no tiene demasiado trabajo —empezó Rose—. Le he dicho a Albus que le diga a Scorpius y a sus amigos, si quiere, aunque no me hace gracia tener tantos Slytherins allí. Que mi primo y Scorpius me caigan bien no quiere decir que me caigan bien los demás… —Suspiró—. Dijo que le diría a Justine —terminó, formando una mueca.

—¿No te gusta Justine Higgs, verdad?

—Por supuesto que no —reconoció Rose—, no me gusta para Albus.

—Es Justine Higgs —concluyó Hestia—, sea lo que sea, nunca puede ser bueno. 

—Sí… —Rose se quedó pensando—. También irán los Scamander, porque Hugo habló de invitarlos. Y el hermano de Latika, además de todos los amigos de Louis y creo que un par de amigas de Molly… Medio Hogwarts, verás.

Hestia sonrió peligrosamente.

—Cuantos chismes no saldrá de esa fiesta…

Rose correspondió a su sonrisa.

—Sabría qué tendrías un motivo para ir.

Una lechuza ululó en la ventana y Rose se levantó para ir a recoger la carta que llevaba. Sospechaba que era para Hugo, quien últimamente recibía una cantidad exagerada de correspondencia, pero descubrió que era para ella con una sorpresa. Y que reconocía la caligrafía de la tinta roja, como sangre seca: la misma de una nota que había recibido hacía más de una semana y que aún le daba vueltas la cabeza.

Desató la nota de la pata de la lechuza y se dirigió hasta la cocina para abrirla.

—Mira lo que ha llegado —le dijo a Hestia, abriendo el rollo, que era un pedazo de pergamino mal cortado.

«La venganza está más cerca de lo que parece», rezaba.


Aló!

Pues ya han visto, por el momento Sayuri Ihara está en problemas y lo suyo está lejos de quedar esclarecido… Pueden seguir desarrollando teorías sobre ella. Por lo visto entre Zeller y Savage se encargarán del caso, pero seguro Harry querrá tomar parte… ¿Qué creen que haya sido?

 Sobre James y Liliane, bueno, hablan un poco sobre magia ancestral (¿ustedes están de acuerdo con James?) y se vislumbra otra vez la tensión a la que está sometida Liliane desde lo de Antonin… Estos dos tienen mucha tensión.

Y Rose Zeller se encuentra con un viejo conocido: Dennis Creevey, hermano de Colin, Gryffindor, 1994. ¿Todos lo conocemos? Bueno, pues ya mucho he leído del Dennis post Hogwarts y he encontrado muchos sentimentaloides y uno que mataba Mortífagos (de Martín Lasarte, autor de El Hacedor de Reyes)… Yo he creado a mi Dennis, que acaba de sentar cabeza y va a tener un hijo —que se llamará Colin, cómo no—. Es cazarecompensas y acude a la División de aurores porque han visto a Rowle, ¿se acuerdan de él? —que mató a Colin…, como nadie dijo quien lo mató… pues… se lo atribuí a él—. Pero… un… momento… ¿«se parece a ti»? Se los dejo de tarea.

Finalmente Rose y Hestia. Una quiere ser medimaga y otra dar clases de Encantamientos. A Rose le llega una nota… ¿qué creen que signifiqué?

El título del capítulo es por la canción Somebody that I used to know de Goyte, muy famosa últimamente y se refiere a Rose y a Dennis, una de las cosas más interesantes que pasaron en este capítulo puramente transitorio… (http :// www .youtube. com/ watch ?v= 8UVNT 4wvIGY Sin espacios).

Hasta la próxima.

No sabes nada, Jon Nieve.

Nea Poulain

a 10 de febrero de 2013

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