Vendetta

¿Viva la gloria?

Y mientras una sufre amnesia, los otros son torturados... 


Categoria: Libros > Harry Potter > Vendetta

Genero: Suspenso


autor: NeaPoulain

Slytherin llena de finales agridulces y de historias que contar. Me gusta Theodore Nott y Blaise Zabini. Fan de Johanna Mason. Kirtash es mío.

"Ave maría purísima, me acuso de ser yo por todas partes..." 

Escribo, luego existo

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Vendetta: ¿Viva la gloria?

autor: NeaPoulain

“Little girl, little girl, why are you crying? Inside your restless soul your heart is dying” Green Day


Savage había declarado que no podía quedarse ni medio segundo más mientras leía el informe de los Inefables que le había pasado Zeller sobre la detonación en King Cross cuando se había dado cuenta de que no tenía nada que hacer hasta que Sayuri apareciera. Se suponía que tenían cita a las cinco en punto para una sesión de Legeremancia, porque Savage creía que podía descubrir los recuerdos que no tenía. Sayuri, aquella chica a la que se le había borrado la sonrisa, había faltado.

Savage la entendía. La entendía tan bien…, pero no podía decirle nada, al menos no ese día. Fue en ese momento cuando decidió no molestarla al menos por ese día y ayudar a Zeller con el asunto de la bomba. Agradecía no haber estado presente allí, al menos.

A las diez había declarado que necesitaba descanso y se había marchado. Sin embargo, al pasar enfrente de la oficina contigua a la de Hermione Weasley oyó el ruido y oyó los gritos. Se quedó.

Forzó la puerta con un Alohomora y se encontró con la escena que creyó que nunca vería. Sayuri atacaba a una Hermione que se había atrincherado atrás de un escritorio, confundida, sin saber que pasaba. Cuando vio un rayo de color verde pasar rozando el cabello de Weasley decidió que tenía que parar aquello. De cualquier manera.

—¡Desmaius! —gritó, apuntando a Sayuri, a quien el grito y el rayo color rojo la tomaron desprevenida. Fue lanzada hacia atrás bruscamente y su cabeza pegó fuertemente con uno de los escritorios. Savage suspiró, acercándose a Hermione Weasley mientras se preguntaba que estaba pasando allí.

—Me atacó —dijo Hermione—. Me atacó… ¿Por qué? —preguntó, al aire, evidente sin esperar una respuesta de Savage.

—¿Qué pasó? —preguntó él.

—Ella me atacó, al principio parecía que sólo intentaba aturdirme o causarme daño… pero después…  —respondió Hermione, algo titubeante—. Intentaba matarme, incluso… —Se quedó callada un momento, hasta que su rostro se iluminó y añadió—: Había algo extraño en sus ojos, Savage, estoy seguro… Cuando me acerqué a ella para decirle que era mejor que se fuera me pareció demasiado ausente. 

—¿Ausente? —preguntó Savage mientras su cerebro trabajaba a toda velocidad. Quizá…

Miró a Sayuri, tirada en el suelo, inconsiente. La apunto con la varita y unas cuerdas la sujetaron fuertemente, para que no intentara escapar cuando despertara. Nunca creyó que estaría haciendo eso con Sayuri, la niña de la que le había hablado Cho cuando, radiante, le contó que su hija asistiría a Savage, una de las veces que se encontraron en el Callejón Diagon.

—Hermione… no puedes decirle esto a nadie —le dijo. Pasará lo que pasará con Sayuri, no quería que trascendiera más de lo necesario—. No quiero que la prensa lo sepa. Yo me encargaré de llegar al fondo del asunto…

—No… no parecía ella, Savage, en serio —comentó Hermione, asintiendo—. Sea lo que sea… llega al fondo. Incluso si es culpable.

Ian Savage asintió.

Sayuri Ihara empezaba a despertar.

—¿Qué…? —inquirió cuando se dio cuenta de que estaba atada y que no podía tomar su varita. Su mirada aun parecía confusa, sin embargo, consiguió fijar la vista en Savage, que la mirada atentamente—. Ian… —llamó—, Ian… ¿qué pasa?

Savage suspiró y las palabras que salieron de su garganta le perforaron las cuerdas vocales.

—Sayuri, me temo que tengo que detenerte.

La joven estaba confusa. Demasiado confusa… 

—¿Qué? —preguntó, a punto de echarse a llorar—. ¿Por qué? —volvió a preguntar, con la voz rota.

—¿No lo recuerdas? —le preguntó Savage. Hermione permanecía detrás de él y tenía sentimientos encontrados con aquella joven que les devolvía una mirada aterrorizada, muy diferente a la que le había dirigido antes de atacarla.

—Yo no hice nada —sollozó Sayuri—. Ian… no hice nada…

Ian suspiró.

—Sayuri… tengo que detenerte —repitió.

Quizá, quizá, aquella chica tuviera una oportunidad. Pero muy dentro de él, Savage lo dudaba.

 


 

—Antonin… —murmuró Jezabel, que empezaba a perder, al igual que su novio, la noción del tiempo que llevaban allí encerrados. No pasaba de un día, al menos…, porque acababa de desaparecer el único rayo de luz que les llegaba. Aún era lunes. Lunes dieciocho de diciembre. Y para Jezabel, el día veintinueve—. Antonin… —volvió a murmurar, zarandeándolo, intentando hacer que se despertara para sólo darle más malas noticias—. Antonin… despierta… —le rogó.

Finalmente, el chico abrió los ojos.

—Jezabel… —murmuró con dificultad. Llevaban todo el día sin comer. Se sentían débiles y cansados.

—Antonin… —dijo ella, intentando buscar los ojos del chico en la oscuridad más absoluta—, estoy sangrando.

—¿Qué? —preguntó Antonin, alarmándose.

—Estoy sangrando, Antonin… lo sé, lo noto —respondió Jezabel—. La regla —le murmuró bajito—, y me duele… Antonin.

—Vamos a salir de aquí —le respondió su novio—. Vamos a salir de aquí.

Sonaba a vil mentira, a cruel embuste que, en ese momento, era capaz de creer para aferrarse a un poco de esperanza. Sus lágrimas se habían acabado, dando paso a una desesperación ciega, en la que le había dado paso al instinto, dejando de lado al sentido común.

—Vamos a salir de aquí —respondió Jezabel, dispuesta a creer cualquier cosa y entonces se abrió la puerta.

Antonin distinguió dos figuras corpulentas paradas en la puerta y deseo volverse invisible, que no lo vieran. Deseo con más fuerza que nunca despertar de aquella pesadilla que se estaba volviendo a cada momento más real.

—Levántate —espetó uno de los hombres y lo levantó con brusquedad mientras el otro hacía lo mismo con Jezabel—. ¡Vamos!

La debilidad del chico lo hizo tambalearse, pero aun podía sostenerse en pie. No se resistió mientras lo conducían a toda parte, dejó que lo llevaran sin intentar nada. Ya estaba demasiado débil…

Los condujeron por un laberinto de escaleras y, finalmente, acabaron llegando a una sala más amplia, alumbrada únicamente por la luz siniestra de las antorchas que estaban en la pared. Había dos personas más allí.

A una no se le distinguía el rostro, pero Antonin pudo notar que era corpulento, y viejo, por las arrugas que se notaban en sus manos. La otra persona era una mujer. Una mujer de cabello largo hasta la cintura, desordenado, demasiado delgada, con la piel demasiado pálida, una túnics negra que le quedaba demasiado grande y los pómulos hundidos.

—Morrigan —escupió. Lo supuso, al recordar el cabello de la falsa Jezabel oscureciéndose.

La mujer rió. No parecía demasiado mayor.

—Adivinaste —rió.

Tenía una risa siniestra.

—Y dime… Antonin —dijo ella, acercándose a él—, ¿me darás lo que quiero o tendré que hacerte sufrir? —Ladeó la cabeza de un modo infantil—. Tú… al menos… tienes posibilidad de elección. No como tu madre.

—¿Mi madre?

—¡Oh, no te lo han dicho! —Morrigan fingió sorpresa—. ¿No sabes que yo planee su muerte? ¿Qué yo me aseguré que no estuviera nadie más que ella soa en su casa antes de mandar a alguien —dirigió una elocuente mirada a las dos figuras encapuchadas que lo inmovilizaban a él y a Jezabel— a matarla?

Furia, eso es lo que pudo sentir, ascendiendo por su garganta.

—¡Tú! —exclamo, pugnando por liberarse, sin conseguirlo—. ¡Era mi madre! —le recriminó, recordando la carta de Liliane, el cuerpo de su madre en el féretro, sus ojos cerrados, como si durmiera y la mancha que cubría su pecho y su espalda y que apestaba a piel quemada… Su madre, que no había merecido morir.

Morrigan rió.

—Morrigan —la llamó el otro hombre, que se había quedado detrás de ella—, deja de jugar con los prisioneros.

—Como digas… —asintió ella, realizando una pequeña mueca de disgusto—. Así que… Antonin, dime, ¿me darás de tu sangre voluntariamente para terminar con aquello que empecé cuando tu madre murió? Tú decide… —Morrigan sonrió de una manera espeluznante—. De igual forma conseguiré lo que necesito.

El interior de Antonin estaba dividido. Una parte quería terminar con aquello y evitar el sufrimiento, gritándole que aceptara, y la otra… la otra le recordaba los ojos de aquella falsa Jezabel diciéndole que lo había engañado, la carta de Liliane a medianoche con aquel «…nuestra madre ha sido asesinada» y el funeral interminable…

—No te lo daré… —murmuró. Los ojos de Morrigan destellaron con un brillo peligroso con una chispa de locura y Antonin deseo poder arrepentirse, pero su orgullo no se lo permitía. No frente a los asesinos de su madre.

—Antonin… —murmuró Jezabel, detrás de él, con miedo…

—Zabini —repuso Morrigan—. ¿Cuánto eres capaz de aguantar?

Sintió que el hombre que lo sostenía lo había soltado y se tambalea por la debilidad… Entonces, vio la varita levantada de Morrigan. Lo siguiente, fue el dolor.

—¡Crucio!

Nunca había sentido nada igual, nunca había imaginado que pudiera existir un dolor así. Y cuando cayó al suelo, como si fuera sólo un bulto y oyó el grito horrorizado de Jezabel, supo que no había nada peor en el mundo. Era como si le estuvieran rompiendo todos los huesos de su cuerpo uno a uno, como si le estuviera quemando la piel.

Y entonces, de improvisó, terminó, dejó de convulsionarse, dejó de sentir el dolor. Sintió ganas de vomitar e intentó levantarse, pero ni siquiera fue capaz de eso. «Por favor…», rogó interiormente, «no más». No quería volver a sentirlo, su mente

—¿Sabes cómo pude imitar a Jezabel? —preguntó Morrigan, con voz juguetona, por encima de él.

Antonin no contestó.

—¿Sabes cómo pude engañarte? —volvió a decir Morrigan—. ¿No sientes curiosidad? ¿No quieres saber cómo fue qué supe qué decirte estando contigo y cuándo? —y entonces se puso en cuclillas mientras cargaba algo en la mano—. ¿Sabes qué es esto?

«Una bola de cristal», quisó contestar Antonin, pero la voz no le salió.

—No es una bola de cristal cualquiera —le dijo Morrigan, con la voz suave—. Es un óculo… puedo ver el presente… puedo ver a dónde yo quiera… Por ejemplo… —Pasó la mano por encima del óculo al tiempo que el humo se movió y le daba paso a una imagen.

Una imagen en la que aparecía Liliane, su hermana, junto a su padre.

—¿Es tu hermana, no? —preguntó Morrigan, con un tinte peligroso en la voz—. ¿Qué crees que podría pasarle a ella…? ¿Un secuestro? ¿Un accidente lamentable que ocasionara su muerte? ¿Un asesinato?… —dejó las posibilidades abiertas y entonces Antonin comprendió lo que le estaba diciendo.

Le estaba enseñando a su hermana, vestida de negro, junto a su padre, que aún seguían libres. «Desearía estar allí», se dijo. Le estaba poniendo la cartas sobre la mesa: la sangre de Antonin o Liliane. Y él quería a Liliane. De verdad la quería. Era su hermana, sangre de su sangre…

—Así que, niño estúpido —espetó Morrigan—. ¿Esta vez me darás tu sangre?

Antonin asintió.

Morrigan se puso en pie y se acercó a la mesa que era el único mobiliario en toda la habitación.

—Tráelo —le ordenó al hombre que lo había sujetado cuando habían entrado. El hombre encapuchado obedeció y levantó a Antonin como pudo y lo arrastró hasta la mesa. Tuvo que seguir sujetándolo porque, de otro modo, el adolescente se habría caído.

Antonin oyó gritar a Jezabel una vez más y rogó porque a ella no le pasara nada. «Por favor», pensó, «por favor, que no le hagan nada». Vio a Morrigan sacar la daga al tiempo que aquel hombre encapuchado le levantaba la manga derecha de la camisa. Cerró los ojos al sentir la fría hoja de la daga sobre su piel. Morrigan le hizo un corte a lo largo de todo el antebrazo. Dolía, claro…, pero era la gloria si lo comparaban con lo que ya había sufrido. No se parecía a la cruciatus, no se acercaba, si quiera.

Y vió a Morrigan dejar caer las gotas de sangre sobre un pergamino mal recortado en que distinguió el nombre de su padre, seguido de otras palabras que no alcanzó a leer.

—El ingrediente final —murmuró Morrigan, con una sonrisa fiera y cruel—: sangre de su sangre…

El pergamino brilló por un instante. 

Después se apagó.

Morrigan se acercó a Jezabel.

—¿Y tú, niña? —le preguntó—. ¿Tendré que tomar tu sangre a la fuerza…? —se interrumpió al ver una gota de sangre caer de entre las piernas de Jezabel—. ¿Qué?

—¿Pasa algo, Morrigan? —inquirió el hombre que había estado parado, impadible, al lado de la mesa, todo el rato, sin intervenir.

—¡Ella tiene el periodo! —espetó Morrigan, señalando a Jezabel—. ¡No puedo engañar a la magia de esa manera!

Antonin no entendió nada.

—Déjalo para después —sugirió el otro hombre.

El piso giraba, estaba mareado…

Morrigan se encogió de hombros.

—No te escaparás niñita —espetó, poniendo su rostro a centímetros del de Jezabel—. Llévenlos de vuelta a su celda —ordenó de mal humor. Sin embargo, antes de que el hombre que llevaba arrastrando a Antonin saliera de la habitación lo detuvo y le tomó la mano al chico.

—¿Ya te quedó claro que yo siempre obtengo lo que quiero? —susurró hoscamente en el oído de un Antonin que perdía el conocimiento por momentos. Entonces, sonó un «¡crac!» bastante claro y Zabini sintió el dolor. Morrigan le había roto el dedo índice de la mano izquierda.

Dejó que lo arrastraran sin quejarse porque ya no tenía fuerzas para nada y antes de perder el conocimiento por completo oyó la voz de Morrigan diciendo algo parecido a «pronto seremos más».

Después no hubo nada. Sólo oscuridad, bendita oscuridad.

 


 

El pergamino brilló por un momento y Liliane, junto con su padre, fue capaz de verlo. Brilló sólo un momento. Blaise Zabini supo lo que significaba antes de que Liliane fuera capaz de atar cabos y sacar conclusiones.

—Han cerrado el hechizo… —murmuró Blaise Zabini—. Tienen la sangre de tu hermano.

Liliane suspiró, dejándose llevar por la desesperación.

«Sea lo que sea…, está sobre nosotros», pensó.

Deseo tener cinco años para que su padre la abrazara y la consolara mientras lloraba. Pero tenía diecinueve y se mantuvo impasible mientras la desesperación la mataba por dentro.

 


 

Bonjour!

¿Qué tal?

En fin, no vimos en primer plano la pelea de Sayuri y Hermione (lo lamento, pero necesitaba introducir a Savage en la escena y de todos modos no importaba mucho verlas lanzándose hechizos mientras Hermione estaba preguntándose como es que Sayuri la atacaba). ¿Ustedes se lo preguntan? , ¿por qué creen que lo hizo?, ¿cuál es su versión de los hechos?, ¿qué piensan de Sayuri?, ¿creen que sea mala?, ¿buena?, ¿qué este confundida?, ¿algo más?

Seguimos con una escena larguísima de Jezabel y Antonin. No han comido y llevan más de veinticuatro horas en cautiverio (de la tarde del domingo a la noche del lunes). Jezabel tiene un pequeño problema… (oigan, en normal que el pase eso a una mujer… ¿que no lo ven en los libros? Pues sus libros necesitan más realismo) y bueno… pues… pasa lo que pasa. Angst, para no variar. ¿Para qué necesitan la sangre de Antonin y Jezabel? ¿Por qué Morrigan no puede realizar el «ritual» con Jezabel? ¿Por qué tiene un óculo? Y sobre lo último que escuchó Antonin (pobre chico…), ¿«pronto seremos más»? ¿Qué pasa allí? ¿Nuestros chicos saldrán vivos? ¿Muertos? ¿No saldrán?

Y bueno, una escena pequeña sobre Liliane, que empieza a derrumbarse, la pobre. No puede con todo.

En fin, sobre la canción, es la primera vez que repito grupo: Green Day, del mismo álbum que la vez pasada: 21st Century Breakdown y la canción es ¿Viva la gloria? (Little Girl). La primera estrofa («Little girl, Little girl why are you…») encaja con Liliane y con Sayuri. Con Jezabel también quizá. (http s :/ / www. youtube. com/ watch? v= DG_jYa IBXFw Sin espacios)

¡Hasta la que viene!

(Los que leen anónimamente, no olviden comentar, me gustaría saber que piensan de toda esta locura)

Ave María Purísima: me acuso de ser yo por todas partes.

Nea Poulain

a 27 de enero de 2013

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