Vendetta

Desesperanza

Y esos dos adolescentes desaparecieron como humo, y los demás se quedarón allí... sin otra ocupación que buscarlos.

Y no encontrarlos. 


Categoria: Libros > Harry Potter > Vendetta

Genero: Suspenso


autor: NeaPoulain

Slytherin llena de finales agridulces y de historias que contar. Me gusta Theodore Nott y Blaise Zabini. Fan de Johanna Mason. Kirtash es mío.

"Ave maría purísima, me acuso de ser yo por todas partes..." 

Escribo, luego existo

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Vendetta: Desesperanza

autor: NeaPoulain

“Mi cuerpo no se puede sostener, he quedado inerte sobre el suelo; esperare que alguien me lance al profundo abismo...” Anabantha


Theodore Nott estaba mirando el rostro inerte de su esposa que no despertaba desde hacía días. Podría incluso estar muerta. Rose Zeller la había examinado, por supuesto, pero no le había dicho nada. Sin embargo, él sabía que habían atacado con magia negra, cualquiera podía sentirlo. Y ahora… ahora Jezabel, una réplica de Daphne, había desaparecido. No la deberían de haber dejado sola en casa. Emmanuel estaba con él desde la mañana, pues el día anterior habían llegado a casa, procedentes de Hogwarts. Jezabel, en cambio, había estado en casa hasta que los elfos la habían visto salir, sobre las once. Uno de los elfos le había dicho que al parecer tenía una cita con Antonin Zabini a las cinco…, pero que no había regresado. Evidentemente, nadie había burlado las protecciones de la mansión. Se la habían llevado estando fuera.

—¿Hay noticias? —preguntó Emmanuel.

Theodore Nott alzó una ceja. Por supuesto que no las había, de haber aparecido Jezabel habrían vuelto los aurores. Pero no, allí no había ni un sólo auror y Jezabel estaba igual de desaparecida que quince minutos antes. Por supuesto que no había noticias. Ni buenas, ni malas.

—No —respondió escuetamente.

Salió al pasillo. No soportaba mirar a Daphne, preguntándose por qué le habían hecho aquello. Ni siquiera podía sentirse afortunado porque su esposa estuviera viva y la de Zabini muerta aunque habían sido atacadas exactamente igual… ¿Quién podría alegrarse por eso? Un estúpido, por supuesto. Además, Pansy era una vieja amiga… o algo así.

Y sobre Jezabel…; quería ir y retorcerles el cuello a los aurores, decirles que eran unos completos ineptos y después encargarse de buscar a su hija él mismo. Pero no, no lo haría. No iba a arriesgar su vida hasta que no supiera que, al menos, saldría victorioso llevándose por delante a los secuestradores de Jezabel, esos que se habían atrevido a llevársela sin tener ni idea de con quien se estaban metiendo.

Necesitaba despejarse, dejar de pensar, dejar de imaginarse a aquellos sujetos sin nombre retorciéndose en un charco de sangre sobre el suelo y suplicando por su vida. Caminó por el pasillo balanceando el bastón que llevaba. Odiaba que las situaciones lo sobrepasaran. Le gustaba tener todo calculado, que todo marchara como él quería… y aquello no era precisamente tenerlo todo calculado.

—¡Señor Nott! —llamó alguien detrás de él.  Se dio la vuelta y se encontró con una enfermera de no más de treinta años, con la nariz demasiado grande. Se limitó a alzar una ceja y, la enfermera, al ver que no pensaba decir nada le tendió un sobre—: Estaba en la recepción esta mañana… no saben por qué llegó aquí. —El sobre rezaba «Theodore Nott»—. Nadie ha podido abrirlo y…

—Gracias —la interrumpió Theodore, harto de oír su voz y le dio la espalda mientras abría el sobre. Dentro sólo había un pergamino.

«Iremos por ti, Theodore Nott».

Y entonces, al tomar, lo sintió. Sonrió alzando la ceja mientras se dirigía de nuevo a la recamara en la que estaba su hijo Emmanuel sentado en una silla demasiado dura, y su esposa, postrada en cama.

—Mira —le dijo a Emmanuel, tendiéndole el pergamino.

Emmanuel lo leyó atentamente.

—¿Se lo mostrarás a Zeller? —preguntó su hijo—. Según ella cualquier cosa podría ser un indicio para atacar al culpable…

Theodore Nott se encogió de hombros.

—Quizás. —No, no lo haría—. ¿No lo sientes? —preguntó.

—¿El qué? —inquirió a su vez Emmanuel.

—Nada…

Por supuesto que no lo sentía. ¿Cómo iba un adolescente de diecisiete años a sentir el poder de la magia ancestral en aquel pergamino? Daba igual que se la mostrara a Zeller o no. Aquel pergamino no los llevaría a quién había atacado a su esposa y, además, la maldición que estaba sobre él —cualquiera que fuera—, no tendría solución. La magia ancestral no tenía un contra hechizo… Y Zeller, tan sangresucia como era, no iba a ser capaz de sentir nada… su instinto únicamente le diría que aquel pergamino estaba embrujado.

Theodore Nott alzó la ceja mientras en silencio, juraba llevarse por delante a los idiotas que se habían llevado a su hija.

 


 

Tenía ganas de romper algo. De estrellar el jarrón azul de su madre que estaba sobre una de las cómodas, justo enfrente del espejo y dejarlo irreconocible, hecho pedacitos. Tenía ganas de golpear el espejo con el puño y dejarse los nudillos rojos y sangrentes, junto con arañazos en los brazos. Ganas de arrojar la vajilla de porcelana contra la pared y mirarla caer, hecha pedazos. Ganas de todo eso y aún más.

Antonin había salido antes de las cinco… y simplemente no había vuelto. Llevaba más de doce horas desaparecido y nadie sabía dónde estaba. Hanna Longbottom, la dueña de El Caldero Chorreante, había declarado que lo había visto en el local más o menos a las cinco menos diez, pero que no lo había vuelto a ver. Más que eso, no tenían. Eso y una carta de Jezabel que habían encontrado en su recamara en la que la chica le decía que lo vería en la entrada de El Caldero Chorreante a las cinco.

Les habían tendido una trampa a los dos.

Una trampa… Joder. Joder. ¿Dónde estaba su hermano? ¿Dónde estaba Antonin? No se lo había creído cuando su padre le había dado la noticia. Lo había llamado a gritos hasta que su padre, con la mirada resignada le había dicho: «Liliane, no está».

Primero su madre. Luego su hermano. Con una semana exacta de diferencia. «Hijos de puta», pensó.

—Liliane… —llamó su padre, sentado en la mesa—. Hoy Zeller me regreso el pergamino que encontré junto al cadáver de Pansy.

Liliane dejó de dar vueltas por el enorme comedor en el acto y se acercó a su padre que, avejentado más de diez años desde la muerte de Pansy Zabini, le tendió un pergamino. Uno idéntico al que había estudiado incontables veces con James y que, sin embargo, no tenía ni rastro de magia.

—Por alguna razón —comenzó Blaise—, no tiene ni rastro de magia ancestral. Y estoy seguro de que el original tenía ese rastro la primera vez que lo agarre…

—Yo…

—Lo sé —atajó su padre—. Y te entiendo.

—Tú… —empezó Liliane, más nerviosa que de costumbre—, tú… ¿puedes sentir la magia ancestral?

—Por supuesto… —Blaise sonrió—. Las protecciones de la mansión dependen de mí, y desde la primera vez que me encargué de ellas, siento la magia ancestral. Ese pergamino tenía… —Blaise suspiró—. Cuando realices magia ancestral alguna vez entenderás que se siente, quizá cuando tengas hijos, una casa propia.

Liliane asintió.

Aquel hombre de cuarenta y tres años, con arrugas en la frente, no parecía su padre, el que la prefería por encima de Antonin y le hablaba de los negocios familiares que nunca iba a heredar y le contaba historias escalofriantes, siempre con una sonrisa en el rostro, como si todo fuera una broma, no era su padre. Su padre le contaba historias de fantasmas que arrastraban cadenas en el ático de la mansión Zabini que nunca sería suya y que no la dejaban dormir por días, hasta que comprendía que sólo era una mentira. No se parecía a su padre, que trabajaba en el Winzengamot. Se estaba dejando arrastrar por las circunstancias, por la pérdida de su esposa, por la desaparición de Antonin.

Joder.

—Yo… —empezó—. Tengo que irme.

Blaise asintió.

Liliane se puso en pie y empezó a caminar hasta la salida de la mansión Zabini, dispuesta a aparecerse lo más pronto posible en el departamento de James Potter, rogando que no hubiera nadie más que el chico pelirrojo. Necesitaba evadir su mente.

Trabajar en aquel pergamino quizá funcionase. Quizá no.

Le daba igual. Quizá le quitara las ganas de sepultar en escombros su propia casa, de romper todos los espejos y de arañar las paredes.

 


 

Tenía suerte. Frank no estaba y Fred estaba con su padre porque al parecer a Sortilegios Weasley no le bastaba tener una matriz en el Callejón Diagon y otra en Sortilegios Weasley y estaban buscando abrir otra sucursal más en Irlandia, Merlín sabría dónde. Ni siquiera le interesaba y ni siquiera agradecía el intento de James Potter por distraerla, era demasiado penoso. Cuando llevaban una hora entados en la alfombra Liliane se desesperó.

—Potter, déjalo. No logras distraerme.

Demasiado directa, quizá un poco más esa vez, cómo siempre.

—La intención era buena —argumentó él.

—Déjalo —espetó ella—, joder. No quiero saber si Sortilegios Weasley va a tener una sucursal en Irlanda…, no me interesa lo que cocinó tu abuela en la mañana y no me interesa que Fred Weasley esté vuelto un idiota por Dahlia McLaggen porque ninguno de los dos me cae bien. —«Y contigo sólo trabajo porque eres bueno para las maldiciones, aunque últimamente no seas de ninguna ayuda».

—Maldición… Liliane… Sólo intento ser amable —le espetó él.

—No es necesario.

Ella se volvió a concentrar en el libro que tenía delante que hablaba sobre las utilidades de los Objetos Gemelos que James le había conseguido en Flourish & Blotts, pero James se lo quitó de enfrente.

—¡¿Qué…?! —exclamó ella.

—El punto es —empezó James—, que ni siquiera estás concentrada en lo que estás leyendo en este momento. —Cerró el libro de un plumazo—. Ha salido la noticia en todos los periódicos. Incluso El Quisquilloso lo comenta… junto con una suposición de que todos estos ataques podrían ser una conspiración instigada por unos misteriosos encapuchados con fuerte aliento a ajo y dientes de un nauseabundo verdes. —Respiro hondo y Liliane pensó que aquel no era el mejor ejemplo porque si de algo carecía El Quisquilloso era de lógica básica y de credibilidad—. Es demasiado. Lo de tu madre, lo de tu hermano. Y no deberías esconderlo. Ni evadirlo.

—No me des lecciones de comportamiento —espetó Liliane, poniéndose en pie, dándose cuenta de que allí tampoco lograría evadirse.

—No te las estoy dando —le respondió James—, pero sé por qué estás aquí y es la primera lección en la academia de aurores: ¡no dejes que el odio te ciegue! No llegarás a ninguna parte así.

Quizá tenía razón.

Pero antes muerta que dársela.

—Joder —murmuró Liliane—. Joder —volvió a decir está vez más fuerte—. ¿Por qué Antonin? ¿Lo sabes? —James negó con la cabeza—. ¿Por qué él? Ni siquiera sé si está vivo —y de pronto, dejó de hablar. No quería derribar su muralla frente a James Potter. Quería dejarla caer cuando estuviera sola, cuando no hubiese nadie enfrente que la cuestionara por ser tener poca compostura, por ser demasiado fría, demasiado cerrada.

—Lo sé… Liliane…

—Qué vas a saber tú si tu madre no fue asesinada y tu hermano secuestrado —le espetó y estaba vez tenía razón. James abrió la boca y volvió a cerrarla sin saber que decir.

Finalmente, los dos parados, uno frente al otro, sin atreverse a dirigirse la mirada, con Liliane deseando llegar a la chimenea y largarse directo a la mansión Zabini, de donde había huido hacía tan solo unas horas. Finalmente, James dijo algo.

—¿Serías capaz de matar a los secuestradores de tu hermano? —aquella pregunta parecía que llevaba corroyéndolo un rato por dentro, instigada a salir de su garganta por el morbo.

Liliane se le quedó mirando mientras pensaba qué respuesta esperaba oír. Quizá un sí. Quizá un no para constatar que Liliane y él no eran tan diferentes; pero si pensaba aquello último estaba equivocado. Liliane y él eran tan diferentes como el aceite del agua. Él la ayudaba por curiosidad y por su sentido de la justicia…, y ella, ella buscaba venganza por odio ciego, por una ira que se había alojado en su cuerpo y pugnaba por salir.

—Por la familia —respondió, finalmente, cuidando sus palabras—, cualquier cosa.

«Hasta un Avada Kedavra».

 


 

Despertó. Estaba adolorido. Muy adolorido. Como si le hubieran lanzando undesmaius que lo había mandado contra la pared y luego lo hubieran zarandeado. Lo primero que buscó fue su varita y no la encontró. Por un momento sintió pánico y luego recordó. Recordó a la falsa Jezabel, que lo había engañado, actuando tan bien como su novia… su Jezabel. Le dio vueltas la cabeza, ¿dónde estaba?, ¿dónde estaba Jezabel? Se puso en pie, porque el suelo no era muy cómodo e intento ubicarse, aun cuando sentía raro no tener varita.

Estaba en una habitación mugrienta, con una pequeña ventana, tapada por un tablón de madera mugriento, por la que se colaba un rayito de luz. Era de día. Dos metros cuadrados, quizá. No más. Apenas si alcanzaba a ver en la penumbra. Entonces, distinguió el catre en una esquina y al cuerpo que estaba allí. Cabello castaño desparramado… se acercó, casi seguro de quien era. Y cuando logró distinguir el rostro se encontró con Jezabel Nott. La verdadera Jezabel.

—Jezabel… —murmuró—, Jezabel… —La zarandeó un poco, pero no logró despertarla—. Joder… Jezabel. —Sintió como le temblaba la voz, por el terror que lo estaba invadiendo, a cada segundo un poco más. No tenía su varita y… maldición, no recordaba nada de la tarde anterior. Sólo a aquella falsa Jezabel que había dicho llamarse Morrigan.

Maldición. No soportaba la incertidumbre, no soportaba estar allí, sin varita y saber que le habían tendido una trampa. Una vil trampa. Ni siquiera se había dado cuenta hasta que aquella falsa Jezabel se lo había dicho y entonces ni siquiera había atinado a sacar la varita y en ese momento estaba encerrado en aquel mugriento lugar, sin su varita… con Jezabel.

—Jezabel —volvió a llamar, esta vez más fuerte—. Jezabel. —y Jezabel no despertaba. Se quedó mirándola, intentando distinguir sus rasgos a través de aquella penumbra que lo inundaba todo y apenas si pudo distinguir la nariz aguileña de la chica—. Jezabel —volvió a decir y esta vez ella abrió los ojos.

Desorientada, al principio, luego, empezó a caer en la cuenta de lo que había pasado; empezó a caer en la cuenta de que no estaba en ningún lugar conocido y que aquel catre no era su mullida cama. Abrió mucho los ojos mientras buscaba su varita y miraba a Antonin con el pánico pintado en su expresión y en sus ojos, en cada movimiento que hacía.

—Antonin… —murmuró, con miedo—, ¿dónde estamos?

—No lo sé… —reconoció él. No quería decirle que alguien lo había engañado y se había hecho pasar por ella. No quería decirle que no tenía ni idea, siendo cruelmente realista, de si iban a volver a ver la luz del sol o de si seguirían vivos para navidad. Quién sabe. A ella, precisamente a ella, no quería decirle nada de aquello. Por una vez iba a dejar su cruel sinceridad al lado.

—Antonin… —murmuró ella—, iba a comprarte un regalo… por eso salí temprano pero… Antonin —ella seguía confundida—, nunca llegué a la tienda. Sólo sentí ese tirón en el brazo y…

Pareció comprenderlo de pronto y por un momento no dijo nada. Vio en todas direcciones, intentando ubicar donde estaba, pero sólo aquel mugriento cuarto desconocido le devolvió la mirada. El pánico la rebasó y Antonin sólo atinó a arrodillarse junto al catre y rodearla con los brazos, en un intento de abrazo destinado a confortarla. Aunque en aquella situación no tenía idea de que decirle…, como consolarla. Ni siquiera él sabía si vivirían… 

Entonces, Antonin Zabini vio lo que nunca creyó que vería.

Jezabel Nott se echó a llorar.

 


 

Hallo!

Conocemos a un Theodore Nott de cuarenta y tres años (como me ha costado trabajo), con su hija desaparecida y su esposa en coma. Sueña con la venganza… aunque ni siquiera sepa el motivo por el que se llevaron a su hija. Y le ha llegado una nota… ¿por qué?, ¿les recuerda a alguien? (yo sé que sí). Menciona a la magia ancestral y por qué los más jóvenes no la sienten… ¿qué hará con la nota?, ¿se la dará a Zeller?, ¿no se la dará?

Liliane se empieza a sentir desbordada por toda su situación, pero su orgullo —maldito orgullo— puede más que ella. Blaise parece que sabe qué hace su hija y le da su apoyo mientras ella se pregunta dónde está Antonin. Es su hermano y lo quiere, aunque él la moleste. Y James intenta animarla pero en vista de que no funciona… bueno, ya ven. ¿Qué cree que pase con Liliane?, porque ahora hemos conocido un trasfondo más oscuro de ella, mucho más oscuro de ella, con esta situación. Su madre y su hermano con una semana de diferencia.

Y por otro lado, Antonin… tiene miedo, y es normal. No sabe qué va a pasar con él. ¿Qué cree que pase con él? ¿Morirá? ¿Vivirá? What? ¿Para qué lo quieren?, ¿por qué lo secuestraron? Bla, bla, bla. Por otro lado, Jezabel… vamos, que tienen miedo. Mucho mucho mucho miedo, ¿quién no lo tendría?

Para el próximo capítulo vuelven dos tramas que estos dos quedaron un poco aparte —es un fic coral, recuerden— y demás cosas. Espero que hayan disfrutado este y a todos los que leen anónimamente me gustaría leer de vez en cuando un comentario, no sé si lo estoy haciendo bien.

La canción del capítulo es de un grupo llamado Anabantha —muy bueno, por cierto— y se llama Desesperanza y le queda como anillo al dedo a todo el capítulo. Eso es lo que embarga a Theodore, a Liliane y a Antonin: la desesperanza. (http : / / www .youtube .com /watch ?v= FnBdtmlKhbI Sin espacios)

Y por si acaso…

¡Oye mi rugido!

Nea Poulain

a 21 de enero de 2013

(el fatídico día de la vuelta a clases)

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