Vendetta

Trouble is a friend

Los problemas acechan a la puerta de la esquina y no se hacen esperar, por nada, ni por nadie.

Nadie está a salvo.


Categoria: Libros > Harry Potter > Vendetta

Genero: Suspenso


autor: NeaPoulain

Slytherin llena de finales agridulces y de historias que contar. Me gusta Theodore Nott y Blaise Zabini. Fan de Johanna Mason. Kirtash es mío.

"Ave maría purísima, me acuso de ser yo por todas partes..." 

Escribo, luego existo

@NeaPoulain en twitter

Vendetta: Trouble is a friend

autor: NeaPoulain

“Trouble will find you no matter where you go, no matter if you're fast, no matter if you're slow” Lenka


James se había puesto demasiado tenso y nervioso cuando había escuchado la noticia del ataque en King Cross. ¿Quién no lo habría hecho pensando que sus familias estaban allí y que corrían riesgo? Y había oído la lista de víctimas y se había asegurado de que nadie conocido estuviera allí y entonces había respirado hondo y profundo de alivio. ¿Quién no lo habría hecho al saber que ninguno de sus familiares había sido herido? Se sentía mal por sentirse feliz, pensando que había otros que quizá no habían tenido tanta suerte. Se sentía egoísta y no podía evitarlo. No le tomó más de cinco minutos aparecerse en la entrada de la casa de sus padres, cerca del centro de Londres y entrar.

Los encontró en el comedor, a sus hermanos y a su madre, con la radio encendida. Su madre, al verlo, se puso en pie y lo saludó con un abrazo. Su hermana le sonrió y Albus le dirigió un asentimiento. Albus era, de sus hermanos, con el que menos se llevaba por todos los errores que habían cometido ambos cuando Albus fue sorteado Slytherin. Desde entonces se llevaban bien… pero…, no tan bien como James hubiera deseado.

—Están todos bien —comentó y se dio cuenta de que hasta ese momento había estado dudándolo, incluso después de oír la noticia en la radio. Se dio cuenta de que la duda le había subido por la tráquea y se le había quedado atascada en la garganta hasta que los vio a los tres allí sentados, en perfectas cpndiciones—. ¿Y papá? —preguntó, imaginando la respuesta.

—Hay demasiado trabajo en la División de Aurores —le respondió su madre, Ginny Potter—. Con lo del ataque y… no sé si lo has oído ya…

—¿Qué? —preguntó James, con curiosidad.

—Está mañana encontraron muerto Horace Slughorn —soltó Albus, de improviso—. Dieron la noticia hace poco. Por la radio…

Lily asintió dándole la razón.

—No era mi profesor favorito pero… —dijo, con una mueca que se asemejaba a la tristeza—, pero siempre nos invitaba a sus cenas.

James asintió, sin saber qué decir. Horace Slughorn le importaba un rábano en ese momento. Su familia estaba bien: sana y salva después de un ataque a King Cross.

 


 

Ese día llegó antes de lo acostumbrado, con su vestido negro de tirantes y su abrigo largo, que le protegía del frío infernal de Londres y de Lancashire. Llegó con la cabeza altiva, como siempre, y ni siquiera se dio cuenta, al pasar por enfrente, que él estaba sentado en el salón de invierno con su túnica negra, de luto. Ni siquiera le dirigió una mirada, como nunca lo hacía, porque a veces lo consideraba una sabandija más. Pero él sí la notó, él si vio lo turbio de sus ojos, cubierto de fría determinación, la altivez de su cabeza y su paso apresurado, como si alguien hubiera deshecho sus planes.

—Liliane —llamó, cuando ella ya había pasado a su lado sin fijarse en él—, sé que tramas algo —soltó, sin ningún tipo de anestesia. Por supuesto, se fijó en el pequeño sobresalto en la expresión de Liliane que nadie que no la conociera lo suficiente podría advertir.

—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó ella, cuidado su tono, poniendo la cara inexpresiva de nuevo.

—Oh, no lo sé… que sales a determinadas horas… que no hablas con nadie… —empezó a enumerar él—, que estás demasiado hermética. —Se encogió de hombros—. No es lo normal.

Liliane se encogió de hombros.

—A ti no te voy a dar explicaciones —espetó de mal humor.

«Se puso a la defensiva», pensó Antonin. «Bien, ¿qué tiene que esconder?»

—¿Está relacionado con la muerte de mi madre? —preguntó abruptamente, dándose cuenta de que, aunque fuera descabellado, encajaba.

Liliane lo negó todo demasiado pronto, demasiado rápido y demasiado abruptamente. Su muro de indiferencia se estaba derribando. Antonin era el único capaz de lograr aquello algunas veces.

—¿Qué te hace pensar eso? —le espetó de mal humor—. Ni siquiera estoy tramando nada.

«Oh, no, por supuesto que no», pensó Antonin, con sarcasmo, justo cuando ella se dio la vuelta para irse y se dirigió a la salida del salón de invierno con paso duro y certero. Él tuvo una idea de cómo molestarla.

—¿La tienes? —le preguntó, con una sonrisita en los labios. Ella se dio la vuelta, sin entender.

—¿Tengo qué? —inquirió.

—Oh… ya sabes… —le dijo Antonin gesticulando exageradamente—. Eso de las mujeres. La regla, menstruación, lo que las hace estar insoportables…

Liliane se dio la vuelta y siguió caminando, sin responder.

Antonin esperaba que escuchara su carcajada hasta el vestíbulo.

 


 

Estaba con Roxanne en la tienda. Ella estaba entada detrás del mostrador sobre el suelo, mientras él y su padre atendían a toda la clientela. Después de la noticia del accidente la mayoría se había dispersado, pero algunos se habían quedado por insistencia de sus hijos. A Fred le gustaba estar allí en la tienda, pero no era a lo único que aspiraba en la vida a pesar de que a su tío Ron y a su padre les iba muy bien inventando nuevos artículos. Sin embargo no tenía demasiadas ideas de que quería hacer en la vida y ya tenía diecinueve años.

—Yo ni siquiera estaba cerca de la explosión… estaba con Kate —contó Roxanne mientras dibujaba en el pergamino que tenía sobre las rodillas—. Pero fue… caótico. Muy caótico.

—Pues me alegro de que estés bien —le respondió Fred. Casi no parecían hermanos, a pesar de que compartían los mismos rasgos: la piel de Roxanne era más oscura y su cabello era casi negro. La primera Weasley que no era pelirroja en generaciones de magos—. Yo estaba solo en la tienda cuando dieron la noticia y, te lo aseguro, no fue nada demasiado emocionante esperar a que anunciaran a las víctimas, pensando que el nombre de alguien de la familia podría estar allí.

Roxanne no dijo, nada, sólo se encogió sobre el pergamino, mientras seguía dibujando algo que parecía un hada de esas que salían en los libros que su tía Hermione les había regalado cuando eran niños.

—¡Eh, Fred! —le llamo su tío Ron, que había engordado un poco con el paso de los años—. Hay una lechuza que trae una carta para ti y al parecer se niega a entregársela a alguien a quien no seas tú.

Fred asintió y se dirigió al almacén de la tienda mientras Ron se quedaba en el mostrador.

No había nadie en el almacén: sólo estaban las cajas de mercancía que pronto saldrían a la venta, cuando la que estaba en exhibición se terminara y la lechuza marrón con un sobre en la pata que rezaba «Fred Weasley». Una lechuza marrón bastante fea, a la opinión de Fred. Desató el sobre de su pata y la lechuza salió volando por la ventana más próxima lo más rápido que pudo.

¿Quién le mandaría una carta?

Abrió el sobre y tiró el papel al momento. Quemaba. Quemaba demasiado. «Maldición flagrante», comprendió cuando se agachó a ver lo que estaba escrito con tinta roja oscura en aquel pergamino, tan parecido al color de la sangre seca.

«Venganza», leyó mientras veía como el pergamino se iba consumiendo poco a poco hasta desaparecer. Cuando volvió al mostrador ya sólo quedaba un rastro de cenizas en el piso del almacén.

—¿Quién te enviaba una carta? —le preguntó Roxanne—. ¿Dahlia McLaggen acaso, esa chica rubia con la que tonteas?

—Nadie —respondió Fred hoscamente, sin comprender el propósito de un pergamino que quemaba al tacto y que decía «Venganza». ¿Quién querría vengarse de él?—. No era nada.

Roxanne se le quedó mirando, pero no preguntó nada más. Y aunque lo hubiera hecho él no pensaba responderle.   

 


 

Hablar con Sayuri no era de ninguna ayuda. No parecía ella. Lloraba todo el tiempo, cuando antes había sido toda sonrisas y estaba demasiado cerrada a la gente. Eran las secuelas del secuestro, claro, y no había nadie en lo que la ayudaran, por más que su madre lo intentara de todas las formas. Hermione Weasley, mujer con la que apenas había cruzado tres palabras, se le acercó un día para preguntarle si era adecuado que le concedieran un ascenso en aquellas circunstancias, un ascenso que ya era suyo desde antes de que la secuestraran. Savage no había tenido idea de que responder. Quizá fuera bueno, quizá malo, pero eso solo dependía de Sayuri Ihara, aquella chica.

Le habían borrado la memoria y le habían alterado los recuerdos. No recordaba cómo había huido, o como la habían liberado. Había vacíos en su memoria y Savage sabía que recordaba cosas traumáticas. Incluso le habían hecho el Cruciovarias veces. La había mandado con los medimagos, para asegurarse de que no había secuelas graves de aquello. Sin embargo, en todos sus recuerdos no había ningún rostro… nada que los pudiese ayudar. Sus recuerdos estaban demasiado desenfocados.

No quería volver a interrogarla. No quiero volver a aplicar la Legeremancia en ella. La última vez había estado llorando por horas después de aquello y Savage había intentado consolarla mientras ella se limpiaba la nariz con un pañuelo e hipaba. La entendía: había pasado por una experiencia completamente traumática. Sin embargo, para él era demasiado importante descubrir a esos hijos de puta que se la habían llevado y mandarlos con un boleto sin regreso, directo a Azkaban, de donde nadie, nunca, los iba a sacar.

Suspiro. No había pistas. Sólo la memoria borrada de Sayuri y sus recuerdos traumáticos.

Y había demasiado trabajo en la división como para que los demás se preocuparan demasiado por la chica de cabello negro que lloraba todo el tiempo después de haber sido secuestrada.

Un ataque en King Cross, con tres muertos. Un ataque como nunca antes se había visto en el mundo mágico inglés desde la segunda guerra contra Voldemort. Rose Zeller tenía dos asesinatos y dos ataques a cuestas. Él, en cambio, no podía quejarse demasiado: sólo el caso de Sayuri. Sin embargo, iba tan mal, que acabaría archivándolo. Pero no quería hacerlo, se resistía a hacerlo. Se la debía a Cho, que después de la guerra lo había cuidado en San Mungo cuando era sólo una medimaga en prácticas y le había ayudado a restablecer la movilidad de la pierna izquierda, que lo había dejado casi dos años en cama.

Quería encontrar a los hijos de puta. Y los quería encontrar rápido.

Aun cuando no tuviera ninguna pista, más que la memoria deteroriada de Sayuri.

 


 

Antonin Zabini había recibido una carta de Jezabel aquella misma mañana. Lo citaba a las cinco en la entrada del Caldero Chorreante, si es que tenía ganas de ir. Antonin lo pensó un poco, considerando que había mejores lugares a donde ir, pero entonces recordó la última vez que habían hecho eso. Había salido bien después de todo y Jezabel se movía bastante bien por el mundo muggle, a donde nadie podía seguirlos o espiarlos. Así que con una sonrisa en el rostro se dirigió a la chimenea del salón principal de la mansión Zabini para llegar directo al Caldero Chorreante.

Jezabel estaba parada en la entrada, con su cabello castaño recogido co una diadema color coral. Él le sonrió y ella le respondió esa sonrisa.  

—Encontré un hotel cerca de aquí —comentó con aquella sonrisa peligrosa en la cara—, no hacen demasiadas preguntas.

Antonin asintió. Sabía que lo Jezabel estaba planeando.

—¿Tu padre sabe a dónde me llevas? —le preguntó con una sonrisa sardónica.

—Él y Emmanuel no están en casa —respondió Jezabel mientras caminaban—. Están en San Mungo, con mi madre. Aun no despierta. —A Antonin le pareció que la chica había apretado un poco los labios.

—Ah —dijo él. «Por lo menos Daphne Nott está viva», pensó Antonin, pero no se lo dijo a Jezabel, en ese momento no tenía ganas de ponerse a discutir con nadie. Siguieron caminando en silencio. Jezabel iba a su lado, caminando con la mirada altiva, los ojos demasiado fríos, la sonrisa demasiado peligrosa. Antonin no sabía cómo había empezado lo suyo, pero ella siempre había estado allí, desde que se conocieron cuando tenían seis años. Once años después ella aún estaba allí… Los besos habían empezado a los trece y a los catorce ella se había echado novio para ver si conseguía ponerlo celoso…  Pero Antonin había sido paciente, una cualidad que no le sobraba y había esperado a que ella estuviera sola de nuevo para atraparla en sus brazos.

No tenía idea de cuánto duraría aquello, pero no le importaba, se dijo mientras seguía caminando en silencio al lado de ella. Le gustaba Jezabel, le gustaba lo altivo de su mirada, su aparente indiferencia a mundo. Ella, por su parte se sabía hermosa y sabía sacarle provecho a las miradas de reojo que le dirigían los hombres y las de envidia que recibía por parte de algunas mujeres.

—¿A dónde me llevas? —le preguntó Antonin al oído. 

—A un lugar, un lugar en el no harán preguntas y nos dejarán quedarnos solos en una recamara con una habitación de matrimonio… —respondió ella, con aquella sonrisa peligrosa.

—No sabes cuánto me agrada la idea.

—Lo sé —le respondió eso—. Lástima que tenga que ser en el mundo muggle —comentó ella, frunciendo la nariz.

—Es lo que hay —se encogió de hombros Antonin—, para algo debían ser útiles los muggles, ¿no crees?

—Preferiría no tener que cruzarme con tantos muggles, de todos modos —respondió ella mirando a su alrededor. Antonin, en cambio, era más abierto. Si los muggles podían ser útiles para algo, ¿por qué no dejarlos ser?

Siguieron caminando, mientras Jezabel lo guiaba, hasta que llegaron finalmente al destino que la chica planeaba. Un hotel, ni muy lujoso, ni muy desarreglado en el que la joven le dijo a la señorita de la recepción de se llamaba Patricia Greengrass y que tenía una habitación reservada por una noche. Tenía razón, no le hicieron demasiadas preguntas.

Subieron a la habitación y Jezabel husmeó uno de los folletos que tenían mientras se sentaba en la cama, mirando hacia las cortinas color azul claro.

—Dice que podemos pedir comida… —dijo ella. Antonin la interrumpió dándole un beso.

—No tengo ni idea de cómo podemos pedir comida con sus artefactos muggles que no voy a aprender a usar… —le respondió cuando se separó un poco de ella—. De lo único que quiero hacer uso en este momento es de la cama… dime, ¿no te parece el colchón lo suficientemente mullido?

Jezabel sonrió.

—No tanto como los de la mansión Nott… —respondió ella.

—Es lo que tenemos —espetó Antonin y volvió a besarla. Jezabel volvió a sonreír peligrosamente de un modo que él no supo interpretar y lo dejo besarle el cuello mientras ella se aproximaba a su oreja.

—Te quiero —le dijo.

Él sonrió.

—No me querrás siempre —le dijo él.

—Tal vez sí —respondió ella—. Te quiero ahora. ¿Serás mío por un rato? —le preguntó ladeando la cara, con aquella sonrisa provocadora impregnada en su cara, con aquel brillo travieso en la mirada.

«Me vuelve loco», pensó Antonin. Quería a Jezabel sólo para él, quería todo su cuerpo, cada milímetro… quería su alma, quería que ella se lo entregara todo. Quería sentir a un monstro devorándole el estómago cuando ella coqueteaba con alguien más… Quería que fuera suya, enteramente suya.

—Como ordene, señorita —le dijo él con una sonrisa juguetona y volvió a besarla, pero ella lo apartó con suavidad.

Entonces Jezabel sacó su varita y le apuntó.

—Me parece que soy buena actuando… ¿no crees? —le espetó—. Hasta que has creído que era tu novia…

Antonin estaba confundido… ¿qué pasaba allí? Por instinto buscó su varita en el bolsillo del pantalón, pero Jezabel… o la falsa Jezabel, rio.

—¿Buscabas esto? —le espetó, enseñándole a Antonin su propia varita y él recordó cuando ella había pasado las manos por toda su espalda. Se la había quitado entonces—. Por supuesto que no soy tu novia… —ella rió—. Me llamo Morrigan… ¡desmaius! —gritó y eso fue lo último que Antonin escuchó mientras le parecía ver como el cabello de aquella chica empezaba a oscurecerse, sin parecerse demasiado al de su novia, castaño más claro…

 


 

Harry Potter tenía exceso de trabajo. Un ataque en King Cross y ni siquiera podían dar como los culpables. Horace Slughorn encontrado muerto… y había una marca tenebrosa en su despacho. Harry se resistía a pensar que Slughorn fuera un simpatizante, ya cuando habían pasado veintiséis años de la guerra y había pasado casi un año de casa en casa evitando a los mortífagos que querían reclutarlo. Además, los recientes ataques a las familias sangre limpia, que al menos, se habían detenido… No tenían ni una pista, ni un culpable, ni un sospechoso. Aunque él sabía que Rose Zeller trabajaba demasiado.

Tampoco había pistas sobre los secuestradores de Sayuri Ihara, la hija de Cho. Quienes lo habían hecho sabían, al menos, borrar sus huellas demasiado bien. Casi anochecía y el seguía allí, entre expedientes viejos. Rose le había proporcionado ya el informe sobre el veneno que había ingerido Horace Slughorn. Un veneno que se podía hacer con ingredientes que pociones básicos, que hasta podían tener niños de once años y que, sin embargo, era indetectable. Eran inteligentes aquellos que lo habían hecho…

Le dolía la cabeza. Ni siquiera podía ir a casa y darle un largo abrazo a Ginny porque estaba seguro de que ella y sus hijos no la habían pasada bien después del ataque. Ni siquiera había contactado a James, que estaba de vacaciones de la academia y mucho menos a su viejo amigo Ron, que trabajaba en la tienda de Sortilegios Weasley.

Había perdido casi toda la tarde en King Cross, mientras un par de inefables que se negaban a decirle nada (y vaya que en eso eran expertos) examinaban los restos de la bomba que habían lanzado luego que poner un hechizo para que los muggles evitaran acercarse. Luego estaba lo de los muertos. Ni siquiera tenían un cuerpo que entregar a sus familias y mucho menos tenían un modo de explicar lo que había pasado…

Entonces entró Rose a su oficina, dando pasos fuertes, con un mechón de su cabello rubio fuera de su moño, de muy mal humor y se paró frente a él.

—Acaban de reportar la desaparición de Jezabel Nott… y la de Antonin Zabini —le soltó.

Justo cuando ya no necesitaban más problemas.

 


 

Hi!

Curiosidad: la página en la que está puesto el punto final del capítulo es la página 100 de mi documento de Word. Exactamente la cien, ni una más ni una menos.

James está contento de que su familia esté bien. Pasará lo que les pasara a los demás a ellos no les pasó nada así que está feliz. Se menciona que se lleva más con Lily que con Albus por problemas que tuvieron cuando Albus fue a Slytherin… (vamos, no puede haber sido seleccionado Slytherin y que nadie dijera nada, aunque en siete años estén todos más que acostumbrados).

Una escena más sobre Antonin y Liliane que pretende ilustrar la relación entre esos dos hermanos (una relación tirante, buena a ratos, mala a ratos…). Antonin se ha dado cuenta de que trama algo pero ni idea de qué es… aunque tiene algunas ideas. Al menos en su casa, Liliane no se ha molestado en borrar sus huellas, ¿por qué?

¡Y Fred! Fred Weasley no quiere pasarse toda la vida en Sortilegios Weasley… ¿a qué aspirará? No lo sabemos… sin embargo, ha recibido un bello mensaje: «Venganza». Ahora además de quemar también se consumió solito… vamos, que después de tantas notas no parece que todo eso sea sólo una broma pesada…

Savage no quiere perturbar los recuerdos de Sayuri, a la que le han borrado parte de la memoria y está frustrado por no poder encontrar a los culpables, porque siente que se la debe a Cho… y hasta allí, todas las escenas son transitorias.

Lo importante viene con Antonin… con Antonin precisamente. ¿Se esperaban lo que pasó? ¿Por qué creen que paso? Y… bueno, fue una mujer, claro, que suelta su nombre… Morrigan. (Morrigan es la diosa celta de la Muerte y la Destrucción, créanme que no le puse ese nombre a ese personaje sólo porque sí… —muajajaja ya los dejé con dudas—). ¿Por qué creen que lo secuestró? ¿Cómo se las ingenió para hacerse pasar, tan fielmente, por Jezabel? (Pobre Antonin, hasta pena me dio por un momento)…

A Harry le tocan las malas noticias. La División de Aurores, que hasta entonces no había tenido muchos problemas porque Inglaterra estaba en aparente tranquilidad de repente se ve atascada de trabajo.

El nombre del capítulo se refiere a la canción Trouble is a friend, de Lenka y bueno… se refiere a toda la situación al completo: hay demasiados problemas que atender y nadie sabe ni por dónde empezar por qué no tienen pistas. (http : / / www. youtube .com/ watch ?v= TDlHJG7YUes Sin espacios —sé que el título se refiere a otra cosa pero esa es la canción y a mí me gusta mucho ese video—).

Draco nunquam dormiens titillandus

Nea Poulain

a 19 de enero de 2013

 (el día del renacimiento de mega)

Ingresa para comentar con:

Comentarios



Todos los derechos de personajes y nombres son propiedad de sus respectivos autores citados en cada fanfic. Escríbenos: equipo@fictopia.net
Fictopia.net @ 2011 - forever
By: Boredsoft.com ( ._.) is made for boring you!