Vendetta

eX Dream

El profesor ha muerto y no hay sospechosos... 

Mientras los alumnos vuelven a casa, ¿qué pueden descubrir?


Categoria: Libros > Harry Potter > Vendetta

Genero: Suspenso


autor: NeaPoulain

Slytherin llena de finales agridulces y de historias que contar. Me gusta Theodore Nott y Blaise Zabini. Fan de Johanna Mason. Kirtash es mío.

"Ave maría purísima, me acuso de ser yo por todas partes..." 

Escribo, luego existo

@NeaPoulain en twitter

Vendetta: eX Dream

autor: NeaPoulain

“Inside your heart, you are sleeping but you will not wake up feel the hand of a future that cannot be changed. Burning for your life” Myuji


—Tenía cosas que hacer, ¿lo sabes, verdad? —tronó Rose Zeller detrás de él, caminando con paso fuerte. Llevaba el cabello recogido en una trenza y una cara muy poco amigable. Esperaba que Potter lo notara—. Tengo un asesinato a mi cargo… y también lo de la señora Malfoy… y por supuesto, como se parecía tanto el hechizo con que le mataron a la señora Zabini al de Daphne Nott me endilgaron ese caso también. —Harry Potter no daba muestras de estarla escuchando—. Hay otros aurores a los que puedes traer… como a Lupin. No tenía nada que hacer esta mañana… —Oh, pero por supuesto, el desordenado Ted Lupin, auror en la flor de la vida, desordenado como un crío de cinco años, era el ahijado del jefe de la División… por supuesto.

—Rose —dijo Harry, frenándose y volviéndose hacia a ella—. ¿Déjalo quieres? —parecía que Rose lo había llevado al borde de su paciencia—. Eres la mejor auror de toda la División. Probablemente te convertirás en jefa de la División cuando me retire. Por eso te traje, ¿feliz? Eres la mejor auror que conozco. Ahora vamos al despacho de Flitwick… —Parecía rogar que Rose se mantuviera en silencio en el trecho que les quedaba. Bueno, pues Rose Zeller no planeaba cumplirle su único deseo.

—¿Así que Horace Slughorn, verdad? —preguntó  ella, imaginándose a su antiguo profesor de pociones—. Me dio clases desde segundo hasta séptimo —contó—, y era detestable. Más lamebotas… imposible. Aun no recuerdo… no paraba de perseguir a Maddeline, mi mejor amiga por qué su madre era influyente o no sé qué. A mí me cambiaba el nombre todo el rato en cambio, pero tuvo que aceptarme en sus clases de ÉXTASIS después del arrollador Excelente que saqué y empezó a interesarse por mí… y por lo que quería hacer en el futuro. —Rose resopló—. Nunca fui a sus cenas. No necesitaba distracciones.

Finalmente habían llegado al despacho del director que antes le había pertenecido a Albus Dumbledore, un hombre de larga barba blanca al que Rose recordaba vagamente, pues había muerto cuando ella tenía trece años, y después a Minerva McGonagall, una mujer de aspecto bastante severo que se había retirado hacia unos diez años y ahora vivía con su sobrino Telemachus. Ahora, sin embargo, le pertenecía a Filius Flitwick, el mago de aspecto agradable que le había dado clases de Encantamientos y que había tomado el cargo cuando McGonagall había decidido retirarse, después de sufrir una viruela de dragón que la había dejado en cama por unas semanas.

Rose respiró hondo antes de subir. Definitivamente no había imaginado que volvería a Hogwarts. Menos a averiguar que había detrás de la muerte de su ex profesor de pociones, un hombre que se pasaba la vida presumiendo que conocía a Harry Potter y a sus amigos, además de a otros héroes de guerra.

En el despacho de Flitwick estaban, además, dos chicas de sexto año, pertenecientes a Hufflepuff que tenían una mueca de susto y la subdirectora, Séptima Vetor, además del profesor de Estudios Muggles, Ernie MacMillan. Rose se preguntó qué haría allí, pero le dio igual, tenían asuntos más importantes que atender.

—Potter —saludó Flitwick con una sonrisa—.  ¿Y…? —preguntó, dirigiéndose a Zeller.

—Rose Zeller —dijo ella. No le sorprendía que en todos aquellos años no la hubiera olvidado. La gente tendía a olvidarse de ella después de todo.

—Claro, señorita Zeller… me acuerdo perfectamente bien de usted —respondió Flitwick. «Una mentira, seguro», pensó Rose—. Bienvenidos a Hogwarts, aunque lamento que sea en estas circunstancias… —Se quedó callado un momento y, al ver que nadie hablaba, prosiguió—: Harry… me parece que Horace fue envenenado. La señorita MacMillan y la señorita White lo descubrieron por la mañana cuando llevaron a un compañero que había sido víctima de un filtro amoroso para que el profesor Slughorn les diera un antídoto…  el señor O’Connor se encuentra en la enfermería y no recuerda nada…

Rose dirigió la mirada hacia las chicas. Las dos parecían un poco conmocionadas, pero estaba seguro de que se les pasaría. Y con suerte sería la primera y única vez que verían un cadáver. La chica de cabello más oscuro asintió con lo último que dijo Flitwick.

—Nosotros llegamos arrastrando a Michael… porque decía que estaba enamorado de una chica de nuestro curso con la que había tomado té la tarde anterior… —balbució, nerviosa—. Y entonces decidimos llevarlo con Slughorn antes que con Pomfrey... y… —se trabó, pero Harry no la presiono y tampoco lo hizo Zeller, ni ninguno de los profesores—. No abrió… aspi que seguimos tocando y entonces Clare hizo un alohomora… y se abrió… Y el profesor Slughorn estaba allí, pero… pero… esa extraña espuma salía de su boca y supimos que algo iba mal y no sabíamos que hacer… asi que Clare sugirió ir a ver a su padre porque a ella también se la veía asustada. —La chica señaló a Ernie MacMilla—. Así que fuimos…

Respiró hondo. No parecía dispuesta a contar más. Harry asintió y volteó a ver a Flitwick.

—¿Saben con qué se envenenó? —preguntó.

—Una botella de vino de elfo adulterada… —respondió Flitwick y levantó una botella abierta que descansaba sobre su escritorio. Harry la agarró inmediatamente y se la pasó a Zeller.

—La auror Zeller se encargará de examinarla —comentó—. ¿No saben cómo llegó a su posesión? —preguntó de nuevo. Esta vez fue Vector la que contestó.

 —No controlamos el correo de los profesores, Potter —respondió—. Le pudo haber llegado por cualquier medio…

Harry se veía algo defraudado, pero asintió.

 —Revisaremos el despacho de Slughorn —dijo Zeller—. Para asegurarnos de que no haya nada más que pueda poner en peligro a alguien más.

Flitwick asintió y poco después ambos aurores salieron en dirección a las mazmorras. MacMillan se ofreció a acompañarlos, pero Harry recordaba perfectamente el camino hasta el despacho de Slughorn.

 


 

Rose compartía compartimiento con Hestia y con su prima Roxanne y su mejor amiga, Kate Jordan, una chica de piel oscura con el cabello largo y lacio. Al llegar Hestia le había preguntado a Roxanne por Latika, pero Kate había contestado que estaba con su novio, así que Hestia no pregunto más. Rose no pensaba contarles sus descubrimientos en la fiesta de Slughorn porque antes de que la estación llegara a King Cross lo sabría todo el colegio con Hestia allí.

—Rose… —dijo Hestia, y entonces la chica estuvo segura qué le iba a preguntar—. La nota que recibiste el lunes… era como la de Roxanne, ¿verdad?

Rose miró por la ventana. Empezaba a odiar ese tema.

—¿Qué importa?

Hestia bufó.

—Lo sabemos, Rose… Y también le llegó a Lily… y a Louis… —Hestia se miró las manos por un momento, como dudando si decir lo que seguía—. Parecen haberse ensañado con los Weasley y los Potter…

Rose también lo había pensado.

—Qué más da —dijo, aunque en realidad no lo sentía. Se puso en pie y se dirigió a la puerta del compartimiento—. Sí, era lo mismo, sí, decía lo mismo, y sí, no quemaba al tacto —dijo de sopetón.

—¡Oye! —la llamó Kate—. ¿A dónde vas?

—Necesito aire —espetó Rose y se marchó.

 


 

Justine volvió a besarlo. Se habían encerrado en aquel compartimiento de prefectos con la esperanza que de nadie los molestara. Albus no tenía la insignia, pero Justine sí. Dios, los labios de Albus besaban tan bien… y sus manos en su espalda era tan perfectas. Encajaban a la perfección. O eso pensaba ella.

—¿Me aceptará tu familia? —le preguntó al oído después de besarle la curva del cuello.

—No tengo ni idea —respondió él—. Pero, ¿importa ahora? —le preguntó antes de volver a besarla.

No sabía cómo había empezado. Pero un día él la había besado. O quizá había sido ella, demasiado borracha en la fiesta de Hallowen que habían montado en la sala común de Slytherin. Pero había empezado y aún no se lo habían dicho a nadie. Era más interesante besarse dónde nadie los viera, dirigirse miradas intensas cuando nadie más los estaba observado.

Y sin embargo, Justine Higgs no creía en el amor. El amor siempre se interponía a la ambición y la rubia tenía una ambición desmedida. Pensaba en grande y deseaba lograr todo lo que sus padres no habían podido. Sin embargo, después de recorrer la curva del cuello de Albus, que encajaba perfectamente con sus labios, le susurró al oído:

—Te quiero.

Parecían palabras salidas de otra boca, de otros labios, no de los suyos. Parecían palabras que alguien más le había prestado para que se las dijera a chico de ojos verdes esmeralda que tenía enfrente. Albus rio y se separó de ella. La miró a los ojos y por un momento, adoptó una expresión demasiado seria.

—No te creo —y esbozó una sonrisa.

Justine no contestó. Se mordió el labio, nerviosa al saberse descubierta y volvió a besarlo. Sus labios encajaban bien, bailaban el mismo ritmo, la misma melodía.

—Que bien me conoces —susurró ella. «Quizá demasiado», pensó.

Estaba con Albus Potter en ese momento, en ese preciso segundo. Sin embargo, sí que tenía clara una cosa: no había nada más grande que su ambición y su astucia, ni siquiera aquella relación que hasta entonces habían mantenido en secreto… («hasta antes de la fiesta de Slughorn», pensó Justine), sería un obstáculo.

—Te invitaré a casa de mis padres después de navidad —dijo Justine—. O quizá antes, quien sabe.

—Ardo en deseos de conocer a tus padres —le dijo Albus, con sorna—. Y sé que tu ardes en deseos de conocer a los mi familia… Pero, en este momento, en este único momento, Justine, me la estoy pasando bien contigo… y sólo contigo. —Le acarició una mejilla y la cogió por la barbilla—. ¿Puedes dejar el tema un momento? —le preguntó antes de besarla de nuevo.

Era casi todo lo que hacían. Sentirse, besarse, acariciarse. Justine sentía la piel de Albus rozando la suya propia. Era algo que nadie más que ellos podía entender. No importaba que no hablaran, se entendían. Se sentían, se besaban…

«Estamos aquí», pensó Justine Higgs, «y estamos juntos».

Era perfecto. Al menos en ese momento.

 


 

—Sabes, no tenías por qué borrarle la memoria a mi primo —dijo James por centésima vez aquel día. Él le había propuesto a Liliane que bajaran por un café a una cafetería cercana y ella, sin saber muy bien por qué, había aceptado. Quizá el tonto de James Potter tenía razón y ella sólo necesitaba relajarse un momento y no pensar en su madre. Pero cada que cerraba los ojos e intentaba dormir o cada que tenía un momento para pensar la imagen de su madre tirada en el recibidor con aquella postura antinatural volvía su mente, acompañada de las lágrimas de Antonin, de los puñetazos que su padre le había dado a la pared y el funeral en el que ella había tenido que hacer de anitriona… Entonces le daban ganas de abrir los ojos y ocuparse en algo que no fuera pensar en su madre.

—No pienso incluirlo en esto, Potter —contestó Liliane gélidamente, alejando de su mente los malos pensamientos—. Y no podía arriesgarme a que te hiciera preguntas y tú se las contestarás —le espetó con mal humor—. No sé si te has dado cuenta que estamos haciendo, James, pero se llama evasión de la justicia o algo así…

Ella lo tenía muy claro, por supuesto. Y sabía que Potter se lo había pensado demasiado antes de aceptar precisamente por eso, pero quizá la curiosidad le había ganado y había aceptado y ahora que se veía inmerso en ello no sabía en qué se había metido. Liliane se miró las manos un momento, con las uñas pintadas de verde esmeralda, uno de los pocos colores que le iba bien a su piel y después volvió la vista hacia James, gélida.

—Si alguien se entera de esto, Potter —le dijo—, tendremos muchos problemas. Tú serías expulsado de la academia de aurores, mínimo, y todo esto sólo por ser mi cómplice. Yo estoy escondiendo evidencia que le podría ser útil a los aurores, ¿sabes? —preguntó, sonriendo de medio lado—. Pero no quiero que ningún auror venga a mi casa, me miré como si fuera basura y pretenda esclarecer el asesinato de mi madre… probablemente, si yo les hubiera dado este pergamino nunca me habrían dicho que averiguaron. Por eso quiero descubrirlo yo.

«Y también quiero vengarla», pensó. «Por mi padre, por Antonin… por mí». Respiró hondo y vió como James asentía.

—Entonces, ¿cuáles son tus ideas? —le preguntó James.

—La magia ancestral tiene que ver con la sangre —empezó Liliane—. Con los linajes. Ahora la gente casi no la conoce, porque la consideran magia negra…, pero se equivocan, por supuesto. La magia ancestral no está dentro de lo que el Ministerio considera magia negra, ni siquiera está regulada… Y —siguió, respirando hondo, preparándose para soltar su hipótesis—, no sé qué tipo de encantamiento tenga ese pergamino…, creo que hay un pergamino gemelo. Por otro lado, si estuviera destinado a la familia Zabini, a mi familia… necesitarían nuestra sangre, James. La sangre de cualquiera de nosotros.

»Pero ya ha pasado casi una semana desde que asesinaron a mi madre y Antonin y yo seguimos aquí… además… lo que dice el pergamino deja en claro que quieren dañar a mi padre, y él no está emparentado de sangre de mi madre, sólo es su esposa. Por qué, no lo sé… Sin embargo… creo que necesitan nuestra sangre, la de Antonin, o la mía. La primera pregunta, es para qué y la segunda, es cómo deshacerlo.

James se quedó callado un rato, luego de que Liliane soltara toda aquella información.

—Pero, Zabini —dijo, apretando las manos en un puño—. Tú lo dijiste cuando me explicaste qué era la magia ancestral: no es algo que se pueda romper o deshacer.

 


 

Habían quitado el cadáver de Horace Slughorn ya y ninguno de los dos tuvo que verlo. Rose se concentraba en revisar su escritorio mientras Harry revisaba las estanterías. Apenas llevaban allí un cuarto de hora y no habían encontrado nada fuera de lo normal. Era un escritorio de un profesor completamente normal. Suspiró y se preguntó si debía de buscar en algún otro lado. Como en su repisa, por ejemplo donde, hasta enfrente, tenía una foto de Harry Potter al menos veinte años más joven, además de muchas otras fotos de sus ex alumnos. Sacudió la cabeza, pues todavía le faltaba un cajón por buscar.

—Joder —soltó, sin querer, cuando vio que era el cajón más desordenado de todos. Tenía de todo. Viejos ejemplares de El Profeta, cartas viejas, redacciones que no había revisado y correspondencia atrasada—. Espero que acabemos a tiempo para ir a King Cross.

—¿Tienes hijos? —preguntó Harry. Por supuesto, al oír que ella no estaba casada todo el mundo daba por supuesto que no tenía hijos. Y a pesar de que llevaba casi veinte años en la División (con una baja de casi tres años cuando nació Ashley)—. No lo sabía.

—Una. Trece años —respondió Rose—. Casi nadie en la División lo sabe. Nadie preguntó porque me di de baja hace trece años durante un tiempo… —Se encogió de hombros. La veían como la mejor auror de a División y listo—. Tampoco me preocupé por decírselo a nadie.

—No lo sabía —reconoció Harry—. Bueno, yo también tengo que ir a King Cross, así que acabemos.   

Rose Zeller asintió y siguió revisando el último cajón que le faltaba de aquel escritorio. Su dueño estaba muerto, así que supuso que no le importaría que lo revolviera aún más. Que hombre tan desordenado, joder, pensó. Podría habérselas puesto más fácil ya que tenían que investigar su asesinato…, pero no, claro que no. Probablemente tenía pensando vivir unos cincuenta años más para seguir agregando alumnos destacados a su condenada repisa mientras hacía sus funciones de lamebotas experto, su mejor profesión después de profesor de pociones.

Optó por sacar todos los papeles e ir hechándole vistazo uno a uno. La mayoría eran cartas atrasadas que no decían nada interesante para su investigación, redacciones que le entregaban sus alumnos, algunas de las cuales eran un insulto a la redacción, y uno que otro ejemplar de El Profeta atrasado. Nada interesante.

Entonces su vista se detuvo en un pergamino cuya esquina sobresalía y que parecía contener un dibujo. Lo tomó con curiosidad y se quedó fría al descubrir qué era.

—Harry —llamó y espero a que el auror se acercara—, me parece que esto te va a interesar mucho.

Y le enseñó aquel dibujo.

Una calavera atravesada por una serpiente les devolvió la mirada.

La marca tenebrosa.

 


 

¡Buenas tardes mis queridos lectores!

Este capítulo tiene un poco de todo… —o al menos eso intente—, así que empezando por el principio (lo cual no es un pleonasmo, porque fácilmente podríamos empezar por el medio o por el final)…

Rose y Harry en Hogwarts. El director, como ya se venía viendo, es Filius Flitwick. Lo considero el sucesor más probable de Minerva que, como todos sabes, J. K. dijo que se había retirado antes de que los hijos de Harry y cía fueran a Hogwarts. No es un mago que inspire mucha autoridad, pero bueno… creo que es un buen director y un mago con mucho talento para evitar que los estudiantes se maten entre sí (una pena que ya no de clase de encantamientos, eso sí). La subdirectora es Séptima Vector, de Aritmacia (y será la próxima directora, por lógica). He visto que en muchos fics ponen a Neville, pero me parece muy joven y no lleva tanto tiempo allí como otros… El profesor de Estudios Muggles es Ernie porque era del único que se sabía que estudiaba la materia y yo necesitaba un profesor porque Nagini se comió a Burbage. Sobre White, O’Connor y Macmillan —dos hijos de muggles, otra hija de un profesor— no se preocupen, si tienen su momento lo tendrán, y si no… pues no.

En el tren a King Cross Rose se ve aconojada por que la cuestionan por la nota. Pero, ¿quién no se acojona ante esa nota? —al menos un poquito—. Ya casi veremos a qué se refieren esas notas… Y Al… Al… Al… Al tiene novia. O algo así. Justine es una Slytherin de pies a cabeza (su madre es Tracey Davis, Slytherin meztiza en el curso de Malfoy). Y bueno, qué es eso, quién sabe, algo parecido al amor… (mi concepción del humor entre los Slytherin es bastante… enfermiza, a los que no lo sepan, pueden leer Mortífago de Metamfetamina alegremente). En fin… sea lo que sea, el amor corre en el aire y parece que Al de verdad la quiere y a Justine le agrada toda esa situación. ¿Se miente a si misma asegurando que ni siquiera Albus Potter se va a interponer en su futuro? ¿No se engaña?

Liliane y James tienen una conversación y se dice algo MUY importante si quieren armas teorías. ¿Qué es? Se explican más las razones de Liliane, sus teorías (espero haberme explicado…) y bueno… ¿Se puede deshacer la magia ancestral? ¿No se puede? Liliane no sabe aún qué tipo de magia ancestral hay en ese pergamino, pero está muy claro, ¿qué es? (no, no les voy a decir, jum). ¿Necesitan sangre de ella o de Antonin? ¿No la necesitan?

En fin… sí, Rose Zeller tiene una hija, sí, ella no está casada, por lo tanto es madre soltera. (¿Qué? ¿Las brujas no pueden ser madres solteras?). ¿Quién es el padre? Quien sabe… Y sobre su descubrimiento en el despacho de Slughorn… ¿cómo le llego?, ¿por qué?, ¿quién la mando?, ¿por qué precisamente la marca tenebrosa? (tan antiestética que es)

La canción de este capítulo es de Myuji y es el opening de una de mis series favoritas (antes de leer el manga…) de anime que me recomendó Makoto Black cuando yo empezaba en esto del anime: X/1999 de las CLAMP. Se refiere a Horace Slughorn, un poco, y a la situación de estos enemigos invisibles contra los que tienen que pelear. (http: // www .youtube. com/ watch? v= qO2ALz HVYgE Sin espacios)

Recuerden que todo se puede con…

Fuego y sangre.

Nea Poulain

A 10 de enero de 2013

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