Vendetta

The undying need to scream

"Le temblaban las manos... ¿por qué le temblaban las manos? ¿Por qué sentía que el miedo se le estaba metiendo en sus entrañas? 

Tenía ganas de gritar de furia y de impotencia, pero en vez de eso, tenía un pergamino frente a ella, con la misión de escribir las malas noticias"


Categoria: Libros > Harry Potter > Vendetta

Genero: Suspenso


autor: NeaPoulain

Slytherin llena de finales agridulces y de historias que contar. Me gusta Theodore Nott y Blaise Zabini. Fan de Johanna Mason. Kirtash es mío.

"Ave maría purísima, me acuso de ser yo por todas partes..." 

Escribo, luego existo

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Vendetta: The undying need to scream

autor: NeaPoulain

 

“Don't know what to say but it must get out won't you stick around as I try to think out loud” Dillon

Le temblaban las manos. ¿Por qué le temblaban las manos así? Se quedó mirándolas unos segundos, allí, sobre el pergamino en el que se disponía a escribir una carta que no sabía cómo empezar. Miró a sus manos temblar y volvió a ver, como si siguiera allí, el cadáver de su madre en el recibidor, contorsionado en una posición imposible, con una mancha negra sobre el pecho desnudo, muestra inconfundible de magia negra.

Llegó y se tropezó con el cadáver y no atinó más que a quedarse allí parada, conteniendo la respiración y a correr hasta el cuarto de su padre y luego hasta el estudio. Sin embargo, no encontró a nadie. Estaba ella sola, frente a un pergamino, con el cuerpo de su madre enfriándose en el recibidor. No se atrevía a volver a bajar, y aunque había intentado localizar a su padre, no estaba con Nott, y mucho menos con Malfoy. Probablemente estaba en el trabajo, con una de esas guapas secretarias con las que se rodeaba para desesperación de su madre. Trabajando hasta tarde…, sí.

Agarró una pluma y volvió a mirar fijamente el pergamino y la mirada apagada de su madre fue lo único que encontró. No era vieja. Apenas tenía cuarenta y tres años y los disimulada cuanto podía. Algunas arrugas empezaban a adornar su frente, pero su cabello aún se mantenía negro, lacio y largo. Allí, tirada en el piso de la sala de donde no se había atrevido a moverla, tenía una expresión de terror que aun perturbaba a Liliane.

Se fijó en el pergamino, intentando exprimirse las palabras del cerebro para escribir la carta fatídica que su hermano recibiría al día siguiente por la mañana, en el Gran Comedor de Hogwarts. No sabía cómo decírselo, porque Antonin adoraba a su madre y si había algo que su madre, Pansy, no se merecía, era morir. No había sido la mejor madre del mundo, era frívola, y a veces, una madre demasiado fría, carácter que le había heredado Liliane. 

No se merecía morir de la forma que había muerto, tirada en el recibidor de aquella casa señorial que les había heredado su abuela paterna al morir, sola, sin nadie que oyera sus gritos y corriera a ayudarla. Pansy Zabini no merecía morir de ningún modo.

«Querido Antonin», empezó Liliane y se quedó atascada después de poner el nombre de su hermano y una coma, para continuar la carta. Odiaba aquellas situaciones porque nunca sabía qué decir, o cómo disimular la noticia sin que le cayera como un jarrón de agua helada al destinatario. Optó por escribirlo tal cual, después de un «Tengo que darte malas noticias», para no darle demasiadas vueltas al asunto y pudo ver como la tinta se corría a la par que sus manos temblaban de nerviosismo y de impotencia.

No se atrevía a volver al recibidor y ver como el cuerpo de su madre le devolvía la mirada en aquel escenario desolador que a todas luces había sido un asesinato. No lo había tocado, no se había acercado más de lo necesario. Ella, acostumbrada a contemplar la desgracia ajena cuando le pedían ayuda con algún crimen que tuviera que ver con algún objeto hechizado con magia negra, veía como su propia desgracia se le venía encima e intentaba no mirarla a la cara.

Finalmente terminó la carta y firmó con un débil «Liliane Zabini» antes e atarla al pie de su propia lechuza y enviarla. Su hermano la recibiría por la mañana con un anexo firmado por la misma Liliane para que Flitwick le permitiera adelantar sus vacaciones de invierno una semana para poder asistir al funeral de su madre. Liliane suspiró cuando vio partir a la lechuza y se miró las manos, aun temblorosas de impotencia y tal vez un poco de rabia y allí estaba cuando oyó la puerta abrirse y salió casi corriendo de su recamara para encontrarse a su padre en el recibidor, mirando fijamente el cadáver de su esposa.

Liliane se quedó mirando, sintiéndose una intrusa en aquella escena sin atreverse a acercarse demasiado mientras su padre se agachaba a recoger algo que había descubierto en la mano de Pansy. Parecía que se lo habían puesto allí después de matarla. Finalmente, la joven, persuadida por la curiosidad se acercó hasta su padre mientras abría el pergamino que había recogido. Liliane contuvo un escalofrío al vislumbrar su contenido, escrito con algo que parecía sangre seca. «Iremos por ti, Blaise Zabini», se leía.

Su padre se quedó mirando aquel pergamino sin reaccionar por un momento hasta que enfrentó a Liliane con su mirada. Ambos llevaban demasiado mal aquellas situaciones, tal y como Liliane había descubierto cuando su abuela había muerto. Su padre, Blaise, el que le había heredado casi todos los rasgos: el color de piel, la nariz prominente, los ojos oscuros y duros.

—Le he enviado una carta a Antonin —le dijo Liliane, con la voz lo más sosegada que pudo y vio como su padre asentía ausente. La dejó sola en el recibidor, sola con el cuerpo de su madre que los aurores que acudieran a la casa cuando su padre les notificara del asesinato querrían examinar. Blaise Zabini se dirigió hasta la habitación principal de la casa señorial, donde estaba la cama que había compartido con Pansy desde el primer año de su matrimonio, con paso firme, quizá demasiado lento.

Liliane pudo oír el puñetazo en la pared hasta el recibidor.

Se dirigió hasta su recamara, de nuevo, y decidió escribirle a la única persona que podía ayudarle. O en la única en la que confiaba para ayudarle. No sabía si él estaría dispuesto a ayudarla o no, pero no perdía nada por intentarlo. Garabateó un torpe «Necesito ayuda» en un pergamino y lo dobló y se dirigió hasta el fondo de la casa, donde estaban las dos lechuzas dedicadas a la correspondencia de la casa y, después de atarle el pergamino a una pata y dejarla marchar se quedó mirando el cielo oscuro por la ventana.

Iban a dar las doce de la noche y la madre de Liliane Zabini estaba muerta. Unas lágrimas rebeldes, que su orgullo no le permitía mostrar, se escaparon de sus ojos.

* * *

No estaban solos. Jezabel habría preferido que lo estuvieran, pero no podían correr a los cuatro chicos que dormían en esa habitación un cualquier excusa. En cualquier caso, se la estaban pasando bien. Les quedaba sólo una semana para estar así, antes de las vacaciones. Antonin volvería a casa por navidad y no podrían verse de aquella manera en todas las navidades. Aunque, probablemente pudieran escabullirse el veintiséis de diciembre, lejos de las miradas de todos, en la casa de Antonin, después de la fiesta de navidad que organizaba todos los años.

—Antonin —murmuró Jezabel—… te quiero. —Lo dijo tras un momento de vacilación, pero lo dijo. Antonin sonrió.

—No me querrás para siempre —le respondió él, con una sonrisa arrebatadora. Jezabel había heredado la belleza de su madre, poco había de su padre en ella. Cada vez que Antonin veía a la señora Nott, Daphne, se sorprendía por la cantidad de parecido que existía entre ella y su hija.

—Pero te quiero ahora. —Jezabel enterró las uñas en la espalda desnuda de Antonin—. En este momento, en este preciso segundo, quiero que seas mío por completo… —Sonrió un poco—. Anda… sé mío un rato.

Antonin se inclinó para besarla y susurrarle que dejara de hacer ruido, para no despertar a nadie cuando se fijó que en la única ventana que existía en la habitación estaba una lechuza. La lechuza de su hermana, color marrón y con una mirada fija y penetrante. Se separó de Jezabel, que lo miró sin entender hasta que vio a la lechuza parada en la ventana y la reconoció como la lechuza de Liliane Zabini. Guardaba lejanos recuerdos de la hermana de Antonin, ella ya era mayor cuando ellos entraron a Hogwarts y se había forjado ya una reputación en Slytherin. Eran parecidos, Liliane y Antonin, el mismo color de piel, y los mismos pómulos.

Antonin dejó entrar a la lechuza y desató el sobre que contenía. Lo abrió rompiendo el sello color verde botella que le había puesto su hermana.

—¿Qué querrá a esta hora? Son casi las dos de la mañana —se preguntó Antonin, sacando el pergamino que su hermana había firmado con su nombre, trazado con demasiada rapidez.

El chico se acercó a la cama para leerla y Jezabel intentó leerla por encima de su hombro, pero sólo distinguió el «Querido Antonin» al inicio. Entonces notó como Antonin se ponía tenso por unos segundos. Segundos antes de que lanzara el puñetazo contra una de las columnas de la cama y se pusiera en pie. Despertó a los cuatro chicos que dormían apaciblemente en la habitación.  Algunos alzaron la cabeza casi al momento y Jezabel corrió a cubrirse con una sábana. La carta había quedado a los pies de la cama y Antonin temblaba de rabia en el centro de la habitación.

Jezabel se acercó a recogerla, cubierta con una sábana y entonces se fijó en una frase en concreto dentro de la carta. «Han asesinado a nuestra madre», leyó y se le secó la boca completamente.

La señora Zabini estaba muerta.

Antonin temblaba de rabia, en medio de la habitación, con sólo unos calzoncillos puestos y ninguno de los cuatro chicos a los que había despertado se atrevió a preguntarle por qué había pegado el puñetazo al ver su semblante de ira ciega. Jezabel sí que se acercó a él y no dijo nada. Era mala en eso. Su padre era demasiado frío, su madre demasiado vanidosa, ninguno de los dos muy bueno para demostrar sus sentimientos y Jezabel había aprendido de ellos.

Sin embargo se acercó a Antonin y no intentó ni mirarlo a la cara. Lo rodeo con los brazos mientras sentía lo tenso que estaba, y se fijó en como temblaba de rabia, intentando contener las lágrimas que tarde o temprano saldrían de sus ojos. Se quedó allí abrazándolo casi cinco minutos más mientras los chicos volvían a dormir sin hacer ni una pregunta, aunque éstas pugnaban por salir de sus bocas.

Pansy Zabini, una mujer a la que Jezabel recordaba lejanamente, a la que apenas si la había visto cinco veces, estaba muerta.

* * *

Había sonado el despertador. Eran las ocho y media de la mañana y la señora Ihara despertó. Era la tercera vez que sonaba el despertador de Sayuri y no podía creer que aún no se hubiera levantado. La noche anterior había salido, sí, pero les había dicho que no pensaba regresar tan tarde. Aun así, Masao se había dormido a las diez, alegando que no había nada que ver en la televisión y Cho lo había seguido  a las once, después de asegurarse que no quedaran más trastes sucios en la tarja. Ese sábado había sido su día libre y en la mañana había acompañado a Sayuri a ver los vestidos de novia, aunque no estaba de acuerdo en que la chica se casara tan joven. La habían pasado bien y por la tarde Sayuri había anunciado que saldría con unas amigas y había asegurado que regresaría a las doce, cuando mucho.

Se le hacía extraño que aún no se hubiera levantado, considerando lo poco que dormía su hija todos los días. Trabajaba en el ministerio, como ayudante y aspiraba a ocupar un cargo importante en el Departamento de Aplicación la Ley Mágica. A Cho le hubiera gustado que siguiera la carrera que medimaga, pero al parecer a su hija le estaba yendo bien a sus diecinueve años. La habían ascendido al poco tiempo de salir de Hogwarts y, si seguía así, obtendría el puesto que deseaba.

Finalmente, al oír el despertador sonar por cuarta vez Cho se puso en pie. Su hija entraba a trabajar a las nueve, no era posible que no hubiera escuchado el despertador y si no se apresuraba llegaría tarde. La mujer se vio al espejo de pasada y se arregló un poco el lacio cabello, aun negro inmaculado, con ayuda de tinte. Tocó dos veces en la puerta de la habitación de su hija, que tenía escrito «Sayuri» en la puerta, con letras doradas que la misma Cho había hecho hacía casi diecinueve años.

No obtuvo respuesta. Tocó otra vez y, al fallar de nuevo, entró en la habitación dispuesta a despertar de una vez por todas a su hija. Cuando entró se encontró con la cama completamente hecha, el despertador sonando y todo en perfecto orden, como si nadie estuviera allí, como si nadie hubiera pasado allí la noche.

Empezó a sospechar y revolvió las cobijas de la cama de su hija, esperando que quizá apareciera Sayuri en algún punto de la habitación, riéndose, diciéndole que aquello era una broma. Pero no pasó nada. Entonces empezó a llamar a gritos a Masao, que seguía dormido y que de todos modos no podría ayudarla porque ni siquiera entendía de magia. Se esforzaba en entender todo lo que su hija le platicaba… sin embargo, seguía siendo un muggle.

Masao le gritó a su esposa que se callara, que ya iba, justo cuando llamaron a la puerta. Cho, no muy segura, bajo las escaleras de dos en dos, aun en camisón y abrió la puerta. No había nadie allí. Sin embargo, por instinto, bajo la mirada y se encontró con algo que la hizo lanzar un grito ahogado y volver a llamar a gritos a Masao.

Era la varita de su hija, Sayuri Ihara, de sauce, veintiocho centímetros, con núcleo de cabello de unicornio. Partida en dos.

* * *

Rose Zeller estaba teniendo una mañana pésima. Empezando por el café frío que se encontró en su escritorio cuando llego a trabajar y la noticia que al parecer El Profeta se había arreglado para sacar en primera plana. Pansy Zabini muerta. Y a Rose Zeller le habían asignado el caso. Menuda suerte. La consideraban una de las mejores aurores, después de Potter, el jefe del departamento —y Rose insistía en que sólo tenía suerte—. Rose suspiró mientras leía completa la nota del periódico en la que había una foto de Pansy Zabini diez años más jóvenes, sonriendo —o haciendo una mueca que parecía una sonrisa— a la cámara y donde especificaban que había sido un asesinato y qué la familia se había negado a dar declaraciones.

Rose había visto un par de veces a la hija de Pansy, Liliane Zabini. Era experta en objetos encantados —sobre todo aquellos en los que había magia negra de por medio— y a menudo ayudaba en el Departamento de Aplicación de la Ley Mágica, en donde se encargaban de todo esas cosas. Era hermética y rara vez hablaba con nadie en aquel lugar si no era por razones estrictas de trabajo. Había heredado los rasgos de su padre, que ocupaba un cargo importante en los tribunales, rodeando de secretarias jóvenes y guapas. Al menos se había ganado el cargo… o eso decían. Rose lo dudaba algunas veces, de aquellas familias no podía provenir nada bueno.

Suspiro y volvió a los papeles. Blaise Zabini había notificado del asesinato de su esposa a primera hora de la mañana y a ella le había tocado el caso. Más valía ocuparse de eso cuanto antes pero por alguna razón presentía que no sería tan fácil. El pergamino del informe que le habían dejado en su escritorio especificaba que Liliane había sido la primera en descubrir el cuerpo…

Rose resopló. Odiaba los asesinatos. Prefería cuando el mago oscuro al que había que atrapar tenía un rostro y una identidad. Le gustaba la persecución y los asesinatos —los bien planeados— rara vez le proporcionaban un sospechoso y los casos se archivaban y se dejaban añejar por años, hasta que ya nadie los recordaba.

—¡Lupin! —llamó al chico de cabello azul que estaba sentado en el escritorio al lado de ella. El chico tenía veintiséis años y estaba en la flor de la vida. Rose había sido su profesora cuando estuvo en la Academia de aurores y aunque era muy bueno en defensa personal a veces era demasiado torpe. Ahora hacía las veces de su ayudante mientras le relegaban lo más sencillo; Rose sospechaba que era porque su padrino era el jefe de la oficina.

—¿Rose? —preguntó él, asomándose. Ted Lupin llevaba el cabello azul, como la mayoría de los días. A veces le daba por aparecer con el cabello verde o morado oscuro…

—¿Tienes trabajo? —pregunto ella.

—No… no ha llegado nada —respondió él. Por supuesto que no, pensó ella, aquellos años habían sido demasiado tranquilos. Algunos ex mortífagos seguían sueltos (casi todos los que habían conseguido huir después de la caída de su señor), pero no había señales de ellos… Los tiempos oscuros en los que Rose había iniciado Hogwarts quedaban muy atrás. Aquellos veintiséis años habían sido muy tranquilos…

—¿Quieres ir conmigo a la mansión Zabini? —preguntó Rose, pero ni siquiera le dio tiempo al joven para que respondiera—. Oh, por supuesto que quieres. Con la mierda de trabajo que te ponen yo también desearía un poco de emoción en la vida… —Había avisado que pasaría al mediodía por la casa de la familia Zabini y que esperaba encontrar allí a Liliane Zabini y a su padre para que la pusiera al tanto de los detalles—. A las doce me voy, Lupin, ni un minuto antes, ni un minuto después. Estaré esperando… y… por favor, ve discreto. —Le señaló el cabello, cuyo color azul la sacaba de quicio.

El joven asintió enérgicamente mientras volvía a concentrarse en un pergamino que leía muy atento en su escritorio. Esperaba que no fuera nada de esa chica pelirroja cuya belleza le cortaba el aliento a cualquiera, porque Lupin ya tenía suficientes distracciones en aquel lugar.

Volvió la vista a su escritorio desde donde el rostro sonriente de Pansy Zabini, impreso en el periódico, le dirigía la mirada. Vaya que tenía una nariz fea… Rose Zeller suspiró: aquella mujer estaba muerta, y a ella le tocaba investigar quien había sido.

* * *

¡Hola!

Después del preludio este es el primer capítulo donde la situación va tomando forma: en veintiséis años el mundo mágico ha estado tranquilo (al menos en Inglaterra) y no ha habido demasiados magos oscuros alardeando de sus hazañas por allí.

En este capítulo se perfila uno de los personajes principales: Liliane Zabini, hija de Blaise Zabini y Pansy Parkinson (lo he decidido así porque nada se sabe sobre el futuro de ellos dos… de Zabini… apenas si conocemos algunos datos y de Pansy lo único que sabemos es que tiene cara de dogo y finalmente Draco no se casó con ella y porque, además de todo, me encanta la pareja que forman en mi cabeza —no vean que no me ha dado pena matar a Pansy, porque me encanta su personaje cuando lo retratan tan bien que puedes hasta sentir lástima por ella—).

También aparece su hermano, Antonin Zabini, aun estudiante de Hogwarts, junto a una tal Jezabel Nott, de los que más tarde tendremos más información. El nombre de Jezabel es sacado de la Biblia… que no he leído completa en mi vida, pero bueno: la reina Jezabel es un personaje… interesante y como todos en la Biblia no tiene un buen final.

Ahora ya saben quién es la chica Ihara, de la cual descubren su desaparición en este capítulo. J. K. Rowling especificó que Cho Chang se casaba con un muggle después de Hogwarts, así que me he tomado la libertad de ponerle nombre —Masao Ihara (de ascendencia japonesa, no china, como la de Cho Chang, ahora Cho Ihara)— e inventarles una hija: Sayuri Ihara (Sayuri es un nombre de origen japonés que significa pequeña flor de lirio, y como nota, es el nombre de la protagonista del libro Memorias de una Geisha, un libro que no me gustó para nada). La pregunta es… ¿Para qué la quieren sus captores?

Por otro lado, Rose Zeller. No, no me inventé el personaje: es sorteada Hufflepuff en 1995. Sólo conozco su nombre y he decidido hacerla auror y encargada de investigar el asesinato de Pansy. No sé si los aurores se encargaran de eso o sólo de perseguir magos oscuros, pero me parece bastante probable que, habiendo magia negra involucrada en el asesinato, lo hagan.

Ha hecho su aparición Ted Lupin, metamorfomago como su madre. Tiene veintiséis años, es novio de Victorie Weasley y auror… aunque parece que nunca le tocan lo casos interesantes. También, próximamente, uno de los principales personajes.

Quiero hacer notar que es un fic coral, donde habrá muchos personajes involucrados (los hijos de Harry, de Ron y de Hermione, entre otros, que aparecerán en el próximo capítulo)  y varios protagonistas, cada uno con su respectiva trama…

En fin, el título del capítulo es una canción, de Dillon de su disco The Silence Kills. Aquí el link http:// www. youtube. com / watch?v= e0G64nHwdvE. Sin espacios.

Siento que le queda muy bien a las tres primeras escenas (la de Liliane, la de Antonin con Jezabel, y la de Cho) con esa frustración acumulada (sobre todo la de los dos Zabini) y esa desesperación al descubrir tales hechos (la muerte de su madre y la desaparición de su hija, respectivamente).

Tiempos oscuros se acercan… ¿qué les depara la vida a nuestros protagonistas?

Nea Poulain

a 23 de diciembre de 2012 

 

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