¡Bum!

¡Bum!

¿Con estas razones te basta para que comprendas mi disgusto o necesitas más? Puedo estar un largo rato enumerándolas.


Categoria: Historia Original > Original > ¡Bum!

Genero: Ninguno


autor: Sombralevedenieveviene

Violet. Hufflepuff. Hago cosas. Soy mala para escribir bios.

¡Patatas!

¡Bum!: ¡Bum!

autor: Sombralevedenieveviene

Me estremezco. La agitación que invade la casa en esta época se hace presente. Mi familia recorre la casa, subiendo y bajando escaleras, llevando adornos de aquí para allá. Y nadie parece tener tiempo para mí.

Paseo por la sala de estar, inquieta. Aparentemente, no se dan cuenta de lo mucho que me afecta ese ambiente. Y no, no me gusta la Navidad. De hecho, la detesto.

¿Por qué demonios tengo que soportar la presencia de personas que ni conozco ni me agradan? Muchos de los invitados me consideran hermosa e incluso algunos pretenden acariciarme. ¡Acariciarme! ¡Qué descaro! No es mi estilo, pero a veces simplemente desearía poder sacarles los ojos.

Quizá el lado bueno sea la comida. El olor delicioso que inunda la planta baja. Pero nada más. Sí, todos alegres y eso, pero lo cierto es que a más de uno lo he sorprendido con terrible mala cara. Si tan horriblemente mal se sienten, ¿por qué se molestan en presentarse? Por mí, genial, ni se aparezcan. Aunque en mi caso no tengo opción.

Lo dije antes y lo repito: detesto Navidad. Para mí, es una época que carece de sentido.

La obra de teatro se repite. Primer acto, limpiar la casa. Y, claro, correr todas mis cosas de lugar. Odio eso.

Segundo acto, adornar. Colocar el maldito árbol (tarea en la cual no participo). Afortunadamente, este año se me antoja menos grande (aunque no mucho; desventajas de ser pequeña). Pero, ¡uf!, no me dejan acercarme a él porque creen que hago destrozos. Bueno, no voy a contradecir eso. Odio ese árbol.

Tercer acto, cocinar. Eso no es tan malo. Lo que sí me irrita es que no me presten atención. ¡Odio eso!

Lo peor es que a veces sí me notan. ¿Cómo que eso suena contradictorio? ¡A callar! No opinarías eso si te vieras en mi situación, si te vieras abrazada, estrujada y besada contra tu voluntad. Sí, qué lindo, qué cariño, pero me agobian.

Luego viene el cuarto acto, los invitados. Prefiero esconderme de ellos, pasar inadvertida, pero a veces mi curiosidad es más fuerte que mi sentido común y camino sigilosamente entre ellos, actuando como si en realidad yo no estuviera allí, ni ellos. Entonces me descubren y las reacciones varían. Desde quienes me ordenan, molestos e irrespetuosos, que me largue —¡Es mi casa!—, hasta quienes osan acercarse y llamarme con ruidos estúpidos. Ahí es cuando chillo.

Chillo bastante, lo admito. Cuando tengo miedo, cuando alguien me irrita, cuando me invaden el espacio. Es mi modo de insultar, de advertir, de expresar mi incomodidad. Es algo que me convendría cambiar, dado que siempre se lo toman a mal, pero me niego. Así como me niego a disfrutar de la Navidad. Aunque ni queriendo podría.

Porque hay algo peor. Algo que ocurre varias veces durante esos días y que me aterra profundamente.

Ellas están terminando con los preparativos, las siento más relajadas. Están expectantes, aguardan a que los invitados lleguen para la cena. Me siento angustiada cuando comprendo que nada de lo que yo haga cambiará el esquema trazado quién sabe cuándo que se repite anualmente.

Me recuesto en uno de los sillones con la esperanza de caer dormida y, por obra de alguno de esos tontos milagros navideños en los que no creo y la familia sí, que nadie me fastidie.

Reposo mi cabeza sobre mis extremidades superiores y, justo cuando estoy a punto de rendirme ante el sueño, el timbre resuena en mi cabeza, alarmándome. Maldigo para mis adentros y me escabullo en el comedor. Al pasar junto a un espejo, mis brillantes ojos verdes me devuelven la mirada. Brillan con temor.

Con el paso del tiempo, y a medida que llega más gente, se hace evidente que lo mejor para mí es huir al segundo piso, donde nadie, excepto eso, podrá arruinar definitivamente la noche.

Tiemblo, porque sé que falta poco.

Tiemblo, porque aunque me esconda y ruegue porque eso cese pronto, aunque trate de pensar en cosas alegres y aislarme del mundo, me afectará mucho.

El primer estallido llegará y me perforará los tímpanos.

La segunda explosión me sacudirá y no tardaré en lloriquear.

Con las siguientes, mis nervios se alterarán completamente.

Como cada año, será cuando, repitiendo en mi cabeza una y otra vez “Odio la Navidad, odio la Navidad”, mis músculos se tensen, mis bigotes vibren, arañe las paredes con las patas, maúlle histéricamente.

Y nadie podrá ayudarme. 

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