Telaraña

La enfermedad

Hay que acompañar a Saragi a una reunión del nuevo concejo escolar... y ver lo que puede pasarle a Fuji cuando está decaído.


Categoria: Anime y Manga > Fruits Basket > Telaraña

Genero: Misterio


autor: Tooru_Hally_Beelia_Potter

Una contradicción andante. Sí, eso me describe bastante. Aunque si quieres descubrirlo por ti mismo, puedes contactarme.

Soy un encanto, pero a veces deliro. Eso se gana una por ser contadora de profesión y escritora por afición.

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Telaraña: La enfermedad

autor: Tooru_Hally_Beelia_Potter

Veinticuatro: La enfermedad.

Pasaron los días. Saragi se dirigía a su primera reunión veraniega del concejo escolar, pensando en que no era un buen momento para tardarse en ello.

Desde la publicación póstuma del libro de Fuyuno Okami, la casa de las Hoshi era una especie de templo budista, por lo silenciosa que estaba. Incluso Wodaka había dejado de lado sus habituales comentarios risueños para ponerse de lleno a trabajar.

Fuji era el que le preocupaba. El joven había vuelto a su trabajo hacía dos días, y como eran vacaciones de verano, salía de la casa muy temprano para volver justo a la hora de la cena. Comía de manera normal, pero casi no hablaba. No es que Fuji fuera muy comunicativo, pero echaba de menos sus escasos despistes.

Llegó a la Akiai y desmontó de su bicicleta, llevándola al estacionamiento correspondiente. Siendo temporada vacacional, se sacudió el pantalón deportivo color azul grisáceo que lucía y se pasó una mano por la cola de caballo en la que había recogido su cabello. Miró a su alrededor y comprobó que había llegado relativamente temprano. El presidente Motoyoshi había dicho que la reunión sería a las dos de la tarde y apenas era la una. Suspiró con resignación y acomodándose una pequeña mochila azul a la espalda, pensó en pasar el tiempo recorriendo la escuela.

A pesar de llevar ahí varios meses, no conocía la totalidad de sus instalaciones. Por lo tanto, en su paseo Saragi descubrió los sitios donde varios de los clubes tenían sus reuniones. Cuando vio que faltaban diez minutos para el comienzo de la junta, entró al edificio principal y se encaminó a la sala de reuniones del concejo, y para eso, pasó junto a un salón con la puerta semicerrada del que procedía una inquietante melodía.

Saragi se detuvo, oyendo con atención. Sabía qué melodía era, la conocía de sobra. Era una composición clásica que a ella le parecía sumamente bella, aunque melancólica. Se trataba de Sonata Claro de Luna, de Ludwing van Beethoven.

La joven se asomó con discreción por la rendija de la puerta, por la que afortunadamente podía contemplarse la totalidad del salón sin tener que abrir la puerta por completo. Saragi reconoció el aula, era la de Música. Y en un rincón, un sencillo piano negro estaba abierto, y de espaldas a la puerta, un joven de ropas marrones se encontraba sentado en el banquillo, tocando la melodía mientras su cabeza se balanceaba ligeramente hacia delante y hacia atrás, siguiendo el ritmo. Y fue viendo el color de cabello del chico que Saragi creyó saber quién era. Más cuando el chico estaba por terminar la melodía y una voz femenina le soltó.

—Excelente. Seguro que todos se quedan con la boca abierta.

La voz sonaba sincera, pero hizo que el chico dejara de tocar y golpeara con un puño las teclas, provocando un sonido nada armonioso. Saragi escuchó con atención, porque la voz femenina le parecía familiar.

—Muchas gracias, hermana —dijo el chico, girándose en el banquillo y dejando ver sus ojos grises entrecerrados como gesto de frialdad —A propósito, ¿qué harás tú?

Hubo un segundo de silencio.

—Nada, como siempre —la voz de chica volvió a oírse, ahora con acento impasible —Tengo una cita esta noche, luego del trabajo. Además, sabes que no me interesan mucho esas fiestas.

El joven asintió y regresó su vista a las teclas del piano.

—Pero no creas que no me daré una vuelta por ahí —agregó de pronto la voz de chica —Al menos quiero ver las caras de todos cuando toques el piano, se quedarán pasmados.

El chico asintió con la cabeza, se puso de pie y comenzó a cerrar el piano. Pero entonces, en el campo de visión de Saragi apareció una chica, que se acercó al joven y lo detuvo. El cabello de esa chica era del mismo color que el de él, de un tono castaño cenizo, y era largo con un corte muy moderno. Ella lucía una blusa blanca y una falda azul a la altura de la rodilla.

—Espera, déjame mostrarte lo que tocaré en caso de que papá me obligue —pidió —Anda, Do–chan. No tardo, como ya va a ser la reunión…

El joven asintió, se apartó del piano y le dejó espacio. La joven se sentó al banquillo, estiró los brazos con los dedos entrelazados y se colocó en posición.

La música comenzó, y denotó que también era lenta y aparentemente triste, como la sonata que había interpretado el joven. Pero Saragi sabía que esa canción no era un clásico, sino que provenía de la banda sonora de una película. Y es más, creía saber de qué filme se trataba. Si no le fallaba la memoria, pertenecía a la cinta francesa “Ameliè”. A ella le había encantado la música, por lo que se había comprado el CD con la banda sonora, y podía decir que el tema que escuchaba ahora era Sur le Fil.

El ritmo cambió, volviéndose más rápido aún, lo cual podía considerarse como la parte difícil de la canción. Luego se relajó, haciéndose un poco más lenta que antes, y Saragi no pudo evitar pensar que la chica tocaba maravillosamente. Tanto como el chico, o quizá más. Y se veía que disfrutaba con ello, porque al igual que el muchacho en su momento, no dejaba de balancear la cabeza siguiendo el ritmo.

La melodía terminó y la muchacha se volvió hacia el chico, sonriendo de oreja a oreja. Él le dedicó una mueca que se asemejaba a una sonrisa.

—Como siempre, les llevas la contraria a todos —soltó —Papá dijo que quería un clásico.

La joven sonrió aún más.

—Pues debería saber que nunca le haré caso —retó, levantándose del banquillo —Detesto los clásicos a menos que los toques tú.

El joven se encogió de hombros, volviendo a adoptar un semblante imperturbable. En ese momento, sonó un timbre con una melodía bastante alegre. La chica se llevó una mano al bolsillo de su falda y sacó un celular azul.

—¡Válgame, ya es hora! Hay que irnos a la reunión.

Los dos jóvenes se encaminaron a la puerta, así que Saragi se apartó rápidamente y avanzó unos pasos, queriendo aparentar que había pasado por ahí sin interesarse por la música. A los pocos minutos, la voz de la chica la saludó.

—¡Buenas tardes, Hoshi–san!

Saragi dio media vuelta y devolvió el saludo.

—Buenas tardes, Sei.

Mako Sei le sonrió ampliamente.

—Puedes llamarme por mi nombre, no hay problema —aseguró, para luego ver al chico que la acompañaba —Endo, conoces a Hoshi–san, ¿verdad?

Endo Sei, observando a Saragi con cuidado, asintió.

—No sé si sepas, pero somos hermanos —continuó hablando Mako —La gente no lo cree, porque en carácter no nos parecemos en nada, pero…

—Sí, Gin me dijo algo —la cortó Saragi, pensativa.

—¿Conoces a Hoshi–kun? —se sorprendió Mako —Sé que son parientes, pero… Por lo que he oído, no se llevan muy bien.

Saragi se sorprendió, pero no lo demostró. Sí que Mako parecía bien informada.

—Bueno, casi no nos tratamos, si a eso te refieres —se limitó a responder.

Mako asintió en señal de comprensión.

—Llegamos —anunció la voz seria de Endo.

Entraron a la sala de reuniones en silencio. Los hermanos se sentaron uno junto al otro, mientras que Saragi no sabía qué sitio ocupar. Estaba por decidirse cuando Mako la llamó.

—Aquí, Hoshi–san —indicó la silla a la derecha de la suya.

A Saragi no le pareció mala idea obedecer, más cuando vio que los restantes miembros del concejo escolar iban llegando. Pero lo que no le hizo gracia fue que Suzume Soho se sentara a su derecha, sonriendo tontamente y soltándole sin miramientos a Mako.

—Hola, Mako–kun, ¿cómo te fue en tu cita de ayer?

Mako se echó a reír en voz baja.

—No te lo voy a contar ahora, Suzume–san. Espera a que termine la reunión.

Saragi se impresionó. Le parecía que Mako llamaba de manera muy formal a Soho.

—Buenas tardes a todos —saludó el todavía presidente, Motoyoshi —Esta reunión es más que nada para darles a conocer a cada quién sus futuras funciones —recorrió la sala con la mirada y frunció el ceño —¿Dónde está Omori–kun?

Se refería al nuevo secretario de tercer año, que entró en ese momento corriendo como si la vida le fuera en ello.

—Lo siento, Motoyoshi–kun —se disculpó enseguida, y fue a ocupar la única silla vacía que quedaba, entre Endo y Shinju Kihara, la nueva tesorera —Tuve que arreglar un asunto y…

—Bueno, ya —lo cortó Motoyoshi con malos modos —Bien, como decía, vamos a darles a conocer sus futuras funciones. Comencemos con los secretarios…

Tal como había pensado Saragi en un principio, aquello fue una verdadera lata. El discurso de Motoyoshi fue de lo más largo y aburrido, aunque le pareció detectar una pizca de desagrado al explicarle a Endo sus funciones como secretario de primer año. Aunque lo que realmente pareció enfadarlo fue que cuando se dirigió a Mako, ella lo observara con evidente desinterés.

—¿No te tomas esto en serio, Sei–san? —quiso saber.

La chica se encogió de hombros.

—Sí, por supuesto, pero es que me estoy durmiendo —dijo, sonriendo maliciosamente.

Una breve risita se dejó escuchar en la sala, destacando la de Soho. Motoyoshi no hizo más que resoplar con disgusto y seguir con su explicación.

La reunión duró en total dos horas, luego de las cuales los asistentes fueron por fin puestos en libertad tras una frase severa de Motoyoshi sobre que hicieran bien su trabajo. Todos se pusieron de pie con agrado en cuanto el tipo se largó, y Mako estiró los brazos.

—Este chico sí que cansa —soltó, refiriéndose a Motoyoshi, para luego sacar su celular azul cuando se escuchó una melodía rápida —¡Válgame, es tarde! Si no me apuro, no llego al trabajo.

—Mako–kun, ¿no me ibas a contar lo de tu cita? —le recordó Soho.

Mako sonrió a modo de disculpa, pero Saragi pudo ver algo de ironía en el gesto. Como si desde un principio hubiera planeado no contarle nada a Soho.

—Lo siento, pero debo irme —se levantó y miró a Endo —Nos veremos en casa —le avisó, antes de pasarle una mano por el cabello —Te lo prometo.

El joven asintió, sin expresión alguna, y Mako hizo una mueca contrariada al ver eso. Pero no le duró mucho, porque casi enseguida se giró hacia Saragi.

—Nos veremos luego, Hoshi–san —se despidió —¡Me alegra mucho que seas mi mano derecha! Estoy segura que lo haremos muy bien.

Saragi sonrió levemente ante tanto optimismo. Y también porque había visto que quería mucho a su hermano. Alguien así no podía caerle mal.

—Hasta luego, Mako–kun —se despidió.

Mako, al oírla, le regaló una radiante sonrisa, para poco después desaparecer por la puerta.

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Saragi llegó a casa cansada, aunque con la cabeza despejada. En el camino, había repasado mentalmente todo lo que se suponía debía hacer como vicepresidenta, y ahora lo tenía aprendido casi de memoria. Pero dejó de lado todo eso cuando vio una moto roja y plateada a la entrada de la casa, una que le pareció bastante conocida por un alacrán negro pintado en su carrocería. Fue a dejar la bicicleta a la cochera y entró a la casa apresuradamente.

—¡Ya llegué! —dijo casi gritando, quitándose los zapatos —¿Hay alguien?

Desde la sala, la rubia cabeza de Wodaka se dejó ver.

—Hola, Saragi. Ven, hay junta.

Ver a Wodaka tan seria no presagiaba nada bueno, así que Saragi obedeció enseguida. En la sala se encontró con Zukure, Gin y el dueño de la moto roja y plateada con el alacrán: Shigu.

—¿Qué pasa? —quiso saber, tomando asiento junto a Shigu, frente a las otras tres chicas.

—Me llamaron hace como media hora —respondió el joven, frunciendo sus negras cejas, y con un tono profesional en la voz —Parece ser que regresaron del trabajo a Kinokaze–san hace una hora. Está enfermo.

Saragi negó con la cabeza, triste. Ya lo veía venir, sobre todo porque le pareció que esa mañana, Fuji estaba algo pálido.

—¿Y qué tiene? —se decidió a preguntar.

Shigu suspiró.

—Algo de fiebre y debilidad, causadas por un resfriado de los fuertes y porque parece que no ha comido bien —miró a Zukure —Zukure–san, ¿aquí come?

—Sí, lo hace —asintió Zukure enseguida —Antes de irse a trabajar desayuna con todas, y como llega a la hora de cenar, igualmente se sienta a la mesa.

Shigu asintió.

—Por lo tanto, el problema está cuando no come aquí —dedujo con semblante serio —De momento lo que puedo recomendarles es que lo atiendan, que coma bien y que procuren que le baje la fiebre. Con eso estará bien en un par de días. ¿Entendido?

Las chicas asintieron. Shigu las miró a todas, y detuvo sus oscuros y rojizos ojos en Gin. La pelirroja no veía a nadie, estaba sentada con la cabeza agachada, sumida en sus reflexiones.

—En ese caso, me marcho —el joven se puso de pie —Tengo guardia nocturna en el Akishiro. Por cualquier cosa, pueden llamarme al celular, ¿de acuerdo?

Las chicas volvieron a asentir y se quedaron en la sala, desde donde oyeron cómo su primo se marchaba. Gin, entonces, se puso de pie de golpe, y salió de la habitación. Cuando oyeron pasos en las escaleras, sus primas supieron de inmediato a dónde iba.

—Espero que no se sienta culpable —susurró Zukure, meditabunda.

No había que ser genio para saber de quién hablaba.

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Gin llamó a la puerta de Fuji suavemente, antes de atreverse a asomarse. Encontró al chico acostado de lado, dándole la espalda a la puerta, por lo que venciendo la timidez, la muchacha entró al dormitorio, queriendo verle la cara.

Aún recordaba lo ocurrido hacía casi hora y media. Wodaka estaba trabajando en su dormitorio, Zukure preparaba la cena y ella se dedicaba a hacer sus tareas de verano en la sala cuando llamaron a la puerta principal. Como era la más cercana a ella, fue a abrir y se llevó un buen susto al ver a Nagase Haraki con Fuji apoyado en él. El segundo tenía la cara roja.

—¿Qué pasa? —inquirió con desasosiego.

Haraki no había sido muy específico. Sólo dijo que cuando Fuji se disponía a hacer su cuarta entrega del día, casi se cae de la bicicleta, y fue él quien se dio cuenta que tenía fiebre y arregló que se fuera a casa. Luego pidió que lo dejaran entrar y Gin se apartó de la puerta, siguiendo de cerca de Haraki, quien llevó a su amigo hasta su dormitorio. Ya ahí, Gin tuvo que quedarse afuera mientras el rubio ayudaba a Fuji a cambiarse y acostarse. Cuando salió, no hizo más que pedir que llamaran a un doctor y despedirse. Él no podía quedarse porque debía volver al restaurante y luego, ir a casa con sus hermanas. Gin asintió, pero permaneció paralizada unos segundos, antes de reaccionar e ir corriendo con Zukure y Wodaka, que cuando vieron salir a Nagase de la casa, quisieron saber qué sucedía. Gin se los contó con prisa, pidiéndoles a las chicas que llamaran a un médico, y Zukure tuvo el buen tino de llamar a Shigu. Por fortuna, el joven no estaba ocupado, así que pudo ir de inmediato a casa de sus primas.

Gin se acercó a la cama de Fuji, y se estiró sobre ella, queriendo verle la cara al chico, que dormía profundamente. Ya no se veía tan roja como antes, pero la frente estaba sudorosa. La pelirroja tomó una silla y se sentó a un lado de la cama, vigilando al muchacho y pensando una y otra vez cómo era posible que se hubiera enfermado. Se veía siempre con tanto ánimo…

—Ojalá te cures pronto —le susurró con cierta angustia —No es agradable verte así.

Pasados unos minutos, Fuji cambió de posición, dejando ver mejor su cara. Gin aprovechó eso para sacar un pañuelo de su bolsillo y pasárselo por la frente. Luego volvió a la silla, pero apenas se sentó, lo escuchó quejarse. Se puso de pie de un salto.

—¿Fuji? —llamó suavemente —¿Me oyes? Soy Gin.

El chico hizo una mueca, frunciendo el ceño, para luego abrir los ojos a medias.

—¿Gin… san? —susurró con voz ronca.

—¿Cómo estás? —quiso saber Gin.

—Yo… —Fuji se calló de pronto, y alzó la cabeza —¿Cómo llegué aquí?

—Te trajo Haraki. Dijo que casi te caes de la bicicleta al irte a una entrega. Ahora vengo —avisó, dando media vuelta —Le diré a Zukure que…

Pero sintió un tirón en una mano. Fuji la había sujetado.

—Espera —le pidió —No te vayas.

—Pero si vuelvo enseguida —aclaró Gin —Le diré a Zukure que suba algo de comer.

Fuji pareció pensarlo por un segundo y finalmente, fue soltando a Gin lentamente.

—Lo siento —se disculpó suavemente.

Gin negó en silencio y abriendo la puerta, solamente sacó la cabeza.

—¡Zukure! —gritó con ganas, mirando hacia las escaleras.

Se oyeron pasos apresurados y una Zukure un tanto sofocada se dejó ver

—¿Qué pasa? —inquirió sobresaltada.

Gin le pidió con un gesto que se acercara y a prudente distancia, le informó que Fuji estaba despierto y si podía subirle comida. Zukure, algo aliviada, asintió y bajó, sin hacerle a Gin ninguna pregunta. Estaba casi segura de que su prima no abandonaría esa habitación.

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Salió el sol, anunciando un nuevo día. Fuji sintió la cabeza pesada, pero al menos no notaba tanto calor en la cara como el día anterior. Hizo un gesto de contrariedad al recordar lo sucedido.

Se sentía perfectamente al llegar al trabajo, saludó a sus compañeros como si nada y charló un poco con Nagase antes de que surgiera la primera entrega. Pero conforme transcurrió el día, fue sintiéndose acalorado y cansado. Quizá era porque se había brincado su descanso para hacer una entrega de emergencia y luego nadie se preocupó por saber si había comido algo. Y el hecho de venir haciendo algo parecido los últimos días solamente denotaba lo triste que estaba.

Fuji era extraño. Tal vez no se notara que estuviera desanimado de alguna forma, pero cuando nadie se daba cuenta, procuraba escaparse en cualquier actividad con tal de no pensar en aquello que lo tenía triste o preocupado. Lo malo es que cuando hacía eso, el tomar alimentos a sus horas lo dejaba de lado, a menos que hubiera algo que se lo recordara. Era por eso que en casa de las Hoshi, durante los últimos días, había desayunado y cenado, porque cuando quería evitarlo, encontraba a las chicas a la mesa, y le parecía una grosería no acompañarlas. Pero nada más por eso comía. Por lo demás, ni siquiera lo tomaba en cuenta.

Lo que le llevó a recordar el día anterior, cuando se dio cuenta que estaba en casa. Lo primero que había visto al despertar fue la cara de Gin, en cuyos plateados ojos se leía una intensa preocupación. Para Fuji había sido agradable tenerla cerca sintiéndose tan mal, por lo que supuso que eso lo hizo detenerla cuando quiso salir de la habitación. Pero ella al parecer había comprendido, puesto que se quedó ahí haciéndole compañía y cuando Zukure había subido algo para que él comiera, Gin no se marchó. Al contrario, le ayudó a incorporarse y a sentarse a su pequeña mesa a comer, mientras ella ocupó la cama un rato, limitándose a contemplarlo.

Ahora que lo pensaba, se había quedado dormido con Gin sentada en una silla, junto a su cama, leyendo la autobiografía de su padre en voz baja para él, comentando de vez en cuando cuál parte le gustaba y cuál no. Giró lentamente la cabeza hacia donde recordaba haberla contemplado antes de dormirse y la encontró en el mismo sitio, con la cabeza inclinada hacia un lado y las manos en el regazo, sujetando débilmente el libro rojo para no dejarlo caer.

Fuji sintió pena. Gin se había quedado ahí, sentada en esa incómoda silla en la cual se quedó dormida, y todo por él. No sentía merecer una acción tan simple y que en Gin, resultaba casi tierna. Más cuando llevaba mintiéndole desde su cumpleaños.

Porque para él, no había diferencia entre mentir y ocultar. El que no le dijera a la pelirroja lo ocurrido el primero de junio, para él era un gran peso en su conciencia. Pero lo aliviaba a medias repitiéndose una y otra vez que lo hacía por ella. Por Gin, esa chica enfurruñada y algo brusca, pero que en realidad tenía un buen corazón maltratado por las circunstancias. Y si lo pensaba bien, en eso ella y él se parecían: a fin de cuentas, la vida no los había tratado muy bien.

Dejó esos pensamientos de lado e intentó incorporarse, pero casi enseguida un ligero mareo lo hizo desistir, y reposó la cabeza en la almohada otra vez. Así que prefirió fijar la vista en Gin, preguntándose si despertaría pronto. Ella siempre era madrugadora.

Y como si la hubiera llamado, Gin comenzó a moverse levemente, abriendo los ojos a medias. Bajó la vista, para comprobar que siguiera sujetando el libro, para luego voltear con lentitud hacia la cama de Fuji. Sintió algo muy extraño al hallarlo despierto, con sus castaños ojos clavados en ella, y sintió que las mejillas se le enrojecían.

—Buenos días —saludó, haciendo una mueca —¿Acabas de despertar?

Él asintió en silencio.

—Pues habrá que traerte el desayuno —Gin se puso de pie haciendo una mueca —Creo que dormí algo torcida —susurró con algo de fastidio.

—Lo siento —dijo Fuji de inmediato, al mismo volumen de voz.

Creyó que Gin no lo había escuchado, pero lo hizo y lo miró con incredulidad.

—¿Bromeas? —le soltó —Para una vez que puedo hacer algo por ti… —se interrumpió y de nuevo sintió que se sonrojaba, así que concluyó la frase espetando —Olvídalo. Ahora vengo.

Salió del dormitorio y Fuji pudo oír sus pasos alejándose. Solamente entonces se permitió soltar un suspiro y reconocer que estaba en una situación difícil.

&&&

Gin bajó la escalera y no esperaba encontrar aquella escena.

—¿A dónde vas, Zukure?

La nombrada, de pie en el vestíbulo y hablando por un teléfono celular delgado de color rosa, tenía los pies rodeados de bolsas de viaje y un par de maletas grandes, además del largo tubo rosa que solía llevarse a clases. Se quitó el celular de la oreja y miró a Gin.

—Hoy me voy de viaje de veraneo con mis padres, ¿no recuerdas? —quiso saber Zukure.

Gin frunció el ceño, haciendo memoria. De pronto, le vino a la mente la mención de dicho viaje. Zukure contó algo de un vuelo a Harusumi… Iría con sus padres… Incluso se les uniría Fumihi, quien quería pasearse por aquella ciudad y ver a sus propios padres…

—Ah, ya —soltó Gin después de un momento —En ese caso, que tengas buen viaje —y se marchó directo a la cocina.

Esperaba que, con lo considerada que era Zukure, hubiera preparado el desayuno, pero se encontró con una cocina inmaculada y sin nada de comida a la vista. Eso hizo que Gin frunciera el ceño, para luego salir y encarar a la chica casi pelirrosa. Sin embargo, vio que ésta ya había salido. Y por el sonido del auto en el exterior, acababa de partir.

Eso era genial, ahora Gin se enfrentaba al hecho de tener que cocinar. Aunque mejor fue a la habitación de Wodaka y llamó. Al no recibir respuesta, abrió de golpe la puerta, dispuesta a desquitar su tensión con alguien, pero se halló con una recámara vacía. La laptop de Wodaka no estaba, lo cual era raro. Y una nota encima de la cama escrita en tinta verde no era nada alentadora. Gin la tomó y la leyó con rapidez, sintiendo que su enfado crecía.

Me voy a Etsujinja de investigación para mi próximo artículo en el vuelo de medianoche. Dejo dinero en el lugar de siempre por si se ofrece. Despídanme del niño y que mejore pronto.

Besos,

Wodaka.

—La virgen loca no hace más que complicarle la vida a los demás —soltó Gin con enfado, arrugando la nota en su mano antes de guardársela en un bolsillo.

Sin más remedio, Gin fue a encerrarse en la cocina, se puso un delantal blanco que encontró por ahí y se puso a pensar en lo mala que se ponía su actual situación.

&&&

—Siento la tardanza.

Fuji levantó la cabeza de la almohada al oír cómo Gin se disculpaba y abría la puerta con torpeza, pues tenía las manos ocupadas con una charola.

—Creí que Zukure–san te ayudaría —comentó, viendo cómo la pelirroja avanzaba a paso lento a la mesa de la habitación, donde depositó la charola con sumo cuidado.

—Olvidé que se iba a Harusumi —replicó Gin con una vaga contrariedad en su voz —Y para colmo, la virgen loca se fue en un vuelo de medianoche a Etsu–no–sé–qué…

—¿Etsujinja? —inquirió Fuji tímidamente.

—¡Eso! —Gin pareció animarse un poco y volteó a verlo —En fin, como el pececito nunca se levanta temprano en vacaciones, tuve que cocinar yo. Así que espero que no…

Se interrumpió cuando vio a Fuji intentando ponerse de pie para ir hacia la mesa, pero a medio intento dejó caer la cabeza en la almohada.

—¿Estás bien? —inquirió preocupada.

El joven asintió vagamente.

—Es que… —comenzó con dificultad —Quiero pararme, pero…

Gin frunció el ceño, como si meditara algo, hasta que con paso decidido, se acercó a la cama y tendió un brazo.

—Puedes apoyarte en mí —dijo sin rodeos —Sólo no me tomes la mano.

Fuji sonrió a medias ante semejante advertencia. La conocía de sobra, y aún así Gin seguía recordándosela de vez en cuanto. Estiró una mano y sujetó el brazo que Gin le ofrecía, procurando no ejercer mucha fuerza en el agarre. Gin lo jaló suavemente para incorporarlo y aunque él sintió que se mareaba de nuevo, al menos ahora podía mantenerse erguido. Gin le dio un leve tirón y comprendió que esperaba que abandonara la cama del todo. Sonrió un poco más y obedeció.

—Gracias —susurró, caminando hacia la mesa sujeto aún al brazo de la chica —¿Me decías que tú cocinaste?

Gin titubeó en responder al tiempo que lo dejaba en la silla, frente a la mesa. Cuando lo vio sostener los palillos con firmeza, fue que pudo hablar.

—Ah… Sí, cociné yo. No es que lo haga seguido, pero sensei me enseñó y…

Dejó de hablar otra vez, pero ahora porque Fuji acababa de probar el arroz con curry y hacía un gesto de concentración. Gin se quedó expectante.

—Está sabroso —soltó el muchacho por fin, sonriendo lentamente —Gracias, Gin–san.

—Comparado con lo que tú cocinas, no creo que sea la gran cosa —musitó ella, indiferente pero a la vez halagada por el comentario.

—Pues a mí me parece que está muy sabroso —sentenció Fuji con terquedad y siguió desayunando, saboreando cada bocado —A propósito, Gin–san, ¿ya desayunaste?

Un gruñido del estómago de la joven contestó por ella, haciéndola sonrojar mucho.

—Ve —indicó Fuji con amabilidad —No tienes que acompañarme. Ya me siento mejor.

Pero Gin, incrédula, se limitó a negar con la cabeza y tomar asiento en el borde de la cama más cercano a la mesa.

—No tengo prisa —declaró.

Fuji negó con la cabeza, resignado.

—¿Se puede saber porqué eres tan terca? —preguntó con aire divertido.

La hábil respuesta de Gin no se hizo esperar.

—Supongo que porque quiero hacerte competencia y ver si por fin te gano.

Fuji no pudo evitar soltar una carcajada, que fue cortada por el timbre del teléfono de la casa. Tanto él como Gin se miraron, preguntándose en silencio quién llamaría. Justo ella iba a salir y contestar cuando se escucharon pasos rápidos bajar la escalera.

—Supongo que el pececito se levantó temprano —dijo Gin con una mueca.

Unos minutos después, cuando Fuji hubo terminado su desayuno y charlaba de cosas sin importancia con Gin, llamaron a la puerta. Saragi asomó la cabeza poco después.

—Gin, llamó Kin —informó Saragi, con un gesto de contrariedad que desvaneció antes de agregar —Quiere que vayas a verla la próxima semana.

Fuji arqueó una ceja, mientras que Gin abría los ojos con sorpresa.

—Me pregunto qué querrá —susurró la pelirroja, sinceramente curiosa.

—Quién sabe, no dijo gran cosa —Saragi se encogió de hombros y antes de sacar la cabeza del dormitorio, recordó algo —¡Ah! Y dijo que podías llevar a quien quisieras.

No fue sino cinco segundos después, cuando captó el significado de esa frase, que Gin enrojeció hasta las orejas.

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